Llegó desde Venezuela con US$ 100, trabajó de mozo, se reinventó y hoy es referente de la comunicación digital

Noriel Ferrer emigró en 2017, trabajó como mozo, luego en un call center; estudió mientras reconstruía su vida y convirtió una oportunidad inesperada en una carrera. Hoy dirige un estudio, forma profesionales y reflexiona sobre la importancia del posicionamiento digital.

Noriel Ferrer
Noriel Ferrer, el joven que se volvió referente en comunicación y cultura digital.
Foto: gentileza

A los 19 años, Noriel Ferrer (32) llegó por primera vez a Uruguay sin imaginar que ese país, todavía ajeno, terminaría convirtiéndose en el lugar donde iba a reconstruir su vida. Venía de Coro, en Venezuela, una de las ciudades más antiguas de Sudamérica, considerada patrimonio de la humanidad. Había crecido en una familia de mujeres —su madre y su hermana— y había perdido a su padre apenas seis días después de nacer. Estudiaba abogacía en Mérida cuando un paro nacional detuvo las universidades y abrió una pausa inesperada. En esa grieta apareció Montevideo.

El viaje fue, al principio, un intercambio social a través de una plataforma internacional direccionada a estudiantes. Durante tres meses dio clases en escuelas de contextos vulnerables, en Punta de Rieles. Vivió con una familia uruguaya, compartió experiencia con jóvenes de varias nacionalidades, y descubrió un país que lo descolocó. Venía de una sociedad conservadora y religiosa, y llegó en 2013, cuando acá se discutía el matrimonio igualitario, el aborto y regulación de la marihuana. Para él, aquello fue una ventana a otra forma de estar en el mundo. “Descubrí la diversidad de opiniones. Los maestros nos recibían muy bien en los liceos, nos hicieron sentir como en casa”, recuerda en charla con Domingo.

Cuando volvió a Venezuela para terminar la carrera, ya llevaba una certeza íntima: si alguna vez tenía la oportunidad de regresar a Uruguay, lo haría.

La oportunidad llegó, pero forzada por una necesidad latente. En Venezuela, la crisis económica fue volviendo inviable la vida diaria. Ferrer venía de una familia de clase media, pero su madre, jubilada, ya no podía sostenerlo como antes.

Se recibió de abogado con la idea de volver a su ciudad de origen, pero ni siquiera le alcanzaba para pagar un alquiler. Sus últimos meses en el país fueron, dice, “muy crudos” y de administrar mucha escasez: “Tenía que elegir cuándo iba a comer; me cambió totalmente la realidad”.

Entonces apareció un gesto, un punto de quiebre. Un exintercambista alemán, a quien había conocido en la organización social donde fue voluntario, le preguntó qué pensaba hacer ante aquella crisis aguda. Él le explicó que no tenía dinero para irse y tampoco se animaba al viaje terrestre, lleno de riesgos, que muchos venezolanos hacían por varios países. Sin que se lo pidiera, aquel joven le compró un pasaje. “Fue un apoyo que yo no esperaba y definitivamente me cambió la vida a mí y a mi familia”, cuenta. “Cuando llegué acá, trabajé muchísimo y se lo pagué. Hasta hoy seguimos en contacto”, añade.

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Llegó a Uruguay con US$ 100, una valija y algunos conocidos de aquella primera experiencia que lo fueron a buscar al aeropuerto. El dinero le alcanzó para hacer un surtido e iniciar los trámites de la cédula.

Su primer trabajo fue vender libros en el interior. Duró una semana. No se sintió cómodo con la forma de venta, que apuntaba a familias de bajos recursos y apelaba incluso a la asignación familiar como argumento de pago. Renunció. Después consiguió empleo como mozo, oficio que ya había ejercido en Venezuela. Ese local sería, sin saberlo, el comienzo de otra vida profesional. Era el restaurante de Hugo Soca, que todavía no tenía presencia en redes sociales en aquel momento.

Ferrer había traído de Venezuela una cámara semiprofesional gastada y vio una posibilidad. No sabía de comunicación digital, ni había estudiado marketing, pero tuvo una intuición que terminaría marcando su carrera: identificar oportunidades donde otros todavía no las veían. Le propuso al chef encargarse de las redes. Empezó a llegar una hora antes de su turno. Sacaba fotos, publicaba contenido y después se ponía el delantal de mozo.

Con el tiempo, cuando otros preguntaban quién hacía las redes del restaurante, Hugo decía su nombre. Así llegaron los primeros clientes. Hasta que el propio Hugo le sugirió irse para probar otro camino, aunque las puertas quedarían abiertas si necesitara volver.

El camino, sin embargo, no fue lineal. Estuvo dos años viviendo en una residencia y, para traer a su madre, necesitaba estabilidad, algo que el trabajo freelance aún no le permitía.

Empezó a trabajar en un call center, alquiló un monoambiente en el Prado y fue armando de a poco una vida posible. “La crisis nos perseguía, porque empecé enviando un valor pequeño, pero la inflación crecía y ese valor cada vez valía menos. Necesitaba que se vinieran para tener algo de estabilidad”, comenta.

En enero de 2020 logró traer a su madre. A los pocos meses llegó la pandemia. Luego, un despido. “Fue difícil. A ella le costó muchísimo estar encerrada; por suerte estábamos en el Prado y podíamos caminar, ver un poco de verde”, cuenta y ahonda en otra cara, una menos vista de la migración. “Por mucho tiempo viví con culpa y tuve que trabajarla en terapia. Porque si yo me sentaba a tomar un café o a comer algo, pensaba: ‘Estoy gastando esto mientras que a mi familia le falta’”.

Reinventarse, de nuevo

Al quedarse sin trabajo en plena pandemia, otra vez, tuvo que reinventarse. Con su madre ya en Uruguay, no podía permitirse quedarse quieto y volvió a las redes sociales. Empezó a crear contenido propio, creció —hoy tiene más de 25 mil seguidores en Instagram—, y a postularse en agencias. Una madrugada, cuando menos esperaba, recibió un mensaje. Era el dueño de una agencia y quería entrevistarlo. Cuando Ferrer fue, descubrió una coincidencia. “Eran los mismos que trabajaron para Hugo cuando yo era mozo. Los veía trabajar y pensaba ‘me encantaría estar ahí, hacer eso’. Incluso en ese momento con mi teléfono les había hecho unas fotos a ellos trabajando en el restaurante. Y cuando fui el día de la entrevista, les enseñé las fotos y les llamó la atención esa conexión después de años. Me contrataron y fue mi primera oportunidad en una agencia”.

Allí empezó a trabajar con marcas locales y grandes clientes. Aprendió que no bastaban las herramientas técnicas, sino que había que entender el contexto, los códigos, la forma uruguaya de decir y de no decir. Al año, uno de los clientes lo llevó a Brasil para capacitarlo en redes sociales. También lo invitaron a cubrir el festival Rock in Rio. Para él fue una confirmación: no solo estaba haciendo bien las cosas, sino que lo estaba viendo.

Mientras tanto, la vida familiar seguía exigiendo decisiones. La situación de su hermana y sus sobrinos en Venezuela se complicó. Necesitaron vender la casa familiar para comprar los pasajes y venirse a Uruguay. Durante un tiempo vivieron cinco personas en el pequeño apartamento del Prado. Un solo baño, poco espacio, mucha responsabilidad.

“Pese a todas las dificultades, estábamos contentos de estar juntos”, afirma. Esa frase dice bastante de su historia porque Ferrer no cuenta la migración desde la épica del sacrificio ni desde la lástima. La cuenta desde la reconstrucción.

Noriel Ferrer
En 2024 creó Brand Estudio Creativo.
Foto: gentileza

Hacer un camino propio

Hace dos años dejó la agencia. Sentía que había llegado a un techo y quería tomar sus propias decisiones. Antes había empezado un máster en Dirección de Comunicación, con la idea de crear su propio estudio. Además, en los talleres que daba comenzó a detectar alumnos con talento y pensó que, si a él le habían dado oportunidades, también debía darlas. Así nación Brand Estudio Creativo, su proyecto de comunicación digital para empresas, con un equipo de cinco personas.

Hoy, a los 32 años, dirige su propio estudio de comunicación, da clases y asesora empresas. Sin embargo, cuando recibió la invitación para esta entrevista estuvo a punto de rechazarla. Días antes, un devastador terremoto había sacudido el norte de Venezuela y sentía que hablar de su propia historia podía interpretarse como una señal de indiferencia frente al dolor que atravesaba su país.

Finalmente decidió seguir adelante. "Si tengo la oportunidad de que quede algo plasmado, lo voy a hacer", explica. La tragedia, dice, volvió a poner a Venezuela en el centro de sus pensamientos y reabrió una herida que nunca terminó de cerrar.

Su relación con el país donde nació es, resume, "agridulce". Ama el lugar que le dio su familia y sus primeros vínculos, pero también siente que fue ese mismo país el que, de un día para otro, le quitó la posibilidad de quedarse. No extraña la Venezuela de sus últimos meses, marcada por la escasez y la incertidumbre, sino una anterior, la de su infancia y juventud, que sabe difícilmente volverá a ser la misma.

El terremoto también lo reconectó con la comunidad venezolana en Uruguay. Se sumó como voluntario a las tareas de apoyo a los afectados y volvió a encontrarse con historias atravesadas por el mismo desarraigo. "Entendí que no estamos solos", dice.

Cuando intenta resumir qué le dio Uruguay habla de oportunidades compartidas, de personas que abrieron puertas, de una sociedad que reconoció en los venezolanos una historia migratoria que también forma parte de muchas familias uruguayas.

Por eso, cuando piensa en su marca y en su futuro, no habla solo de crecer; habla de devolver. Quiere que su trabajo sirva para multiplicar oportunidades, para formar jóvenes, acompañar a personas mayores en el uso de nuevas tecnologías, y ser puente. “Las oportunidades no están hechas para las personas; las personas las buscan y se las hacen”, afirma.

Y aunque insiste en que nada le fue regalado, también repite algo que considera central: fueron otros quienes lo ayudaron a llegar hasta acá. Tal vez por eso su historia no termina en la imagen individual del éxito, sino en una idea de circulación. Alguien le compró un pasaje cuando no podía pagarlo. Alguien le dio permiso para experimentar cuando no sabía hacerlo. Alguien le abrió una puerta cuando todavía no tenía credenciales. Ahora, desde el lugar que construyó, quiere hacer lo mismo con otros: dejar una puerta abierta, por si alguien necesita entrar.

La importancia de comunicar con un propósito

Hoy, desde su trabajo como referente de comunicación digital, Ferrer analiza que uno de los errores más comunes es creer que la comunicación digital es sencilla porque el resultado final se consume desde un celular. Detrás de cada imagen o video, sostiene, hay estrategia, conocimiento de las plataformas, comprensión de las audiencias y mucho criterio.

En un entorno donde las marcas buscan subirse a cada tendencia apenas aparece, cree que el diferencial está en detenerse a pensar antes de publicar.

Otra distinción que considera clave es la diferencia entre tener seguidores y construir comunidad. “Las marcas muchas veces quieren hablar solo de sí mismas, cuando en realidad deberían entender qué necesita la audiencia y cómo pueden aportarle valor”, explica. Para él, la comunicación digital es, ante todo, un servicio: conectar una necesidad con un producto, una idea o una historia. Ese desafío se vuelve todavía mayor con la irrupción de la Inteligencia Artificial. A su entender, el valor diferencial ya no pasa por incorporar más IA, sino por conservar aquello que ninguna herramienta puede reemplazar: la autenticidad. Su preocupación también tiene una dimensión social. Piensa especialmente en las personas mayores, como su madre, que muchas veces consumen contenidos generados con IA sin contar con herramientas para identificarlos. En un país con una población envejecida como Uruguay, considera que el desafío no es frenar el avance tecnológico, sino acompañarlo con educación, pensamiento crítico y alfabetización digital.

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