Migrar es una palabra que suele decirse en abstracto, pero en la vida real tiene peso y consecuencias. Para Érika Marques (46), brasileña nacida en Ceará, migrar fue primero una decisión amorosa y luego una transformación profunda. Enamorarse de un uruguayo la llevó a recorrer más de 5.000 kilómetros hacia el sur del mapa y, sin saberlo, también a iniciar un proceso de reconstrucción personal y profesional que hoy tiene forma, aroma y sabor.
Aunque la idea de dejar Brasil nació desde un lugar íntimo, la mudanza implicó mucho más que un cambio geográfico. Significó dejar su idioma, sus raíces y su red de contención. Los primeros tiempos en Uruguay fueron intensos: en lo personal, adaptarse a una cultura más reservada e introspectiva; en lo profesional, empezar de cero, sin trayectoria local ni contactos. “Lo más difícil fue reconstruirme como persona, como mujer y como profesional”, resume.
Llegó a Uruguay en 2019 y, apenas seis meses después, el mundo se detuvo. La pandemia irrumpió sumando incertidumbre a un proceso que ya era complejo. “Fue otro gran torbellino de emociones, de aprendizaje y de supervivencia”, recuerda. En ese contexto inesperado su marca, Amo Brigadeiro, surgió como refugio y como respuesta.
Antes de cruzar fronteras, Érika ya había atravesado un punto de quiebre. En Brasil llevaba una vida estable, era funcionaria pública y fisioterapeuta, con un empleo seguro. Sin embargo, convivía con una inquietud persistente, una necesidad de crear, de decidir y de construir algo propio. En 2013, esa inquietud se transformó en acción con el nacimiento de Formigueiro Brigaderia, su primer emprendimiento. Allí empezó a formarse su mano de pastelera y a consolidarse una relación profunda con el brigadeiro.
El contexto brasileño acompañó ese camino. En aquellos años, el brigadeiro —postre infaltable en los cumpleaños— vivía una transformación cultural. Dejaba de ser solo un dulce casero para convertirse en un producto gourmet, con ingredientes de calidad, nuevas estéticas y sabores más sofisticados. Fue un fenómeno extendido, y ella creció profesionalmente dentro de ese movimiento, aprendiendo que identidad y negocio podían ir de la mano.
Cuando llegó a Uruguay, el contraste fue inmediato. “Había poca presencia de otras culturas. Si querías comer algo diferente, experimentar nuevos sabores, todo parecía lejano”, rescata.
Con el tiempo ese paisaje empezó a modificarse. La llegada de migrantes de Cuba, Venezuela, Brasil y otros países trajo consigo nuevas cocinas, nuevas historias y otros modos de habitar la gastronomía. Érika observa ese proceso con una mezcla de sorpresa y alegría. Reconoce que el público uruguayo puede ser más resistente a aprobar nuevos sabores, pero también destaca su capacidad de apertura. “Es cierto que cuesta, pero cuando se permite, abraza, acompaña y apoya”. Hoy siente que el país está más receptivo, más dispuesto a conocer nuevas culturas, y eso la entusiasma.
Traer un postre tan identitario como el brigadeiro implicó un trabajo de traducción cultural. Al principio predominó la curiosidad; muchas personas no sabían qué era. Con el tiempo, el dulce empezó a ser reconocido, buscado por su nombre e incorporado a celebraciones locales. Para ella, esa recepción tiene que ver con una sensibilidad compartida, ya que Uruguay también tiene una relación afectiva con los dulces y con los rituales que se construyen alrededor de la comida.
El brigadeiro, para Érika, es mucho más que un producto. Su historia tiene un contexto histórico curioso (ver recuadro) y, desde su nacimiento, está atravesado por el trabajo femenino. A través de Amo Brigadeiro, siente que cuenta su historia y la de Brasil. “Cada caja de brigadeiros lleva mi acento, mi origen en Ceará, mi recorrido como mujer migrante. Amo Brigadeiro no es solo una marca, es una historia contada a través del sabor”, sostiene.
Ser emprendedora, mujer y migrante sumó desafíos. “Muchas veces sentís que tenés que demostrar más”, reconoce. Al mismo tiempo, esa experiencia la volvió más consciente, más fuerte y más adaptable. Emprender en Uruguay le enseñó a escuchar, a respetar los tiempos y a construir confianza paso a paso.
En paralelo, decidió seguir formándose. Estudió, hizo cursos de especialización en repostería y desde el año pasado comenzó formalmente su carrera en el área de la pastelería en Uruguay. Actualmente cursa el segundo año en el Gato Dumas. Su objetivo es claro: convertirse en una profesional más completa, sumar conocimientos y seguir innovando.
Hoy, la historia de Érika se mide más en gestos que en kilómetros. Migrar fue un salto al vacío; emprender, una forma de quedarse. En ese cruce entre amor, trabajo y memoria, encontró una manera de habitar dos países a la vez. Y de demostrar que, a veces, las historias más profundas también se cuentan desde algo tan simple como un dulce.
El brigadeiro es uno de los símbolos más reconocibles de la cultura brasileña. Su origen se remonta a la década de 1940, en un contexto inesperado: una campaña electoral. Durante la postulación del militar Eduardo Gomes —quien ostentaba el rango de brigadier— grupos de mujeres comenzaron a preparar un dulce simple para recaudar fondos y apoyar su candidatura. A partir de ese gesto colectivo nació el nombre y la receta de un postre que, con el tiempo, se volvería omnipresente.
Desde su origen, estuvo atravesado por el trabajo femenino y la creatividad. “El brigadeiro habla de transformar lo simple en algo poderoso. Para mí representa infancia, celebración, afecto, pero también resiliencia. Es una metáfora de mi propia historia: con pocos recursos, pero con identidad y propósito, se puede crear algo que conecta a las personas”, cuenta Erika a Domingo. Con tres ingredientes —leche condensada, cacao en polvo y manteca— se creó un dulce que no distingue clases sociales ni generaciones. En Brasil, está presente en cumpleaños, reuniones familiares y celebraciones cotidianas. Es un lenguaje común, una forma de afecto.
“La preparación tradicional es sencilla, pero requiere atención. Los ingredientes se cocinan a fuego bajo, revolviendo de manera constante, hasta que la mezcla se despega del fondo de la olla. Ese punto es clave: ni crudo ni pasado. Una vez frío, el dulce se enrolla con las manos y se termina, generalmente, con granas de chocolate. El gesto de ‘enrolar’ es casi ritual y forma parte del imaginario afectivo del brigadeiro”, suma la emprendedora. Con el paso del tiempo, el postre evolucionó. A partir de los años 2000 comenzó a desarrollarse una versión gourmet, con chocolates de mayor calidad, rellenos, frutas, frutos secos y presentaciones más sofisticadas. Sin perder su esencia, se reinventó y pasó de la mesa familiar a la pastelería contemporánea. Hoy, ese pequeño dulce sigue contando una historia: la de un país, la de sus mujeres y la de una cultura que convirtió lo simple en celebración.
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