Hay una palabra guaraní que Charo Bogarín eligió para titular su disco más reciente: areté. Ara significa día o tiempo; eté, auténtico o extraordinario. Juntos quedan algo así como “tiempo verdadero”. Pero no el tiempo del reloj ni el del calendario, sino ese otro tiempo que se abre como una fisura en lo cotidiano, cuando la gente se reúne para celebrar lo que de verdad importa. “Una escisión en el tiempo y en el espacio para conectar con lo real”, lo define la cantautora argentina en charla con Domingo.
Es una palabra que, en cierto sentido, también describe su carrera, construida en la búsqueda sostenida de autenticidad, en un mundo que, según ella misma lo define, avanza cada vez más frívolamente hacia ninguna parte.
Con este, que es el cuarto álbum de su trayectoria solista, Charo vuelve a Uruguay tras varios años sin visitar el país. Esta semana lo presentó en Punta del Este y Canelones y hoy lo trae a Montevideo. La cita es a las 21.00 en la Sala Corchea (Soriano, 1243).
“Vuelvo a Uruguay después de una larga ausencia, diría yo. Espero revitalizar en esta gira mi vínculo con quienes escucharon mi música desde Tonolec y quienes me están descubriendo por primera vez”, adelanta.
Antes de la música
Charo nació en Clorinda, Formosa, ciudad de frontera entre Argentina y Paraguay, una geografía que no es menor en su historia. Allí, la cultura guaraní no era un objeto de estudio sino el aire que se respiraba. Las siestas estaban habitadas por los seres de la mitología guaraní y las zambas y chacareras eran la banda sonora cotidiana. “Tuve una crianza hermosa de pueblo”, recuerda. Era también época de dictadura, aunque de eso, dice, no se hablaba. La música funcionaba entonces como lo que ella llama “el anticuerpo perfecto para tiempos que no fueron fáciles de vivir”.
Antes de convertirse en la artista que es hoy, fue otras cosas. Bailarina clásica en su adolescencia, convencida de que el ballet era su destino. Luego periodista durante una década.
El quiebre entre la danza y el periodismo fue casi una cuestión ética. Siendo bailarina clásica, vivía en una especie de ensimismamiento que empezó a incomodarla. “Salí de mi ostracismo de bailarina clásica y me empezó a importar más el otro, el afuera, las causas sociales, el bien común”, recuerda quien cambió las zapatillas de punta por la escritura y pasó sus veinte cubriendo realidades ajenas, poniendo el foco afuera. Sin embargo, a los 28 algo volvió a moverse. Sintió la necesidad de regresar a los escenarios, pero de una manera que todavía no tenía nombre claro. Empezó a descubrir que tenía facilidad para escribir letras, para ejecutar instrumentos y componer melodías. Se formó de manera autodidacta y también con maestros particulares de canto lírico, piano, charango y bombo.
Fue así como a los 30 años empezó su camino como cantautora. El ballet ya le había enseñado cómo plantarse en el escenario. El periodismo, a mirar el mundo. La música fue, entonces, la síntesis de todo.
En el año 2000, junto al músico Diego Pérez, fundó Tonolec. El proyecto arrancó como una fusión de música electrónica y pop en castellano, bastante lejos de lo que sería más tarde. Un momento bisagra cambió el rumbo: ganaron un premio MTV Latinoamérica y viajaron a Madrid a tocar. Estando allí, algo se corrió de lugar. “Volvimos y dijimos: hagamos esta fusión de géneros pero con el folclore más profundo de nuestro norte argentino”, rescata la cantante. Así nació la forma definitiva de Tonolec, un dúo que fusionó canto qom —del pueblo originario del Gran Chaco— y canto guaraní con música electrónica. Juntos, grabaron siete discos.
No fue solo un giro estético. Fue, según Charo, un modo de vida. La inmersión en los cantos indígenas le enseñó a observar, a estar en silencio, a hablar solo lo necesario. Le enseñó, también, que “todo sucede cuando es el momento y no cuando queremos”, que los procesos no se pueden acelerar.
Fue, al poner la tecnología al servicio de la revitalización de lenguas que el tiempo y la violencia colonial habían ido silenciando, que Tonolec se convirtió en una propuesta singular en el panorama musical latinoamericano. Y fue a través de ese proyecto, y del contacto con músicos de las comunidades qom, que Charo tomó la decisión de ahondar en sus raíces indígenas y convertirlas en el centro de su trabajo.
“A partir de ahí, me hice cargo de mi sangre guaraní y se convirtió en un eje fundamental de mi carrera. La difusión de estos cantos, las investigaciones de cantos ancestrales de otras culturas, la revitalización de lenguas madres: todo eso usando herramientas de estos tiempos como la música electrónica”, señala.
Encarar un camino solista
Desde 2017, emprendió su carrera solista bajo el nombre La Charo. Empezó a explorar y versionar cantos latinoamericanos, a investigar tradiciones indígenas de otras regiones, y a componer inspirada en ritmos folclóricos de Colombia, Venezuela, Chile, Paraguay, Brasil y Uruguay. Un mapa sonoro que traza una geografía alternativa: no la de los estados y las fronteras, sino la de las culturas que existían antes de ellos y que sobrevivieron, con distintas cicatrices, a su imposición. Una América profunda, ancestral, que ella recorre con curiosidad de investigadora y convicción de artista.
Esa reivindicación no ocurre en el vacío. En Argentina, país que durante décadas sostuvo un relato de identidad nacional construido sobre la negación o el silenciamiento de sus raíces indígenas, hacerse cargo públicamente de esa herencia sigue siendo un gesto que incomoda a algunos y sacude a otros. El fenómeno de Milo J —el joven rapero de Lugano que irrumpió con una estética y una musicalidad abiertamente ligada a lo villero y lo latinoamericano, y que generó tanto fervor como resistencia en ciertos sectores— mostró, desde otro ángulo, cuánto sigue pesando en el país esa tensión entre la identidad real y la identidad que se considera presentable. Charo lo viene haciendo desde hace 20 años, con menos masividad pero con la misma coherencia: poner en el centro lo que el mainstream preferiría mantener en los márgenes.
"Me hice cargo de mi sangre guaraní y se convirtió en un eje fundamental de mi carrera".
Areté, el disco que la trae de regreso ahora, presenta también una estética visual particular que hace referencia a la festividad del Areté Guasú: fantástica, onírica, de realismo mágico. El elemento central del vestuario es el bonete areté, un objeto que en esa tradición funciona como protección y como vínculo con los ancestros. “Es la presencia de los abuelos y las abuelas acompañando nuestro camino con su luz y sabiduría”, explica La Charo.
Pero Areté también es, explícitamente, una respuesta a esta época. “Son tiempos violentos, tóxicos, extremadamente frívolos y Areté es para mí el anticuerpo a los días que corren”, dice y, a raíz de eso, cuando se le pregunta cómo se siente haciendo música originaria en un mundo cada vez más desconectado de la naturaleza, su respuesta es directa: “Parecemos estar a contrapelo, ¿no? Pero lo siento más necesario y vigente que nunca”.
En más de dos décadas, su obra fue construyendo algo difícil de categorizar: no es exactamente folclore, no es exactamente música electrónica; creó de alguna manera un territorio propio donde las lenguas originarias y la tecnología se necesitan mutuamente. Areté es, en ese sentido, un disco coherente con toda su trayectoria y, al mismo tiempo, una declaración sobre el momento actual. Con él, Charo vuelve a hacer la misma pregunta de siempre, pero con más urgencia que nunca: cómo conectar, en medio de un presente acelerado y ruidoso, con aquello que todavía resiste afuera de esa lógica. Ella parece tener clara la respuesta. O al menos, sabe cómo cantarla.
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