Hay artistas cuya música parece llegar sin esfuerzo, como si siempre hubiera estado ahí. Ese es el caso de Rita Payés, la cantante y trombonista catalana de 26 años que, tras una gira de casi dos años con su disco De camino al camino, llega por primera vez a Uruguay. Ese recorrido, que la llevó por escenarios de Europa y Latinoamérica, tendrá su última parada el próximo 25 de abril, cuando se presente en la Sala Zitarrosa, en el marco del ciclo Marea.
Hija de músicos, su vínculo con los instrumentos empezó antes de cualquier conciencia profesional. “Cuando comencé a entender ya estaba totalmente metida. Nunca me planteé que me iba a dedicar a esto y de golpe me encontré haciéndolo”, dice en charla con Domingo.
En ese entorno, donde convivían la enseñanza y la práctica, también se filtraron las primeras influencias. Su padre, muy ligado al jazz, acercó desde temprano ese lenguaje que terminaría marcando su forma de escuchar y de tocar. A los 8 años empezó con el trombón en una escuela de música moderna y allí incorporó herramientas técnicas del ámbito clásico. De ahí también se desprende su forma de estar en escena, con una voz que transita entre la suavidad y cierta hondura.
—Primero fuiste instrumentista y luego te descubriste cantante. ¿Cómo dialogan hoy esas dos facetas en tu forma de crear?
—En realidad, desde hace poco me siento cantante. Siempre me sentí trombonista, porque era lo que había estudiado. Ahora entiendo que también soy cantante y siento que ambas cosas se complementan. Cantar siempre fue una herramienta para entender lo que luego iba a tocar, para ser primero músico y después instrumentista. Y lo mismo al revés: el trombón también influye en cómo canto, incluso a nivel técnico, de aire.
El universo sonoro de Payés dialoga con el jazz, la bossa nova y distintas tradiciones latinoamericanas, como el bolero. Ese cruce se percibe en su discografía desde su primer trabajo.
Imagina (2019), grabado junto a su madre, la guitarrista clásica Elisabeth Roma, está centrado en versiones. Allí aparece “Algo contigo”, cuya interpretación acumula hoy más de 95 millones de escuchas en Spotify.
En 2021 llegó Como la piel, donde combinó ese vínculo madre e hija con composiciones propias. Y en De camino al camino, su tercer disco y primero en solitario, se consolida un tránsito hacia una voz autoral más definida.
Sin embargo, en ese proceso, también apareció la duda: “A veces pienso que parece una tontería hacer canciones, con toda la música increíble que ya existe. Pero cada uno tiene su manera, y es inevitable querer hacerlo desde tu propia voz”, dice.
El crecimiento que fue logrando, sostenido y sin estridencias, también la fue acercando a artistas de la talla de C. Tangana, Sílvia Pérez Cruz, y Jon Batiste, con quienes ha colaborado en distintos proyectos.
Hoy, en la gira que la traerá por primera vez a este sur, la acompaña también su pareja, el músico Pol Batlle, con quien construye una sonoridad que se sostiene tanto en lo afectivo como en lo artístico.
A veces pienso que parece una tontería hacer canciones, con toda la música increíble que ya existe. Pero cada uno tiene su manera, y es inevitable querer hacerlo desde tu propia voz.
—Girás con tu madre y tu pareja, y ahora que fuiste madre, también lo hacés con tus dos hijas. ¿Cómo es esa experiencia de viajar y trabajar en familia?
—Desde afuera se romantiza, y me gusta aclararlo que es muy linda, pero tiene sus cosas. Estoy muy feliz porque nos entendemos mucho y porque, incluso si no fueran mi familia, igual querría tocar con ellos porque hay una admiración musical y personal. Viajamos con nuestras hijas y eso lo vuelve todo más intenso. Hacer giras ya es exigente, y con la crianza se suman dificultades. Pero la valoración general es muy positiva. Soy consciente de que es un privilegio poder hacerlo de esta manera. La maternidad es algo que te atraviesa como persona y cambia todo lo que hacés. Todo pasa por otro filtro. Cambian los tiempos, los espacios, tu estado emocional. Te lleva a lugares muy distintos, a veces extremos también.
—Después de dos años girando este último disco, ¿cambió algo en tu relación con ese que es tu material más personal?
—Sí, todo va tomando otra dimensión. Siempre digo que me gustaría grabarlo ahora, con todo lo aprendido en vivo. Incluso seguimos cambiando cosas en los conciertos. Eso es lo bonito de la música: es cambiante. Al mismo tiempo, el disco es una foto de un momento, y eso también tiene valor. También está la lógica de la industria, que parece exigir tener algo “para vender” para poder salir a tocar, y no sé si eso le hace bien a la música. En todo caso, confirmé que el repertorio funciona, que lo creo y que la gente lo recibe bien. Eso da mucha tranquilidad.
Ese proceso —la transformación del repertorio en vivo y el cierre de una etapa de gira— también abre paso a lo que viene. En los próximos meses, verá la luz un nuevo proyecto que, según adelanta, implicará un cambio de aire después de años de trabajo en el mismo formato. Un nuevo lenguaje, quizás, o al menos otra forma de decir.
“Ahora está por salir un disco con Lucía Fumero, con quien tengo una relación muy cercana. Teníamos ganas de hacer algo juntas desde hace tiempo. Va a ser un respiro después de tantos años girando con mi madre. Aclaro que estamos muy bien (se ríe), pero también es otro momento vital y creativo. El disco ya está en máster y saldrá en setiembre. Me entusiasma explorar ese nuevo camino”, anticipa.
—Pertenecés a una generación en donde hacer y difundir música muchas veces también implica sostener presencia en redes y has hablado de eso en muchas ocasiones. ¿Cómo administrás esa exigencia sin que afecte lo artístico?
—Es un trabajo invisible que se nos ha sumado. No estoy en paz con cómo llevarlo. Mucha gente delega este trabajo, en mi caso yo misma manejo mis redes y hago lo que puedo, pero a veces siento que debería estar más presente. También hay cosas que no entiendo, me incomoda esta necesidad de generar contenido constantemente. Me hace ilusión compartir música o conciertos, pero a veces parece que hay que inventar cosas solo para alimentar el sistema, y eso nos desgasta. Tampoco entiendo esta necesidad de conocer al artista como si fuera un amigo, de ver cada detalle de su vida. Ya no es solo música, es otra cosa. Es un fenómeno muy nuevo, que todavía estamos intentando entender.
Tampoco entiendo esta necesidad de conocer al artista como si fuera un amigo, de ver cada detalle de su vida. Ya no es solo música, es otra cosa.
En ese contexto, su música parece operar como una forma de resistencia suave desde una práctica que insiste en la canción como esencial. Por eso, el cierre de una gira —que funciona también como una foto de su momento presente— adquiere un carácter especialmente simbólico.
—¿Qué esperás de tu primer encuentro con el público en Montevideo?
—Me haría muy feliz que la gente pase un buen rato. Si la música logra tocar algo en alguien, ya es muchísimo. No me hago muchas expectativas, prefiero que la vida me sorprenda, pero tengo mucha ilusión y curiosidad.
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