Valeria Castro: “Cantar también puede ser una forma de resistencia”, antes de su primer concierto en Montevideo

Previo a su debut en Uruguay, la cantautora de las Islas Canarias, una de las voces más sensibles de la nueva canción española, charló con Domingo sobre sus comienzos, su pausa por salud mental y el disco "El cuerpo después de todo".

Valeria Castro
Valeria Castro
Foto: gentileza producción

Valeria Castro tenía 10 años cuando intuyó que la música podía ser algo más que un juego o una afición de infancia. Desde entonces, la vocación no dejó de florecer.

Nacida en La Palma, en las Islas Canarias, en su casa nadie se dedicaba profesionalmente a ese oficio. “Soy como la generación espontánea de esto”, dice en charla con Domingo.
Aun así, la música estuvo presente desde muy temprano. Empezó a estudiarla a los 4 años en una escuela local, cantó en coros y fue descubriendo de a poco que aquello que hacía por gusto tenía una fuerza especial. Tanto que, aunque durante un tiempo su camino pareció ir por otro lado —se mudó a Madrid para estudiar Biotecnología y llegó a licenciarse—, la vocación siguió abriéndose paso.

Su generación creció acompañada de las redes sociales y, con esta herramienta, su voz empezó a viajar cada vez más lejos. Con 15 años empezó a subir videos cantando, pequeños registros que, poco a poco, encontraron eco. Ese eco tuvo un momento inesperado cuando tenía 17: mientras estaba en el aeropuerto de La Palma, vio que sus redes se alborotaban porque Alejandro Sanz había compartido una de sus versiones en Twitter, con el siguiente mensaje: “Cuando se unen talento y dulzura suceden cosas como esta”.

A los 18 comenzó a publicar canciones propias y allí apareció la escritura, lo que ella llama su “lengua materna”. Otro rasgo que terminaría definiendo su identidad artística. No es casualidad que hoy se reconozca, ante todo, como cantautora. Su modo de hacer música nace de esa mezcla entre melodía y relato íntimo.

“Escribir canciones es contar esas historias que me recorren por dentro y luego cantárselas a la gente”, dice sobre una forma de composición que se convirtió en el eje de un estilo delicado, introspectivo y profundamente narrativo. Además, cuando Castro lo lleva al canto, emplea quejidos sutiles y melismas enraizados en la tradición de su tierra. Algo que ya se volvió también una marca suya.

La isla donde creció dejó una marca clara en esa sensibilidad. La Palma es un territorio de límites claros, el horizonte del mar rodea cada paisaje. Para ella, ese territorio funcionó como una escuela emocional.

“Venir de una isla te enseña a mirar los límites de dos maneras”, reflexiona. “Una es con tristeza por pensar que no puedes ir más lejos. Y la otra —la que yo he intentado ejercer— es descubrir que dentro de esos límites hay tanto que aprender, tanta familia, tanto cariño, que con eso basta y sobra”.

Esa mirada sobre lo pequeño aparece con frecuencia en sus canciones, donde construye una poética que huye del estruendo y encuentra belleza en la escala íntima. “Vivir en una isla es lo que me ha hecho aprender a hablar de cosas pequeñas y a partir de ahí plasmarlas en la música”, fundamenta.

Su primer disco, Con cariño y con cuidado, apareció como declaración de principios. El título no era solo elección estética, funcionaba como manifiesto. “Es la forma en la que siempre he querido ver la vida”, anota.

El álbum consolidó su lugar dentro de una nueva generación de cantautores españoles que combinan tradición con una sensibilidad contemporánea. Pero también le permitió definir una ética artística: “Soy una persona muy emocional que transita mucho por aquello que canta”, explica. Para ella, las canciones no son solo un producto musical, son una extensión de su forma de vivir.

Vivir en una isla es lo que me ha hecho aprender a hablar de cosas pequeñas y a partir de ahí plasmarlas en la música.
Valeria Castro
La cantautora de Islas Canaria llega por primera vez a Uruguay.

Ese trabajo fue, en sus palabras, “la primera piedrita del camino”. A partir de allí empezó a construir una relación cercana con su público. Con el tiempo llegaron las giras internacionales, el crecimiento de su audiencia y también los reconocimientos de la industria. En los últimos años fue nominada en varias ocasiones a los Latin Grammy, una distinción que suele marcar un punto de inflexión en la carrera de muchos artistas.

A esos reconocimientos se sumaron otros hitos recientes: en 2025, ganó el Premio Ondas
—uno de los galardones más prestigiosos de la industria en España— en la categoría Fenómeno Musical; y además fue nominada en dos ocasiones a los premios Goya. La primera junto a Vetusta Morla por la canción “El amor de Andrea” en la película homónima, y la segunda por “El borde del mundo” en El 47 .

En su mirada, el valor de esos eventos no está tanto en la competencia como en la posibilidad de encuentro. “De cinco solo gana uno. Pero son momentos para ponernos cara, hablar entre nosotros y entender cómo estamos viviendo este oficio”.

Esa reflexión conecta con otro de los temas que atraviesan su discurso: la relación entre la música y una industria cada vez más acelerada. En tiempos dominados por algoritmos y ciclos de consumo cada vez más rápidos, Castro defiende una postura que describe como forma de resistencia.

“El mundo va tan rápido que a veces no le coges el pulso. Somos nosotros mismos quienes podemos subirnos a esa ola y sentirnos presionados. Yo prefiero ser fiel a mi templanza, a mi paciencia y a mi forma de mirar el mundo de manera más pequeña y más lenta, pero también más amable. Luego lo que eso aporte al mundo siempre será de agradecer. Pero nuestro reto pasa por crear esa resistencia, no caer en las redes de un sistema que nos empuja a cosas que no nos van a hacer bien a nadie”, sostiene.

Esa búsqueda interior se volvió aún más evidente en su segundo disco, El cuerpo después de todo. Mientras que en su trabajo anterior miraba principalmente hacia el entorno
—la tierra, la gente cercana, el paisaje que la rodeaba—, en este nuevo álbum la dirección se invierte. “Me di cuenta de que, de tanto mirar afuera, se me estaba acumulando todo lo que me ocurría dentro”, cuenta.

Esa misma preocupación por el cuidado personal se volvió especialmente visible el año pasado, cuando la artista decidió hacer una pausa en su carrera para atender su salud mental. En un medio donde la exposición pública y la exigencia constante suelen dejar poco espacio para la vulnerabilidad, Castro eligió hablar de ese proceso con honestidad.

—En octubre tomaste la decisión de hacer una pausa temporal para cuidar tu salud mental y lo compartiste públicamente. Mirando ese proceso ahora, ¿qué aprendiste?

—Si no soy antes persona, no va a haber nada que contar ni un cuerpo que sostenga ese peso.
Me siento muy orgullosa de haber sabido dignificar mi persona dentro de un trabajo que es tan público. Poder tomar una pausa para recuperar la forma de ejecutar mi trabajo fue un aprendizaje. Me permitió pasar duelos y procesos que no había podido parar a atravesar y que tenían un efecto en mi propio trabajo. Estoy muy feliz de haber tenido ese tiempo para volver a lo humano de mí misma y de mi trabajo.

Esa experiencia reforzó una convicción que atraviesa hoy su forma de entender la música: el arte no puede sostenerse si no existe primero un cuerpo capaz de habitarlo.

Prefiero ser fiel a mi templanza, a mi paciencia y a mi forma de mirar el mundo de manera más pequeña y más lenta, pero también más amable.

Mientras tanto, sus canciones siguieron y siguen viajando y ahora la traen por primera vez a Uruguay. La cita será el 28 de abril, en la Sala Hugo Balzo. La fecha tiene, además, un detalle simbólico: el concierto coincide con su cumpleaños número 27. “Creo que será el más especial de la gira”, anticipa.

Castro ya conoce algo del país. Hace un tiempo pasó un día en Colonia, una visita breve que, según cuenta, le dejó una impresión serena. “Se percibe una humanidad y una calma muy bonitas”, dice. Quizá por eso no resulta extraño que mencione a Jorge Drexler como uno de los referentes que asocia inmediatamente con Uruguay. De algún modo, esa tradición de canción reflexiva y poética dialoga con el universo que ella misma construye.

Cuando habla de lo que espera del encuentro con el público uruguayo, no menciona grandes expectativas ni gestos espectaculares. Su deseo es simple: que las canciones encuentren un espacio donde respirar. Que la calma permita escucharlas. Y que, por una noche, esas historias que nacieron de lo íntimo, puedan volver a convertirse en algo colectivo.

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