Apenas se apagan las luces, el efecto es inmediato. El Antel Arena, colmado, corea el nombre de Milo J, pero el protagonista se hace esperar. Entre los flashes nerviosos del campo, lo primero que se vislumbra son los trajes coloridos de Agarrate Catalina: diez voces dirigidas por Martín Cardozo que avanzan hacia el centro de la escena. Detrás, la banda del argentino —siete músicos— se arma en silencio. Es el último segundo de calma en dos horas.
Y entonces aparece Milo J. El estadio lo recibe con un rugido. Es sábado y está a punto de empezar el primero de sus dos shows agotados en el Antel Arena. Con 19 años, firma su tercera visita al estadio cerrado y llega con uno de los mejores discos de la región en 2025, La vida era más corta, un proyecto que —como este show— suena a refundación.
“Cantemos con el corazón”, propone un mensaje en las pantallas gigantes mientras se acomoda en una tarima en el proscenio. No está solo: con un brazo sostiene un maniquí —sin cabeza, vestido como él— y en la otra mano, un cuchillo. “Tengo unos tatuajes bajo de la piel, / Que no cicatrizaron y otro ser reencarna, / No me siento propio y al ver el ocaso quise ir más despacio”, suelta, justo antes de clavar el cuchillo. Cuando se inclina para dejar el cuerpo en el piso, aparece el detalle: tiene uno igual hundido en la espalda.
“Bajo de la piel”, que resume el pulso emocional de La vida era más corta, también adelanta el clima del espectáculo. Bañado en luz roja y arropado por la murga y por miles de voces que elevan el estribillo, abre uno de los recitales más originales del año en Montevideo.
Milo J, que saltó a la fama bajo el ala del trap, llega con una propuesta que asombra. Y otra vez: tiene 19 años. Su acercamiento al folclore argentino, que revitaliza al mezclarlo con samples, beats electrónicos y un rapeo de una honestidad poco frecuente, le abre la puerta a un público nuevo. Es, desde hace tiempo, una rara avis en la escena regional; en vivo, esa singularidad se vuelve su mayor arma.
Sorprende ver a niños y adolescentes bailando un carnavalito o marcando una chacarera con las palmas en un Antel Arena listo para saltar. Y, minutos después, ese mismo público se hunde en un pogo frenético con el rapeo furioso de “3Pecados después...”, que despega con la voz de Charly García en los Gardel: “Hay que prohibir el Auto-Tune”.
La celebración de sus raíces musicales es uno de sus sellos, y el público uruguayo ya lo había comprobado en sus dos pasos anteriores por el Antel Arena. Varias canciones de su debut, 111 (2023), lo reflejaban, pero en Montevideo encontraban una correspondencia clara: Agarrate Catalina como invitado recurrente en temas como “Negra murguera” (Bersuit Vergarabat), “Clara” (No Te Va Gustar) y, claro, la sesión con Bizarrap que selló su fama y que lo cruzó con la murga por primera vez en los Latin Grammy de 2023.
Ahora, la murga dejó de ser un invitado especial, un guiño local, y se convirtió en una pieza clave del espectáculo: participa en nueve canciones, incluidas “Negra murguera”, las dos que grabaron para La vida era más corta (“Gil” y “Ama de mi sol”) y “Luciérnagas”, que suma la voz grabada de Silvio Rodríguez.
Y así como los uruguayos marcan el nuevo rumbo del argentino, la banda que lo acompaña lo reafirma. Son siete músicos —todos multinstrumentistas—, incluidos dos percusionistas que se llevan una ovación tras un duelo de solos con bombo legüero, una instrumentista que alterna entre violín y flauta y otro que pasa por guitarra eléctrica, acústica y charango. Ese sonido, con fuerte presencia del folclore del norte argentino, tiñe todo su repertorio. El epicentro es Santiago del Estero: su bandera aparece en las pantallas y allí se filmaron todos los videos de La vida era más corta.
En ese sentido, “Daña (Elvira)”, sobre el final del primer tercio de un show de 33 canciones, lo pone en palabras. Sobre un beat agresivo y con la voz procesada llevada al límite —una exageración del estereotipo del género—, lo dice sin rodeos: “Me aburrí de hacer trap, negro, quiero hacer folclore. / ‘Tamo en Santiago, La Banda, tierra de cantores”. Y entonces deja el escenario. Mientras en las pantallas flamea la bandera de la provincia, suena la voz de Radamel, un folclorista de 13 años, que toma el centro de la escena.
Para cuando vuelve, Milo —cada vez más dueño del escenario, de su fraseo y de su universo— encuentra uno de los momentos más conmovedores con “Niño”, una canción con aires de chamamé. Casi a capella y sostenido por el coro del público, repite ese efecto en “Carencias de cordura”, “M.A.I” —bañado por las linternas de miles de celulares— y “Jangadero”.
En esta última sucede algo potente. La canción, uno de los puntos altos de La vida era más corta, incluye la voz de Mercedes Sosa tomada de una grabación inédita de 2006. Cuando esa voz —honda, de raíz— toma el centro, el público responde. “Es Mercedes Sosa, che, ¡más fuerte!”, arenga Milo. Y lo logra: miles la traen de vuelta por un rato.
Igual de impactante es el momento en que cae un telón blanco y se proyectan imágenes mientras Milo canta “Rincón” —con un vidrio que se resquebraja de a poco— y, sobre todo, “La vida era más corta”. Ahí, el cuchillo se multiplica: decenas apuntan a su sombra, proyectada en el telón, mientras canta: "Cuando me conociste, / Dijiste querer matarte, / Porque no se ama al diablo, / Tal vez fue un pecado amarse".
El tramo final es una celebración de sus primeros éxitos, como “Rara vez” y su sesión con Bizarrap. Incluso ahí reimagina el pulso urbano con violín, percusión y la murga. Es una declaración, que se confirma en el cierre, cuando hace saltar por última vez al público con “No hago trap” y dispara, con la voz llevada al límite: “No hago trap y soy más trap que el trap”.
Después, agradece. Dice que es la mejor gira y el mejor disco de su vida. Pide que no se olviden del folclore uruguayo.
Y entonces, como al principio, queda algo latiendo bajo la piel.
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