Hace casi diez años, el mundo del actor, director y docente de teatro Andrés Papaleo se dio vuelta. Su madre fue diagnosticada con demencia frontotemporal, un grupo de trastornos neurodegenerativos que alteran profundamente el comportamiento y el lenguaje. Él vio cómo, poco a poco, la vida social de su mamá se apagaba. Y eso lo impulsó a crear Act In, un taller de teatro inclusivo integrado por personas con y sin discapacidad.
En el medio, pasaron cosas. Primero, escribió la obra Hay un león afuera, que ganó el Premio Nacional de Literatura en 2017 y el Premio Florencio en 2022. Esta pieza incluyó a la comunidad sorda mediante funciones especiales con intérpretes de Lengua de Señas Uruguaya (LSU). “Me acerqué a un mundo de personas que tenían ganas de ir al teatro y no estaban pudiendo encontrar propuestas”, contó Papaleo, que también es licenciado en Gestión Cultural.
Luego, se preguntó qué pasaría “del otro lado”, es decir, con las personas en situación de discapacidad que no solo quieren ver teatro, sino actuar. Organizó una clase de teatro con intérprete de LSU en el Instituto Nacional de Artes Escénicas; el cupo era de 20 participantes y se anotaron 100. La respuesta estaba clara: había una necesidad de encontrar espacios de expresión que no estaba satisfecha.
Entonces, se dio cuenta de que no quería dar talleres solamente para personas sordas, sino crear una propuesta accesible de verdad, donde cualquiera pudiera tomar clases sin importar el tipo de discapacidad que tuviera —o incluso sin tener ninguna discapacidad. Organizó los primeros encuentros invitado por la Intendencia de Montevideo, la Intendencia de Canelones y Ceibal, entre otros, y todos “se llenaban”.
Se animó a dar otro paso y planteó hacer un taller en el Teatro Solís que durara, en principio, cuatro meses. El cupo era de 20 personas, se anotaron casi 300 y terminaron recibiendo a 50. El grupo se sostuvo un año, otro y otro más, y sigue hasta ahora. Esa es la historia de Act In.
“Encontré una cantidad de gente con un talento enorme y muchísimas ganas de crecer y desarrollarse en las artes escénicas. Eso fue lo que más me motivó: ver el talento que hay y que muchos no tenían un espacio donde desarrollarlo”, expresó el actor. Y agregó: “Sí había talleres, por ejemplo, para personas con síndrome de Down o discapacidad visual, pero no uno donde pudiéramos estar todos”.
En Act In, todos son todos: personas sordas, ciegas o con baja visión, personas con trastorno del espectro autista (TEA) o síndrome de Down, personas con discapacidad motriz o enfermedades raras y también personas sin discapacidad. Hay egresados de la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático (EMAD) y otros que experimentan la actuación por primera vez. Todos son diferentes y, al mismo tiempo, son uno.
Hacer teatro para encontrarse
Ismael de León tiene 25 años y diagnóstico de TEA, y es uno de los integrantes de Act In. “Me aportó felicidad e hice muchísimos amigos. Y aprendí a soltarme más, a expresarme como quiero”, sostuvo. También contó que lo que más disfruta de las clases es agregar su toque de humor a cada escena: “A veces se me ocurre soltar algún comentario que genera el chiste”.
Uno de los mayores impactos se da a nivel social. Según Papaleo, el taller “es como una familia, un lugar donde ser vistos”. Para algunos, incluso, es el único lugar donde suelen sentir eso: “Hay personas que están institucionalizadas y esta es su única salida semanal; otras están todo el día en sus casas y este es su momento de encuentro con otros”.
Trabajan con herramientas de accesibilidad aplicadas a las artes escénicas. El docente puso el ejemplo de la audiodescripción para personas ciegas o con baja visión: “Lo incorporamos desde el primer día y lo hacen los propios participantes. Incluso había personas sordas que lo hacían a través de los intérpretes”. Papaleo aprendió a no hacerle caso a sus prejuicios: “Una vez, una chica con baja visión quería hacer la audiodescripción, y me pregunté si había entendido la consigna. Pero se puso bien cerca y lo hizo excelente”.
Luana Falcón es otra integrante de Act In. Tiene 22 años y es egresada de la EMAD. “Esta experiencia fue un antes y un después. Ahora entiendo que es una necesidad y una urgencia actualizar nuestro teatro, y que es nuestra responsabilidad como nuevos creadores promover esto, porque así los engranajes empiezan a moverse y la sociedad empieza a despertar”, reflexionó.
Hacer teatro para expresarse
Cada sábado, durante dos horas, Papaleo se sumerge en una nueva aventura junto al elenco de Act In. Las clases son gratuitas y él trabaja de forma honoraria, junto a un equipo de colaboradores —con y sin discapacidad— que lo asisten. “Mucha gente nos sigue escribiendo y espera que se habiliten más espacios de expresión como este”, señaló.
Como en toda aventura, uno va descubriendo tesoros: “Lo que más aprendí es que todos somos distintos y tenemos necesidades distintas. Y que buscar ajustes para entablar la comunicación e invertir tiempo para conocer a la persona hace que, después, las cosas funcionen solas”.
Recuerda especialmente el caso de Janis, diagnosticada con TEA y síndrome de Prader-Willi. Siempre se comunicó con pocas palabras; no solía expresarse mucho a través del lenguaje oral. Sin embargo, un día, en el entretiempo entre dos presentaciones, se formó una ronda de agradecimientos y ella levantó la mano. Yo también quiero hablar, dijo, y empezó su discurso. “La madre temblaba, yo temblaba, los compañeros sentían una emoción enorme”, recordó el docente. Y añadió: “Como esas, han pasado muchas”.
Ismael también tiene un recuerdo especial: “Una compañera, Leticia, es ciega, pero tiene una gran habilidad para tocar el piano. Un día, interpretó una canción y se puso a cantar. En mi vida había escuchado una voz tan angelical, tan armoniosa, tan hermosa. Fue un momento precioso”.
Ahora, la aventura va mucho más allá de los sábados. Dos integrantes de Act In comenzaron a dar clases; uno de artesanía y otro de serigrafía. Otros escribieron sus propias obras de teatro y ensayan por fuera. Algunos incluso crearon un podcast. “Eso es lo que más me emociona: que pasen cosas independientemente del espacio del taller”, expresó Papaleo.
Hacer teatro por las ganas de hacer teatro
Tras años de trabajo, Papaleo ha podido corroborar “lo lejos que estamos como sociedad” de la inclusión real. “Si bien hay espacios más accesibles, todavía falta mucho. Se generan muchas barreras para las personas con discapacidad e incluso para quienes tratamos de llevar adelante alguna iniciativa, aunque sean de forma honoraria”, aseguró.
Lo ve todo el tiempo: “Cuando salgo o camino por la calle, siempre pienso, por ejemplo, acá no podría venir tal persona. Y no es un tema solamente económico, es decir, obviamente se necesita plata, pero a veces es más una cosa de meterle cabeza. Capaz que para uno es un ratito y al otro le cambia la vida. Y a veces falta esa conciencia”.
Para Luana, Act In es un espacio donde se rompen las barreras. “No es un taller especial. Es un taller de teatro donde gente que tiene ganas de hacer teatro se junta a hacer teatro”, sostuvo. Y concluyó: “¿Por qué no basta con solo poner a intérpretes de LSU sobre el escenario? ¿Por qué nos sigue costando pensar que los actores pueden ser personas con discapacidad? Tengo muchas ganas de hacer teatro de esta manera, de ser una futura docente con alumnos con y sin discapacidad en sus clases, y de presentar obras donde todos disfruten; no solo unos pocos”.
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