Los trastornos digestivos podrían actuar como desencadenantes de la migraña en determinados pacientes. Así lo señalan profesionales de la nutrición y la salud digestiva, que explican que existe una relación estrecha entre el estado del intestino, los procesos inflamatorios y la activación de mecanismos neurológicos vinculados al dolor de cabeza.
En la práctica clínica es frecuente observar que personas con migrañas persistentes presentan, de forma simultánea, alteraciones digestivas. Distensión abdominal, reflujo, estreñimiento, diarrea o problemas en la absorción de nutrientes suelen aparecer como síntomas asociados en muchos de estos casos.
Esta coincidencia se explica a través del llamado eje intestino-cerebro, un sistema de comunicación bidireccional que conecta el sistema digestivo con el sistema nervioso central. Cuando existe un desequilibrio en el microbioma intestinal —ya sea por síndrome de intestino irritable, enfermedades inflamatorias intestinales, celiaquía, sensibilidad al gluten no celíaca, sobrecrecimiento bacteriano (SIBO) o intolerancias alimentarias— pueden activarse señales inflamatorias capaces de favorecer la aparición de crisis migrañosas.
Inflamación intestinal, histamina y dolor de cabeza
El eje intestino-cerebro involucra al nervio vago, neurotransmisores, hormonas, la microbiota intestinal y distintos mediadores inflamatorios. Se estima que cerca del 90 % de la serotonina del organismo se produce en el intestino, por lo que los procesos inflamatorios digestivos pueden alterar este equilibrio químico.
Cuando hay inflamación intestinal, aumenta la permeabilidad de la mucosa, lo que puede activar el sistema inmunológico y provocar la liberación de citoquinas proinflamatorias y de histamina. Estas sustancias pueden sensibilizar las terminaciones nerviosas y activar el sistema trigémino-vascular, un mecanismo directamente implicado en la migraña.
La histamina participa en funciones como la respuesta inmunológica, la digestión, la regulación cardiovascular y la neurotransmisión. Además de producirse de forma endógena, se incorpora a través de alimentos como embutidos, quesos curados, vino, fermentados y conservas de pescado. En condiciones normales, se degrada principalmente gracias a la enzima intestinal DAO (diamino oxidasa).
Cuando la actividad de esta enzima está disminuida —por predisposición genética, inflamación intestinal o el uso de ciertos medicamentos— la histamina puede acumularse, generando un cuadro conocido como histaminosis. Sus manifestaciones pueden ser digestivas, cutáneas y neurológicas, siendo la migraña uno de los síntomas más frecuentes.
No obstante, los especialistas aclaran que la migraña no depende exclusivamente de la actividad de la DAO. Incluso con una enzima funcional, un consumo elevado de alimentos ricos en histamina puede actuar como detonante, especialmente si existe estrés crónico o inflamación de base.
Alimentación y abordaje personalizado
El manejo de estos cuadros debe ser individualizado. La clave no está en eliminar alimentos de forma generalizada, sino en identificar los desencadenantes personales, evaluar la tolerancia a la histamina y ajustar la alimentación según cada caso.
La modulación de la microbiota intestinal puede jugar un rol importante. Una dieta rica en fibra, omega-3, vitamina D y, cuando corresponde, probióticos específicos, puede contribuir a mejorar la tolerancia digestiva y reducir la frecuencia e intensidad de las crisis migrañosas.
Entre las recomendaciones generales para personas con migraña se destacan:
- Mantener una alimentación equilibrada con enfoque antiinflamatorio, priorizando frutas, verduras y fibra.
- Reducir el consumo de alcohol y de productos ultraprocesados.
- Evitar ayunos prolongados y asegurar una buena hidratación.
- Consultar con profesionales de la salud para identificar factores desencadenantes y realizar un seguimiento adecuado.
Además, se aconseja limitar los alimentos ricos en histamina cuando se confirme su rol como disparadores, prestar atención a la aparición de síntomas digestivos o cutáneos asociados a la migraña y trabajar sobre el manejo del estrés y la regularidad del sueño, factores que también influyen en la frecuencia de las crisis.
Con base en El Tiempo/GDA
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