La convivencia con perros en espacios interiores influye en la calidad del aire, en especial en la presencia de partículas, microorganismos y ciertos compuestos químicos. Así lo señala un estudio reciente de la Escuela Politécnica Federal de Lausana (EPFL), publicado esta semana. La investigación se llevó a cabo en una cámara ambiental controlada ubicada en Friburgo, donde los científicos analizaron cómo la actividad de los perros modifica la composición del aire en recintos cerrados.
“La composición del aire interior, incluso en espacios bien ventilados, depende de quiénes ocupan la habitación, de lo que hacen y de los objetos presentes. Hasta ahora, nadie había analizado en detalle el rol de las mascotas”, destacaron desde la EPFL, uno de los centros de investigación más reconocidos de Europa.
El estudio observó que acciones cotidianas como sacudirse, rascarse o recibir caricias provocan la liberación de cantidades significativas de partículas relativamente grandes. Entre ellas se detectaron polvo, polen, restos de plantas y microorganismos adheridos al pelaje.
Cada vez que los perros se movían, los sensores registraban auténticas ráfagas de contaminación en el aire interior. En particular, los animales de mayor tamaño emitieron entre dos y cuatro veces más microorganismos que los humanos presentes en la misma habitación.
Según explicó Dusan Licina, profesor del laboratorio de la EPFL donde se realizó el estudio, esta diversidad microbiana no es necesariamente negativa. “Algunas investigaciones indican que la exposición a una mayor variedad de microbios puede estimular el desarrollo del sistema inmunológico, especialmente en los niños”, señaló en declaraciones difundidas por la Agencia EFE.
No obstante, Licina aclaró que el impacto concreto de estos microorganismos en la salud aún no se comprende por completo y puede variar según la persona.
Ozono y reacciones químicas en interiores
Otro de los hallazgos del estudio fue que los perros generan alrededor de un 40 % menos de derivados del ozono que los humanos. En las personas, el ozono reacciona con grasas presentes en la piel, como el esqualeno, y produce nuevos compuestos químicos, entre ellos aldehídos, cetonas y partículas ultrafinas.
Aunque los perros no producen esqualeno de forma natural, esta sustancia puede quedar adherida a su piel tras el contacto con humanos y, al reaccionar con el ozono, generar subproductos químicos similares.
Los investigadores también midieron la emisión de dióxido de carbono (CO₂) y gas amoniaco. Los resultados mostraron que los perros producen cantidades comparables a las de sus dueños. Si bien la proporción de amoniaco liberado en relación con el CO₂ exhalado es mayor en los perros, estos animales pasan gran parte del tiempo durmiendo, con una respiración más lenta y, en ocasiones, irregular.
“Un perro grande, como un mastín o un terranova, puede producir tanto CO₂ como un humano adulto en reposo”, indicaron los autores del estudio. El amoniaco, un residuo común tanto en animales como en personas, se genera en pequeñas cantidades durante la digestión de proteínas y puede liberarse a través de la piel o la respiración.
El trabajo aporta nueva evidencia sobre cómo la presencia de mascotas influye en la calidad del aire interior y abre la puerta a futuras investigaciones sobre su impacto real en la salud humana.
Con base en El Tiempo/GDA