Los sofocos, las noches de mal sueño y los cambios de humor son algunas de las señales más conocidas de la menopausia. Sin embargo, esta transición también puede manifestarse a través de dolores articulares, dificultades para concentrarse, sequedad vaginal, molestias durante las relaciones sexuales y alteraciones del deseo. Reconocer estos síntomas y consultar con profesionales es clave para mejorar la calidad de vida y prevenir complicaciones a largo plazo.
“¿Estoy entrando en la menopausia?”, “¿Es normal lo que me pasa?” y “¿Voy a poder seguir disfrutando de mi vida sexual?” son algunas de las preguntas que llegan con frecuencia a los consultorios ginecológicos. Para los especialistas, que las mujeres se animen a plantearlas es una buena señal.
La menopausia no aparece de un día para otro. Antes se atraviesa la perimenopausia, una etapa en la que las hormonas comienzan a fluctuar y a disminuir de manera irregular. Durante ese período pueden presentarse alteraciones del ciclo menstrual, sofocos, sudoración nocturna, dificultades para dormir, irritabilidad y problemas de concentración.
La menopausia se confirma cuando transcurren 12 meses consecutivos sin menstruación y no existe otra causa que explique esa ausencia. Como las primeras manifestaciones pueden confundirse con el estrés, el cansancio o las exigencias cotidianas, muchas mujeres no las relacionan con los cambios hormonales.
Las oleadas repentinas de calor son una de las manifestaciones más características de esta etapa. Según los especialistas consultados, afectan aproximadamente a tres de cada cuatro mujeres y pueden alterar el descanso nocturno. El sueño merece especial atención: el especialista Álvaro Monterrosa Castro advierte que la apnea del sueño aumenta de forma notoria después de la menopausia, por lo que las dificultades para descansar no deberían minimizarse.
Otros síntomas pueden resultar menos evidentes. Entre ellos se encuentran la sequedad vaginal, el ardor al orinar, las infecciones urinarias recurrentes, el dolor durante las relaciones sexuales, la llamada “neblina mental” y la disminución del deseo sexual.
La reducción de los estrógenos también puede relacionarse con dolores musculares y articulares. El ginecólogo Germán Barón Castañeda explica que estas hormonas participan en mecanismos cerebrales que intervienen en la regulación del dolor. Además, cumplen funciones vinculadas con la memoria, la atención y las emociones.
La vida sexual no termina con la menopausia
Uno de los aspectos que todavía genera dudas es el impacto de esta etapa en la sexualidad. De acuerdo con la ginecóloga Adriana Camero Lascano, alrededor del 15% de las mujeres durante la transición y más de la mitad de quienes ya están en la menopausia presentan el síndrome genitourinario de la menopausia. Este cuadro puede provocar sequedad, ardor, urgencia urinaria y dolor durante las relaciones sexuales.
Como los síntomas tienden a progresar, los especialistas recomiendan no postergar la consulta. Las alternativas de tratamiento dependen de cada caso y pueden incluir hidratantes y lubricantes vaginales, cambios en los hábitos de cuidado y, cuando corresponde, terapia hormonal vaginal. También existen procedimientos como el láser y la radiofrecuencia, cuya pertinencia debe evaluarse con un profesional.
El ginecólogo Franklin Espitia De La Hoz recuerda que la menopausia marca el final de la etapa reproductiva, pero no el de la vida sexual. En este proceso, la pareja también puede desempeñar un papel importante, a través de la comunicación, la comprensión y la responsabilidad compartida.
Hay otra precaución que conviene tener presente: mientras continúe la menstruación, aunque los ciclos sean irregulares, todavía existe la posibilidad de un embarazo. Por eso, la anticoncepción debe mantenerse hasta que se confirme la menopausia, según las indicaciones médicas.
El corazón y los huesos también necesitan atención
El médico David Vásquez Awad explica que los estrógenos cumplen funciones protectoras para el corazón y los huesos. La osteoporosis, en particular, representa un riesgo relevante: se estima que una de cada tres mujeres sufrirá una fractura relacionada con esta enfermedad a lo largo de su vida.
Por ese motivo, los especialistas recomiendan una valoración médica para determinar las necesidades de prevención y seguimiento. La indicación de una densitometría ósea dependerá de factores como la edad y los antecedentes de riesgo; entre las mujeres mayores de 60 años, este estudio puede ser especialmente relevante.
También pueden producirse cambios en la distribución de la grasa corporal, con una mayor tendencia a acumularla en el abdomen. Según Barón Castañeda, esta modificación importa porque se asocia con un mayor riesgo cardiovascular. La actividad física es una de las herramientas que contribuyen a cuidar la salud durante esta etapa.
La recomendación central es no resignarse a convivir con el malestar ni asumir que todo cambio es inevitable. La información confiable, los controles médicos y un abordaje individualizado permiten identificar las necesidades de cada mujer y encontrar estrategias para atravesar esta etapa con mayor bienestar.