Quien convive con un gato sabe que, además de compañía, curiosidad y personalidad, también pueden aparecer algunos desafíos cotidianos: sillones arañados, cortinas enganchadas o plantas mordidas. Lejos de ser un “mal comportamiento”, estas conductas tienen una explicación clara desde la etología felina, y entenderla es el primer paso para prevenir daños en el hogar sin afectar el bienestar del animal.
Rascar, por ejemplo, es una necesidad natural en el gato doméstico. No solo les permite afilar sus uñas, sino también marcar territorio y liberar tensión. Cuando no cuentan con una alternativa adecuada, los muebles suelen convertirse en el blanco perfecto.
Por eso, una de las recomendaciones principales de los especialistas es ofrecer rascadores apropiados. No se trata solo de tener uno, sino de ubicarlo estratégicamente: cerca de los lugares donde el gato ya rasca o donde pasa más tiempo. También influye el tipo de superficie —algunos prefieren materiales más firmes, otros más blandos— y la estabilidad del objeto, que debe ser lo suficientemente resistente para no moverse al usarlo.
En el caso de las plantas, la motivación suele ser distinta. Algunos gatos las muerden por curiosidad, otros como forma de juego, y en algunos casos puede estar relacionado con la necesidad de ingerir fibra. Aquí, más que prohibir, la clave está en redirigir la conducta.
Una estrategia útil es ofrecer alternativas seguras, como hierbas aptas para gatos, que puedan morder sin riesgo. Al mismo tiempo, conviene ubicar las plantas más delicadas fuera de su alcance o en espacios menos accesibles. También es importante asegurarse de que no sean tóxicas, ya que muchas especies comunes pueden resultar perjudiciales para su salud.
El enriquecimiento ambiental es otro punto clave. Un gato que se aburre tiene más probabilidades de buscar estímulos en objetos no deseados. Incorporar juguetes, estructuras para trepar, espacios en altura o momentos de juego diario ayuda a canalizar su energía de manera positiva.
Desde la mirada de los expertos, el castigo no solo no es efectivo, sino que puede generar estrés o afectar el vínculo con el animal. En cambio, se recomienda reforzar las conductas deseadas: premiar cuando usa el rascador o juega con sus propios objetos, y redirigir suavemente cuando se acerca a algo que no debería.
También pueden utilizarse repelentes específicos o aromas que resulten desagradables para los gatos en ciertas superficies, siempre asegurándose de que sean seguros para ellos. En paralelo, mantener las uñas recortadas reduce el daño potencial, aunque no elimina la necesidad de rascar.
Convivir con un gato implica entender su naturaleza. Más que intentar cambiar su comportamiento, el desafío está en adaptar el entorno para que pueda expresarlo de forma adecuada. Porque, cuando se encuentran alternativas que respetan sus instintos, es posible lograr un equilibrio entre el cuidado del hogar y el bienestar del animal.
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