Con el arranque del año escolar, la lista de pendientes suele ser larga: útiles, uniformes, horarios, rutinas nuevas. Pero hay un aspecto menos visible que también juega un papel clave en cómo los niños transitan el aula desde el primer día: la salud nutricional. En particular, una condición silenciosa pero muy frecuente en la infancia, la anemia por deficiencia de hierro.
Aunque muchas veces pasa desapercibida, la anemia es una de las alteraciones nutricionales más comunes en niños y tiene efectos directos sobre su energía, su capacidad de concentración y su desarrollo integral. No se trata solo de cansancio o palidez: el impacto puede sentirse en el aprendizaje, el comportamiento y la adaptación escolar.
La anemia por falta de hierro aparece cuando el cuerpo no tiene suficiente cantidad de este mineral para producir hemoglobina, la proteína que transporta oxígeno en la sangre. En los niños, puede manifestarse con fatiga persistente, debilidad, bajo nivel de energía y dificultad para mantener la atención en clase. Pero los especialistas advierten que sus consecuencias van mucho más allá de esos síntomas visibles.
El hierro cumple un rol central en el desarrollo cerebral, especialmente durante los primeros años de vida. Participa en procesos como la mielinización, que permite que los impulsos nerviosos se transmitan correctamente. Cuando este mecanismo se ve alterado, pueden aparecer retrasos en el desarrollo psicomotor, dificultades en la coordinación y problemas en la adquisición de habilidades cognitivas básicas.
También hay un impacto en el plano emocional. La falta de hierro puede afectar neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, fundamentales para la memoria, el aprendizaje y la regulación del estado de ánimo. En la práctica, esto puede traducirse en mayor irritabilidad, problemas para aprender nuevos contenidos, dificultades para vincularse con otros y un rendimiento escolar por debajo de lo esperado.
A esto se suma otro factor clave: el sistema inmunológico. Los niños con deficiencia de hierro suelen tener menos defensas, lo que los vuelve más propensos a infecciones recurrentes. Cuando estas se repiten, el ausentismo escolar aumenta y el proceso de aprendizaje se vuelve todavía más cuesta arriba.
Frente a este escenario, la prevención es una herramienta fundamental. Los especialistas coinciden en que una alimentación variada y rica en hierro es el primer paso. Carnes rojas, legumbres como lentejas, garbanzos y porotos, vegetales de hoja verde oscura y frutos secos son aliados clave. También recomiendan prestar atención a ciertos hábitos que dificultan la absorción del hierro, como el consumo excesivo de leche o de infusiones junto con las comidas.
En algunos casos, puede ser necesario recurrir a suplementos de hierro, siempre bajo indicación médica. La dosis, la duración del tratamiento y el tipo de hierro deben ser evaluados por el pediatra, ya que no todos los niños necesitan lo mismo. Las presentaciones pediátricas suelen ser en gotas o jarabes, y existen formulaciones que mejoran la absorción y reducen los efectos gastrointestinales.
Por eso, el inicio del ciclo escolar es una buena oportunidad para hacer controles de rutina y, si el médico lo considera necesario, solicitar estudios que permitan detectar a tiempo una posible deficiencia de hierro. Identificarla de forma precoz y tratarla adecuadamente puede marcar una diferencia real en la calidad de vida del niño, su desempeño escolar y su desarrollo social.
Cuidar el hierro no es solo una cuestión nutricional: es una inversión en aprendizaje, bienestar y futuro. Y a veces, ese pequeño chequeo que parece menor puede ser el que ayude a que el año escolar arranque con más energía y menos obstáculos.
Con base en El Tiempo/GDA