¿Lo que comemos puede influir en el estado de ánimo, la conducta e incluso el neurodesarrollo? Esa es la pregunta que guía desde hace más de una década el trabajo de Paula Mendive, nutricionista especializada en microbiota, profesora adjunta de la Escuela de Nutrición de la Universidad de la República y directora de la Clínica Nutrición PNI.
En su práctica clínica, acompaña a personas con trastorno del espectro autista (TEA), mujeres en etapa de climaterio, pacientes con ansiedad y más, bajo una mirada que integra alimentación, estilo de vida y evidencia científica. Habló con El País acerca de qué se sabe hoy sobre el eje intestino-cerebro, cuáles son los hallazgos más prometedores vinculados al TEA y qué hábitos pueden contribuir a una mejor salud física y mental.
— ¿Qué te llevó a investigar sobre alimentación y TEA?
— En 2014 se acercó una madre a preguntar cómo podía mejorar la alimentación de su hija, que tenía autismo. Ella había visto en las redes sociales que había una dieta libre de gluten y caseína —principal proteína de la leche— que podía tener efectos positivos en el TEA. Entonces, me puse a investigar y encontré que la microbiota es capaz de secretar neurotransmisores relacionados con el neurodesarrollo. Me pareció interesante entender ese vínculo y viajé a México para formarme en la Liga de Intervención Nutricional contra Autismo e Hiperactividad.
— ¿Y cuál es ese vínculo?
— Está demostrado que seguir un patrón alimentario como la dieta mediterránea —basado en alimentos de origen vegetal, grasas saludables y proteína magra— y evitar productos ultraprocesados mejora el ecosistema microbiano del intestino, lo que tiene efectos positivos en la neuro-conexión y reduce la neuroinflamación que se ha descrito en personas con TEA. No obstante, el tema de la dieta libre de gluten y caseína aún no tiene consenso científico internacional. Hay artículos que lo avalan, pero también hay otros que muestran que el impacto no es significativo. Otro punto clave es que, si bien se ha visto que la alimentación saludable tiene efectos positivos en la conducta de personas con TEA, es difícil medirlo cuantitativamente, porque el espectro es muy amplio y cada individuo es diferente.
— En la práctica, ¿cómo se refleja esa mejora en la conducta?
— Por ejemplo, niños que no hacían contacto visual, comienzan a hacerlo. Están más tranquilos, más conectados con las terapias que hacen. Duermen mejor, mejoran los síntomas digestivos y, en algunos casos, incluso baja la cantidad de estereotipias, que son los movimientos o sonidos repetitivos. Siempre depende de cada paciente, pero hay casos en los que el cambio es impresionante. Y si bien no hay consenso respecto a la dieta libre de gluten y caseína, lo cierto es que los efectos pueden ser muy buenos. A veces vienen familias con hijos que consumen todo el tiempo galletitas industriales o refrescos, y al seguir esta dieta casi no pueden comer ningún producto industrial. Eso hace que incorporen alimentos reales.
— ¿Qué has investigado al respecto?
— Ahora mismo dirijo el cuarto proyecto de investigación. El primero empezó en 2019, en el marco de mi doctorado, junto a la investigadora Marcela Guerendiain y con financiación de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII) y España Exportación e Inversiones (ICEX). El segundo comenzó en 2022 de la mano de Felipe Machado y Pía Campot, del Laboratorio Enteria, y también con apoyo de la ANII. En 2024 obtuvimos nuevamente financiación de la ANII para un proyecto junto a Nadia Riera, del Institut Pasteur de Montevideo.
Actualmente, junto a la nutricionista Nataly Bobadilla y la investigadora Guerendiain, estamos volviendo a contactar a los 30 niños con TEA y 30 sin TEA que habían formado parte del primer proyecto para analizar su alimentación y comportamiento nuevamente y, si obtenemos financiación, evaluar otra vez el estado de su microbiota intestinal. Además, sumaremos una nueva variable a partir de los ácidos grasos de la mucosa oral, que están asociados a la ingesta de grasas y nos permitirán identificar perfiles dietarios antiinflamatorios o proinflamatorios. Aún no tenemos los resultados finales, pero hemos visto que más de la mitad continúa con la dieta libre de gluten y caseína.
— Las personas con TEA deben ir al fonoaudiólogo, al neuropediatra... Pero no se da por sentada la visita al nutricionista. ¿Por qué?
— Porque hace falta más información y más profesionales orientados hacia este tema. Muchos médicos, por ejemplo, no apoyan esto de las dietas porque entienden que una persona con autismo tiene, de por sí, déficits sociales, y que si encima no pueden comer gluten ni caseína, se sentirán aún más excluidos. Tiene sentido, pero aún así hay que preguntarle al niño qué come, porque una cosa es no hacer esta dieta y otra es vivir a galletas y yogures industriales. También se puede mantener la parte social y mejorar la dieta en la casa. Hay puntos medios. El TEA es una de las condiciones del neurodesarrollo con mayor correlación a una alteración de la microbiota intestinal; por eso, tratar de mejorar esa microbiota puede ser clave para lograr cambios positivos.
— Más allá del TEA, ¿qué debemos comer para mejorar nuestra salud cognitiva?
— Por un lado, alimentos de origen vegetal: frutas, verduras, hortalizas, semillas. También carne, pollo, pescado, legumbres, cereales integrales, aceite de oliva. Y agua, fundamental. Por otro lado, habría que evitar lo más posible los productos ultraprocesados: nuggets, galletas, snacks, refrescos, postres lácteos, etcétera. Muchos emulsionantes —aditivos presentes en estos comestibles— deterioran la barrera de moco de la pared intestinal, que es donde habita gran parte de nuestra microbiota. Al perder esta protección, la microbiota beneficiosa se queda sin un entorno propicio para desarrollarse, causando alteración de la composición microbiana, permeabilidad intestinal e inflamación crónica de bajo grado. Pero no se trata solamente de la alimentación, sino también de hacer ejercicio, evitar el estrés crónico y estar en contacto con la naturaleza. Llevar un estilo de vida saludable es clave para mejorar nuestra microbiota.
Microbiota y menopausia: una relación cada vez más estudiada
Además de trabajar con personas con TEA, Mendive acompaña a mujeres en etapa de climaterio y menopausia. La microbiota intestinal también cumple un papel relevante en esta transición porque “es capaz de influir en la secreción de neurotransmisores vinculados al estado de ánimo y el comportamiento, y participar en mecanismos relacionados con el hambre, la saciedad e incluso el metabolismo de los estrógenos”.
Por eso, una alimentación rica en alimentos de origen vegetal, junto con hábitos saludables como la actividad física y el manejo del estrés, puede contribuir a mejorar el bienestar físico y emocional durante una etapa que suele estar acompañada de cambios hormonales, metabólicos y psicológicos.