Durante la década de 1960, el modelo de crianza predominante —marcado por una menor supervisión adulta y una mayor autonomía infantil— configuró, según investigaciones actuales, una base psicológica distinta a la que se observa hoy. Lejos de una validación emocional constante, ese contexto favoreció el desarrollo de recursos como la tolerancia a la angustia y el locus de control interno, considerados factores protectores para la salud mental en la adultez.
En 1966, la psicóloga Diana Baumrind, de la Universidad de California, Berkeley, describió tres estilos de crianza: autoritario, autoritativo y permisivo. Sin embargo, más allá de estas categorías, la vida cotidiana de muchos niños en los años sesenta implicaba una independencia significativa.
Era habitual que gestionaran sus propios desplazamientos, resolvieran conflictos sin intervención adulta y aprendieran a lidiar con la frustración sin respuestas inmediatas. Para el psicólogo Peter Gray, del Boston College, este contexto favorecía el llamado “juego libre”, clave para desarrollar habilidades sociales y emocionales de manera espontánea.
Con el paso del tiempo, los estudios muestran una transformación en cómo las personas perciben su capacidad de influir en su propia vida. La psicóloga Jean Twenge analizó la evolución del concepto de locus de control y encontró un desplazamiento progresivo hacia una percepción más externa.
Esto implica que, en promedio, los jóvenes actuales tienden a sentir que factores externos determinan más su destino que en generaciones anteriores. Este cambio ha coincidido con un aumento en problemáticas como la ansiedad y la depresión, lo que ha llevado a algunos especialistas a explorar posibles vínculos entre ambos fenómenos.
Aprender a tolerar la incomodidad
Uno de los conceptos centrales en este análisis es la tolerancia a la angustia: la capacidad de convivir con el malestar sin necesidad de eliminarlo de inmediato. En los años sesenta, esta habilidad se desarrollaba de forma casi inevitable.
La ausencia de pantallas, la espera para obtener recompensas y la menor intervención adulta ante el aburrimiento o los conflictos funcionaban como un entrenamiento emocional cotidiano. Sin embargo, los expertos también señalan que este modelo tenía limitaciones importantes, como la represión emocional o el estigma en torno a la salud mental.
En contraste, el modelo actual —más centrado en la supervisión y la protección constante— podría reducir las oportunidades de los niños para desarrollar estrategias de afrontamiento por sí mismos.
Al evitar que enfrenten dificultades desde edades tempranas, algunos especialistas advierten que estas experiencias se postergan hasta la adultez, cuando las demandas emocionales son mayores y las herramientas, en ocasiones, insuficientes.
El debate no plantea una vuelta al pasado, sino una reflexión sobre el equilibrio: cómo acompañar sin sobreproteger y cómo permitir que la autonomía, en su justa medida, siga siendo un componente esencial del desarrollo emocional.
Con base en El Tiempo/GDA
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