La preocupación constante por aquello que podría pasar —pero casi nunca pasa— tiene efectos reales en el cuerpo y la mente. Así lo explicó recientemente la psiquiatra Marian Rojas Estapé en un reel publicado en su cuenta de Instagram, donde retomó una idea que ya había planteado en su libro y que, con el tiempo, encontró respaldo científico: la gran mayoría de nuestras preocupaciones no se concretan.
Según contó, cuando escribió Cómo hacer que te pasen cosas buenas, estimó —a partir de su experiencia clínica— que cerca del 90% de lo que nos preocupa nunca sucede. En ese momento, esa afirmación no estaba respaldada por evidencia académica, lo que la llevó a investigar durante meses. Finalmente, encontró estudios que confirmaban una cifra muy similar: un trabajo publicado en la revista científica Behavior Therapy concluyó que el 91,4% de las preocupaciones de las personas no se hacen realidad.
Más allá del número exacto, el dato pone el foco en un fenómeno central: la mente humana tiende a anticipar escenarios negativos con una intensidad que no se corresponde con la realidad. Y aunque esos escenarios sean hipotéticos, el cuerpo reacciona como si fueran ciertos.
Cuando el cuerpo no distingue entre lo real y lo imaginado
Uno de los puntos más relevantes que destaca Rojas Estapé es que el organismo no diferencia con claridad entre una amenaza real y una imaginada. Cuando una persona se preocupa, se activa el mismo sistema de alerta: aumenta el cortisol —la hormona del estrés—, se acelera el ritmo cardíaco y el cerebro entra en estado de vigilancia.
Este mecanismo, que en términos evolutivos fue clave para la supervivencia, hoy puede volverse en contra. En lugar de protegernos de peligros concretos, nos mantiene atrapados en un bucle de pensamientos anticipatorios que generan ansiedad, desgaste emocional y dificultad para concentrarnos en el presente.
Preocuparse no es, en sí mismo, algo negativo. De hecho, puede ayudarnos a prepararnos, planificar o tomar decisiones. El problema aparece cuando esa preocupación se vuelve constante, automática y desproporcionada.
En ese sentido, la psiquiatra plantea la importancia de aprender a cuestionar los pensamientos. Es decir, no dar por hecho que todo lo que la mente anticipa va a suceder, sino ponerlo en perspectiva: ¿qué probabilidades reales hay de que ocurra? ¿Tengo evidencia de que esto pasará o es solo una posibilidad? Este ejercicio, aunque simple, puede generar un cambio profundo en la forma en que se experimenta la ansiedad.
La idea de que la mayoría de nuestras preocupaciones no se concretan no busca minimizar lo que sentimos, sino ofrecer una herramienta para relacionarnos mejor con esos pensamientos. Entender que la mente tiende a exagerar amenazas permite tomar cierta distancia y reducir la carga emocional. En un contexto donde la incertidumbre, la sobreinformación y el ritmo acelerado de vida alimentan la ansiedad, desarrollar esta capacidad de cuestionamiento se vuelve una forma concreta de autocuidado.
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