A veces estamos solos y sufrimos porque no nos animamos a estar con los demás; otras, estamos con los demás —aún sin desearlo— porque no nos animamos a estar solos. La soledad es así: ambigua. Es difícil estar verdaderamente solos cuando nos acompañan los miedos, las presiones y los prejuicios, pero es igual de difícil no estar solos en un mundo al que llegamos y del que nos vamos en soledad.
Para el psicoanalista y escritor argentino Gabriel Rolón, la soledad puede ser sufriente, sí, pero también plácida, incluso deseada, y siempre inevitable. En su nuevo libro La soledad (Editorial Planeta), el especialista explora esta experiencia inherentemente humana en un recorrido lleno de psicología, pero también de filosofía, arte y experiencia personal. Habló con El País acerca de esta obra y de la conferencia ‘Palabra plena’ que dará a finales de noviembre en Montevideo.
— ¿Por qué un libro entero dedicado a la soledad?
— El libro fue una propuesta de Cynthia, mi mujer, de tanto escucharme hablar del tema. A veces, charlando, me pregunta: “¿Qué tal la gira? Fueron a verte como 12 mil personas el fin de semana”, y yo desde el hotel respondo: “Sí, amor, pero estoy muy solo”. Y la soledad me recorre desde siempre. Nací y me dijeron que iba a morir; no como a todos, que sabemos que vamos a morir, sino que el médico dijo: “Este pibe va a vivir siete días”. Tenía un problema cardíaco genético y todo el mundo creía que moriría hasta que cumplí seis o siete años. Nací con la muerte como compañera y con la angustia de mis padres que todo el tiempo venían a ver si me había muerto; gusto que no les di, todavía. Tenía que estar muy atento a mi corazón. Mi padre me decía: “Cuando sientas que se aceleran los latidos o algo, me avisás”. Me acostumbré a esa soledad de las noches habitada solamente por los latidos de mi corazón. Me acostumbré hasta tal punto que necesito de la soledad. Estoy en medio de una reunión o una fiesta y en algún momento necesito alejarme, irme a un rincón, salir al jardín, estar cinco o diez minutos solo.
Además, en mi trabajo soy testigo de cuánto le cuesta a los pacientes vérselas con sus soledades; cómo mucha gente se complica la vida en relaciones patológicas solo para no estar sola y como algunos, por el contrario, se aferran a una soledad sufriente porque no se animan a estar con los demás. Y veo que la soledad, como no puede ser de otra manera, recorre a cada uno de los seres humanos.
— Aunque es un tema que lo interpela desde siempre, ¿descubrió algo nuevo mientras escribía el libro?
— No sé si descubrí, pero sí pude poner en palabras la posibilidad de pensar en distintas formas de soledad, desde las más saludables hasta las más patológicas. Y poner en palabras es una manera de descubrir. Por ejemplo, un tema del libro son las soledades reclamantes, que es qué pasa con esas personas que, en su soledad, reclaman todo el tiempo a los demás, los angustian y atosigan, y qué pasa con el reclamado, que no tiene cómo llenar tanto reclamo del otro lado y se siente en falta y culpable. Eso me interpeló porque muchas veces me siento convocado por el reclamo de las soledades ajenas. A veces es el llamado a las dos de la mañana de un paciente; otras, la gente que quiero, que me importa mucho e intento ver cómo está. Yo mismo me he cuestionado, cuando la soledad me ha dolido, hasta qué punto podía solicitar la compañía de alguien que amo sin volverme reclamante. Era un tema que me recorría, pero sobre el que no había teorizado. El libro me permitió ponerle palabras a cosas que me pasan.
— ¿Cómo podemos ayudar a alguien que nos dice “me siento solo”, sin caer en intentar llenar un vacío que nunca podremos llenar?
— Lo primero es reconocer eso. Y sé que a veces soy un poco cruel con mis afectos, pero yo diría: “No te sentís solo: estás solo. Hacete cargo de esa soledad que te recorre. Aquí estoy yo, con mi propia soledad, a ver si nos acompañamos un rato”. También hay que tener la paciencia de escuchar, de sostener el silencio. No es necesario hablar para acompañar a alguien. Y hay que renunciar a la creencia de que sabemos cómo ayudar porque no todas las personas requieren ser ayudadas de la misma forma. ¿Quiere que le hable, que me quede en silencio, que le cebe un mate, que le dé un abrazo? ¿Qué necesita el otro? Nos cuesta mucho salir de nuestros prejuicios y pensar qué podemos hacer por esta persona desde el lugar en el que nos convoca. Porque cada uno pide amor a su manera. Y creer que uno sabe cómo se ama es un error.
Entonces, creo que hay que estar atentos y no llegar con una verdad, con la idea de “voy a ir, sacarlo de ahí, decirle que se deje de llorar”. No, pará. ¿Qué está pidiendo el otro? ¿Desde qué lugar? Mientras no sea sumar a su sufrimiento y al disfrute de ese sufrimiento, no hay que ir con una respuesta, sino con la actitud de acompañar su soledad.
— ¿Hay que preguntarle al otro qué necesita?
— Sí, pero a veces el otro no tiene la respuesta. Porque una de las fatalidades de la humanidad es que tenemos que hablar. Y cuando hablamos siempre decimos más de lo que decimos, menos de lo que decimos y otra cosa de lo que decimos. Entonces, como nadie puede hablar de verdad, sino que siempre hay algo que se pierde, preguntamos, pero lo que el otro diga tal vez no sea cierto, aunque crea decir la verdad.
— El libro tiene múltiples referencias a su experiencia personal. ¿Por qué es importante para usted escribir desde ese lugar?
— Intento ser un autor genuino, es decir, no presento nada que no sea verdadero para mí. Los libros que me han llegado profundamente son aquellos que están manchados de sangre, que tienen la sangre del autor en sus páginas, que los recorren las contradicciones, las dudas, las pasiones… Puedo estar de acuerdo o no, pero veo la autenticidad del que escribe. Y siempre intenté que mis libros fueran de esa manera.
Siento que en algún momento tengo que hacerme presente en el libro. Si no, sería solamente un divulgador. Y no quiero. Sueño con ser un escritor, no un divulgador. Por eso mis obras se escapan del psicoanálisis. Por supuesto que tienen una columna vertebral analítica porque es lo que soy; pienso así la vida. Pero también se han llenado de filosofía, matemática, física, literatura, cine, música… Cuando hago un libro, tengo más ganas de ser escritor que analista. En el consultorio es otra historia.
— En el libro menciona que nunca estamos totalmente solos, porque, cuando creemos que sí, en realidad estamos con nuestros prejuicios, mandatos, expectativas… Entonces, ¿la soledad puede ser una forma de libertad?
— Sí, y es una libertad imposible. Nunca seremos libres siendo humanos porque nunca dejaremos de estar recorridos por las palabras. Y no se puede estar solo en la soledad del mismo modo que no se puede dejar de estar solo. Es una contrariedad maravillosa. Charlie García dice en una canción: “Te amo, te odio, dame más”. Mirá qué maravilloso, cómo habla de la pulsión humana. Eso somos nosotros. Un te amo, un te odio y un dame más. No puedo dejar de estar solo y no puedo estar nunca solo.
Recuerdo una pequeña anécdota. Cierta vez, cuando trabajaba en un geriátrico, una señora me dijo que quería hablar conmigo para estar un poco más sola. Como no tenía parientes y estaba recluida en esa habitación todo el día, no tenía un solo momento de soledad, porque no podía dejar de pensar en qué errores cometió, qué miedos tenía, que la muerte que se le acercaba… Y necesitaba calmar un poco el ruido. Qué maravilla esta ambivalencia que presenta la soledad, que cuando uno está más rodeado de gente lo asalta y cuando quiere estar solo, no puede.
— Si nacemos y morimos solos, si la soledad es inherente a la condición humana, ¿por qué nos angustia?
— Que algo sea inevitable no quiere decir que no dé miedo. La muerte es inevitable y da miedo. Y creo que justamente está en el origen de todos los temores. Creo que el temor a la muerte en realidad es el temor a la soledad, que sospechamos que allí, en ese lugar después del último suspiro, estaremos solos para siempre. Y eso es lo que más nos angustia. Habitar un espacio donde nadie nos abrazará nunca más. Donde nadie nos escuchará o hablará.
Uno no es humano porque vive: uno es humano porque sabe que morirá. La ballena y el perro también viven, pero no saben que morirán. Entonces, pueden transitar su vida en paz, correr por la plaza, perseguirse unos a los otros, copular, dormir debajo de un árbol sin culpa por lo que hicieron en el pasado y sin angustia por lo que los espera en el futuro. Nosotros no tenemos esa suerte. Por suerte no tenemos esa suerte porque esa conciencia de la finitud nos invita a hacer algo. En algún punto no queremos morir. Y entonces, ¿qué hacemos? Escribimos libros, tenemos hijos, estudiamos, trabajamos, hacemos algo. Necesitamos trascender y que esta vida tenga un sentido. Si uno fuera inmortal, ¿qué importaría? ¿Por qué tendríamos esta nota ahora, si la podríamos tener dentro de diez siglos? Pero somos inmortales. Tenemos esta nota ahora o a lo mejor no la tenemos más. Uno se enamora ahora o no se enamora más, se juega por algo en su vida ahora o por ahí deja pasar el tren y no vuelve más. Esa es la maravilla que nos vuelve humanos, que es a la vez tragedia. Si no fuera por eso, nadie haría nada.
— Entonces, ¿la soledad sufriente es la pérdida de sentido?
— Hay soledades sufrientes que no implican la pérdida de un sentido. Pienso, por ejemplo, en la soledad de alguien que ha sido abandonado por quien ama. No es que su vida no tenga un sentido. Es más, ese dolor es un sentido para su vida. Una vez, cuando era muy joven y estaba sufriendo por amor, un querido amigo, el poeta uruguayo Horacio Ferrer, me dijo: “Qué maravilla, Gabriel. No se confunda. Su problema no es que perdió un amor. Su problema es que es pobre por ahora porque no sabe lo maravilloso que es sufrir por amor en París”. Le dio un vuelo poético a la cosa; era una metáfora para decirme que viviera esa experiencia maravillosa que es sufrir por amor. Si le quitáramos a la vida el dolor, el miedo a la muerte, la conciencia de la finitud… ¡Las cosas importantes de la vida aparecen solo porque sabemos que no tenemos todo el tiempo de la eternidad para hacerlas!
— A finales de noviembre presentará su conferencia ‘Palabra plena’ en Montevideo. ¿Qué podrá llevarse el público de esa experiencia?
— ¿Cómo saberlo? Espero que no sea una decepción lo que se lleven. Tengo un desafío muy grande por delante porque lo que hago es muy íntimo. Cuando estoy en el escenario, parado solo frente a una masa negra, y lo único que escucho es el silencio, sé que en ese momento estamos conectados en un mismo viaje. Eso que he logrado hasta ahora en espacios de 300 y también de 3.000 personas —pensando en el teatro Gran Rex de Buenos Aires— el desafío es hacerlo con 7.000 en el Antel Arena de Montevideo. Y en un formato que no tiene la contención de un teatro, sino las distracciones de un estadio. Entonces, es un desafío que me pone mucha presión, que me genera ansiedad, un poco de temor, mucho entusiasmo; en definitiva, que me hace sentir muy vivo. Por supuesto que estoy nervioso. Pero si uno no siente nervios, inseguridad, esa adrenalina que lo mueve, es porque es soberbio e irresponsable. Y espero que ninguno de esos dos males me toquen. Deseo que llegue la fecha y al mismo tiempo tengo miedo. Pero sé que me pararé ahí con mi autenticidad y daré lo mejor de mí, como siempre.
Palabra plena: nosotros y las palabras
El psicoanalista y escritor argentino presentará su conferencia ‘Palabra Plena’ el sábado 29 de noviembre a las 21 horas en el Antel Arena de Montevideo. En un mundo que nos incita a hablar por hablar y no decir nada, Gabriel Rolón nos invita a reflexionar sobre nuestro vínculo con las palabras y cómo es que éstas nos acompañan en el amor, la pérdida, la felicidad, la angustia, la esperanza y el deseo. Quedan pocas entradas disponibles a través de la página web del Antel Arena.
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