Dejar de responder mensajes, cortar el contacto de un día para el otro y desaparecer sin explicaciones puede parecer, para algunos, una salida “fácil” a una situación incómoda. Sin embargo, desde la psicología, cada vez más voces advierten sobre el impacto real de esta conducta, conocida como ghosting.
En el ciclo Aprendemos juntos de BBVA, la psicóloga experta en trauma Sandra Ferrer fue contundente: el ghosting no es solo una actitud evitativa, sino una forma de violencia emocional que muchas veces se minimiza socialmente. "Es violencia y siento que no se le está dando importancia al impacto psicológico, que es brutal", sostuvo.
El ghosting ocurre cuando una persona desaparece abruptamente de un vínculo —sea casual, reciente o de larga duración— sin ofrecer ningún tipo de explicación. Lo que queda del otro lado no es solo silencio: es incertidumbre, confusión y, muchas veces, una herida emocional difícil de procesar.
Según Ferrer, el problema no es únicamente la ruptura del vínculo, sino la forma en que se produce. La falta de cierre deja a la otra persona atrapada en preguntas sin respuesta, lo que puede afectar su autoestima, generar ansiedad y dificultar la elaboración del duelo.
¿Por qué alguien hace ghosting?
Desde la mirada de la especialista, este tipo de conductas suele estar asociado a dificultades para gestionar la intensidad emocional. En otras palabras, no se trata solo de desinterés, sino de una incapacidad para sostener conversaciones incómodas o conflictos.
Hablar de dudas, incomodidades o del deseo de terminar una relación implica un nivel de madurez emocional que no todas las personas están preparadas para asumir. Frente a eso, desaparecer puede parecer una salida más simple, aunque sus consecuencias sean mucho más complejas para quien la padece.
A esto se suma otro factor clave: la irresponsabilidad emocional. Es decir, la dificultad para hacerse cargo del impacto que las propias acciones tienen en los demás. Emitir una conducta —como iniciar un vínculo, generar expectativas o sostener una relación— implica también asumir sus consecuencias.
En un contexto atravesado por las redes sociales y las apps de citas, el ghosting se volvió cada vez más frecuente. La posibilidad de vincularse con múltiples personas y el anonimato relativo que ofrecen estos entornos pueden favorecer este tipo de conductas.
Ferrer advirtió que, en muchos casos, se ha perdido el valor de la responsabilidad afectiva: la idea de que los vínculos requieren cuidado, incluso cuando se trata de relaciones breves. Nombrar el ghosting como una forma de violencia, sostiene, es un primer paso para dejar de naturalizarlo.
El impacto del ghosting en quien lo sufre
Quienes atraviesan una experiencia de ghosting pueden experimentar una mezcla de emociones: desconcierto, angustia, enojo y una fuerte tendencia a cuestionarse a sí mismos. Al no haber una explicación externa, es común que la persona intente llenar ese vacío con interpretaciones propias, muchas veces negativas.
Desde la psicología, se recomienda validar lo ocurrido —entender que no fue una conducta saludable— y evitar personalizar en exceso la situación. El ghosting habla más de las limitaciones emocionales de quien lo ejerce que del valor de quien lo recibe.
Frente a este escenario, la propuesta no es compleja, pero sí desafiante: apostar por la honestidad, incluso cuando incomoda. Poder decir “no quiero seguir”, “tengo dudas” o “esto no es lo que busco” implica exponerse, pero también construir vínculos más sanos.
La responsabilidad emocional no significa evitar el dolor —toda despedida lo tiene—, sino elegir formas más cuidadosas de transitarlo. Porque, como plantea Ferrer, todo lo que hacemos en un vínculo tiene consecuencias. Y hacerse cargo de ellas también es una forma de respeto.
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