La denominada “generación boomerang” es un fenómeno en crecimiento. Se trata de adultos que, tras haber alcanzado la independencia, se ven obligados a regresar al hogar de sus padres. Este retorno, motivado por empleos inestables, separaciones, dificultades económicas o la necesidad de reducir gastos, no implica solo volver a compartir una casa, sino atravesar un proceso emocional profundo que obliga a redefinir vínculos, roles e identidades familiares.
Volver a vivir con los padres en la adultez no es únicamente una decisión práctica. Supone enfrentarse a una etapa de vulnerabilidad en la que muchas certezas se derrumban y aparece la necesidad de sentirse acompañado, reconocido y seguro dentro del núcleo familiar. Para quienes regresan, puede implicar revisar la propia idea de éxito; para los padres, aceptar que el ciclo vital no siempre avanza en línea recta.
Cuando un hijo adulto vuelve a casa, es habitual que surjan tensiones vinculadas a las expectativas. Muchos padres ya habían atravesado el llamado “nido vacío” y reorganizado su rutina con mayor libertad. Sin embargo, el regreso puede reactivar, casi sin darse cuenta, dinámicas de cuidado propias de otras etapas de la vida.
Del otro lado, quien vuelve suele cargar con sentimientos de frustración, vergüenza o fracaso personal, lo que puede volver más frágil la convivencia cotidiana. Para prevenir conflictos, los especialistas en salud mental familiar recomiendan trabajar sobre algunos acuerdos básicos:
- Validar las emociones del hijo adulto, sin juzgar ni minimizar su situación.
- Generar espacios de diálogo antes de que los malentendidos se transformen en conflictos.
- Definir con claridad las tareas domésticas y el respeto por la intimidad de cada integrante.
- Establecer pautas generales de convivencia que preserven la autonomía de ambas partes.
Uno de los errores más frecuentes es intentar “animar” o resolver todo rápidamente. Acompañar no significa infantilizar, sino transmitir apoyo y confianza respetando la adultez de quien atraviesa un momento difícil.
Dinero, tiempos y acuerdos claros
La economía suele ser uno de los puntos más sensibles en este tipo de convivencias. Hablar de dinero desde el inicio, con honestidad y sin culpas, es clave para evitar tensiones futuras. No se trata solo de números, sino de equilibrar ayuda y autonomía.
Aportes posibles —económicos o en forma de responsabilidades dentro del hogar— ayudan a preservar la dignidad de quien vuelve y a prevenir resentimientos silenciosos. También resulta saludable plantear el regreso como una etapa transitoria, con un horizonte flexible que pueda revisarse periódicamente. No como una presión, sino como una señal de confianza en que la independencia podrá retomarse.
En los casos en que el retorno involucra a una familia completa, con hijos incluidos, el esfuerzo de los adultos mayores se multiplica. Si bien puede ser una oportunidad valiosa para fortalecer lazos intergeneracionales, también existe el riesgo de sobrecarga y agotamiento.
Distribuir de forma equitativa las responsabilidades de cuidado y reconocer explícitamente el esfuerzo de los mayores resulta fundamental para que la experiencia no se vuelva desgastante. Cuando estos límites se trabajan con claridad, el hogar familiar puede dejar de ser solo un refugio de emergencia y transformarse en un espacio de crecimiento, donde padres e hijos se reencuentran desde un lugar más humano, realista y cercano.
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