La soledad después de los 60: cuál es el peso oculto de ser siempre la persona fuerte, según la psicología

¿Por qué los que siempre salvan a los demás terminan solos? El costo invisible de cuidar siempre a los demás y la dificultad de pedir ayuda en la vejez.

Adulto mayor
Primer plano de una mujer mayor.
Foto: Freepik.

Durante años, fueron quienes escuchaban los problemas de los demás, ofrecían consejos y aparecían cuando alguien necesitaba ayuda. Sin embargo, al llegar a los 60 años, algunas personas descubren que tienen pocos vínculos en los que apoyarse cuando son ellas quienes atraviesan una dificultad. Esta situación no necesariamente responde a una falta de habilidades sociales: también puede estar relacionada con el hábito de cuidar a otros sin permitirse recibir el mismo apoyo.

La escritora Avery White abordó este fenómeno en un artículo publicado en VegOut. Según su experiencia, existe un prejuicio sobre las personas mayores que carecen de un círculo íntimo de confianza: lejos de ser necesariamente poco sociables, muchas fueron durante décadas referentes para sus familias, amistades o compañeros de trabajo.

“Son competentes. Son a quienes otros recurrían en busca de ayuda. Han sido el pilar de alguien durante décadas”, señaló White al describir a quienes llegan a esta etapa de la vida sin una red cercana de contención. La paradoja es que esas mismas cualidades que les permitieron sostener a otras personas pueden haber contribuido a que sus propias necesidades quedaran relegadas.

En psicología, la expresión cuidado compulsivo se utiliza para describir patrones en los que ayudar a los demás se vuelve una necesidad persistente, incluso cuando hacerlo implica descuidarse. No se trata de un diagnóstico que pueda aplicarse automáticamente a todas las personas cuidadoras, sino de una forma de relacionarse que puede resultar perjudicial cuando no deja espacio para las propias necesidades.

Padres hijos adulto mayor
Madre e hija en un gesto de cariño.
Foto: Freepik.

Con el tiempo, la persona puede construir su identidad alrededor de la fortaleza, la eficiencia y la disponibilidad permanente. Mostrar cansancio, pedir ayuda o reconocer que no puede resolverlo todo se vuelve cada vez más difícil. White lo resumió a partir de su propia experiencia: explicó que estaba acostumbrando a quienes la rodeaban a verla como alguien capaz de resolver problemas y que, mientras se ocupaba de las dificultades ajenas, había dejado de prestar atención a las propias.

Para quienes se acostumbraron a ocupar el lugar de la persona fuerte, reconocer que necesitan apoyo puede resultar especialmente incómodo. Si durante años fueron quienes resolvían los problemas, pasar a ocupar el lugar de quien pide ayuda puede sentirse como una pérdida de autonomía o una amenaza a la imagen que construyeron de sí mismos. Ese hábito puede llevarlos a afrontar las crisis en silencio, incluso cuando tienen personas conocidas a su alrededor.

Llegar a la madurez sin una red íntima de apoyo no significa que sea imposible desarrollar relaciones más cercanas. Aunque formar vínculos puede requerir tiempo y disposición, hay pequeños cambios que ayudan a abrir ese camino.

  • Permitir que otros también ayuden. Aceptar una mano, compartir una preocupación o pedir compañía son maneras de dar lugar a la reciprocidad.
  • Revisar las relaciones basadas únicamente en la utilidad. Es importante observar si hay interés por la persona más allá de los favores, los consejos o las soluciones que puede ofrecer.
  • Expresar las propias necesidades. No siempre los demás advierten que alguien está pasando por un momento difícil. Decirlo puede ser el primer paso para recibir apoyo.
  • Cultivar espacios de encuentro. Las actividades compartidas, los intereses comunes y la participación en grupos pueden facilitar nuevas conexiones y fortalecer las existentes.
  • Abandonar la exigencia de ser invulnerable. Ser una persona capaz no implica tener que resolverlo todo sin ayuda.

La soledad en la vejez puede tener distintas causas y no debe explicarse exclusivamente por la tendencia a cuidar de los demás. También influyen las pérdidas, los cambios de rutina, las oportunidades de socialización y las circunstancias personales. Aun así, esta perspectiva invita a revisar una idea arraigada: quienes siempre sostienen a los demás también necesitan ser sostenidos.

Con base en La Nación/GDA

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