Envejecer y hacer menos actividades: por qué la psicología lo entiende como una elección y no como resignación

Con los años, reducir los compromisos y priorizar ciertos vínculos puede mejorar el bienestar. La psicología explica por qué elegir dónde poner la energía es parte de un envejecimiento saludable.

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Foto: Needpix.

Al llegar a la jubilación, el descanso después de años de trabajo puede venir acompañado de una reducción de las actividades cotidianas.

Para familiares y amigos, una menor participación en viajes, reuniones o compromisos sociales puede interpretarse como una pérdida de entusiasmo. Sin embargo, la psicología del envejecimiento ofrece otra perspectiva: hacer menos también puede ser una forma de elegir mejor cómo emplear el tiempo y la energía.

A comienzos de la década de 1990, los investigadores alemanes Paul y Margret Baltes, vinculados al Instituto Max Planck de Berlín, desarrollaron el modelo SOC, basado en tres procesos: selección, optimización y compensación. Según este enfoque, envejecer bien no implica mantener todas las actividades que se realizaban a los 40 años, sino aprender a administrar los recursos disponibles.

Desde esta perspectiva, dejar de participar en ciertos ámbitos no necesariamente significa resignarse. Por ejemplo, una persona puede decidir reducir su círculo social o practicar deporte con menor frecuencia para dedicar más tiempo a sus nietos o a un pasatiempo que disfruta. De esta manera, concentra sus esfuerzos en aquello que considera más importante.

La compensación, por su parte, consiste en adaptar las actividades cuando aparecen limitaciones. Si a una persona le resulta difícil conducir de noche, puede proponer encontrarse con sus amigos al mediodía. El objetivo es modificar la forma de hacer las cosas sin renunciar necesariamente a aquello que le interesa.

Calidad antes que cantidad

En una sociedad que suele valorar la productividad constante y las agendas repletas, el envejecimiento puede venir acompañado de la presión por mantenerse activo. Viajar, inscribirse en cursos y sumar compromisos se presentan, a menudo, como formas de demostrar que se conserva la vitalidad.

Sin embargo, la calidad de vida en la madurez no depende únicamente de la cantidad de actividades que se realizan, sino también de la posibilidad de dedicar tiempo y atención a aquello que genera satisfacción y tranquilidad.

Esta idea se relaciona con la teoría de la selectividad socioemocional, desarrollada por la investigadora de Stanford Laura Carstensen. Según este enfoque, la percepción del tiempo cambia a medida que las personas envejecen. Cuando el futuro se percibe como más limitado, adquieren mayor importancia las experiencias y los vínculos que ofrecen bienestar emocional en el presente.

Mientras que en etapas más tempranas de la vida puede predominar el interés por ampliar las relaciones y acumular experiencias, con los años puede cobrar más relevancia la calidad de los vínculos. En lugar de intentar satisfacer todas las expectativas ajenas, las personas priorizan aquellas actividades y relaciones que consideran significativas.

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Foto: Freepik.

Respetar las elecciones

Una agenda menos cargada no implica necesariamente abandono, aislamiento o tristeza. También puede reflejar una decisión consciente sobre cómo distribuir la energía y el tiempo.

Por eso, es importante que familiares y amigos no interpreten automáticamente una menor participación social como una señal de apatía. Insistir en que una persona mayor debe hacer más cosas puede desconocer sus preferencias y sus necesidades actuales.

En cambio, acompañar sus decisiones, respetar las actividades que elige conservar y evitar imponerle expectativas permite reconocer que cada persona vive el envejecimiento de una manera diferente.

Reducir el ritmo no siempre significa renunciar. En ocasiones, supone dejar de hacer algunas cosas para dedicar más tiempo a aquellas que realmente importan.

En base a La Nación/GDA

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