¿Cuánto tiene que durar una relación para que haya valido la pena? La pregunta parece sencilla, pero detrás de ella puede esconderse uno de los mandatos más arraigados sobre los vínculos: la idea de que permanecer es sinónimo de éxito y terminar, de fracaso. Para Carolina Notalgiovanni, comunicadora, coach y autora de Hasta que la vida nos separe, más que medir el valor de una relación por su duración, la clave está en preguntarse por el sentido que tuvo en nuestra vida.
“Los vínculos no son ‘hasta que la muerte nos separe’. A veces sucede que sí, pero en general eso no pasa”, reflexionó. Su libro, que presentará el próximo 17 de octubre en la Feria Internacional del Libro de Montevideo, propone recorrer las relaciones —de pareja y de todo tipo— desde una perspectiva evolutiva. Una mirada atravesada por su propia historia, experiencias dolorosas y una búsqueda personal que comenzó hace más de dos décadas.
“¿Cuál es el sentido si no es hasta que la muerte nos separe? ¿Para qué vivimos las cosas que vivimos?”, se preguntó. Su respuesta está relacionada con una forma particular de entender la vida: experimentar, aprender y permitir que las experiencias nos transformen. En ese sentido, cuestiona la idea de que una relación solo puede considerarse exitosa si cumple objetivos socialmente establecidos, como casarse, tener hijos o permanecer junta para siempre.
Una de las frases que atraviesa el libro resume esa mirada: “Ninguna relación es un fracaso cuando se convierte en conciencia”. Una historia de dos semanas, cuatro meses o varios años puede terminar sin haber sido inútil: “Si ese vínculo me ayudó a descubrir algo que no veía o a mejorar alguna cosa, si termino siendo más consciente de lo que era, entonces tengo más información para decidir. Y eso equivale a ser más libre”.
El desafío de soltar
Para Notalgiovanni, muchas veces se prioriza la duración de una relación por encima del bienestar de quienes la integran. No se trata únicamente de una decisión individual: existen mandatos culturales profundamente instalados. “Crecimos en la cultura de ‘hasta que la muerte nos separe’, de ‘contigo pan y cebolla’. Fuimos educados y educadas en ese mandato social de que te casabas una vez, para siempre y para toda la vida”, señaló.
Pero también existe otra dificultad: la tendencia humana a vivir permanentemente proyectada hacia el futuro. Pensar en proyectos compartidos no es negativo —aclaró—, pero puede convertirse en un problema cuando la expectativa sobre lo que podría ocurrir termina ocupando todo el espacio. “Cuando eso se convierte en el centro y en el foco de mi energía, dejo de estar en el hoy”, advirtió.
El proceso de reflexión que dio forma al libro está estrechamente relacionado con su propia historia. A los 21 años atravesó una situación de violencia en una relación de pareja, una experiencia que la llevó a comenzar un proceso de terapia psicológica. “Ahí empecé a profundizar realmente en por qué acepto lo que acepto y por qué elijo a quién elijo”, recordó.
Con el tiempo, incorporó otras herramientas, como el tarot y los registros akáshicos. También atravesó experiencias que la obligaron a detenerse y revisar sus prioridades. La primera ocurrió cuando tenía cinco años y fue atropellada por un ómnibus. Después, en 2024, sufrió un accidente mientras circulaba en bicicleta y permaneció dos días en coma. Ese episodio llegó después de un año “especialmente complejo” en el plano afectivo.
“Me di cuenta de que estaba con la energía muy dispersa, poniendo demasiado foco en personas y situaciones que me tenían desorientada, y que no me estaba cuidando emocionalmente”, contó. El accidente la obligó a colocarse, a ella misma, en el centro. Y a vivir más presente.
Entrenar el desapego
Uno de los conceptos centrales del libro es el desapego. Según Notalgiovanni, desapegarse no significa dejar de sentir ni asumir una actitud de indiferencia. Se trata, más bien, de no quedar completamente a merced de lo que otra persona hace o deja de hacer.
Ese ejercicio no comienza necesariamente después de una ruptura. También se practica en situaciones aparentemente pequeñas: cuando esperamos un mensaje que alguien prometió enviar, cuando aguardamos que nos confirmen una cita o cuando permitimos que nuestra tranquilidad dependa de una respuesta ajena. “El desapego hay que entrenarlo todos los días”, sostuvo.
Entre las herramientas que propone para revisar nuestra manera de relacionarnos, hay una pregunta especialmente importante: “¿Por qué hago lo que hago?”. A veces descubrimos que determinadas decisiones no están guiadas por un deseo genuino, sino por miedo, inseguridad, necesidad de aceptación o repetición de patrones. “Es una pregunta que debería estar permanentemente sobrevolando nuestra existencia”, afirmó Notalgiovanni. Responderla exige honestidad y, sobre todo, valentía. Porque —destacó— descubrir el motivo detrás de una decisión puede obligarnos a cambiar algo.
El próximo 17 de octubre, a las 14 horas, Notalgiovanni participará en la Feria Internacional del Libro de Montevideo con la charla Hasta que la vida nos separe: mirar los vínculos no desde la duración, sino desde el sentido. Allí propondrá reflexionar, entre otras cosas, sobre tres preguntas: de qué depende el valor de una relación, por qué sentimos que fracasamos cuando las cosas no salen como esperábamos y para qué sirve entrenar el desapego. A veces, quizás, el mayor valor de un vínculo no está en cuánto tiempo duró, sino en lo que nos permitió comprender sobre nosotros mismos antes de que la vida nos separara.