“El amor no es ilimitado. El amor es limitado”, afirma el psicoanalista y escritor argentino Gabriel Rolón en un reel que publicó en su cuenta de Instagram tras el inicio de una nueva temporada del programa radial Perros de la Calle. Su planteo cuestiona una idea bastante instalada: la de que el amor puede sostenerlo todo. Para el especialista, la energía afectiva tiene un límite y, cuando se concentra en un solo lugar, inevitablemente se retira de otros.
“Si volcás tu amor, tu energía amorosa, en algo, no la tenés para otras cosas”, explica. Y ejemplifica con una escena cotidiana: “¿Cuántas veces uno recibe un reclamo y dice ‘qué querés, estuve todo el día trabajando’? Gasté toda la energía que tenía en esto, en un proyecto”. La idea no apunta a cuestionar el compromiso o la dedicación, sino a advertir sobre un riesgo frecuente: apostar todo a un único amor.
El peligro de apostar todo a un solo vínculo
Según Rolón, es posible enamorarse de muchas cosas además de una persona: un proyecto, una profesión, una pasión personal. El problema aparece cuando uno de esos amores absorbe casi toda la energía disponible. “Estás enamorado de un proyecto y ese amor se lo sacás, por ejemplo, a tus hijos, tu pareja, tus amigos”, señala el psicoanalista.
La observación apunta a una dinámica habitual en la vida adulta: el trabajo o una meta personal pueden ocupar tanto espacio emocional que otros vínculos empiezan a resentirse. Pero el fenómeno también puede ocurrir a la inversa, cuando una relación de pareja pasa a ocupar el centro de la vida. En esos casos, se corre el riesgo de empobrecer otras dimensiones esenciales de la identidad.
En la cultura romántica suele instalarse la idea de que la pareja debe ser el centro absoluto de la vida afectiva. Sin embargo, desde la psicología se insiste cada vez más en que una vida emocional saludable necesita varios pilares. Amistades, vínculos familiares, intereses personales, proyectos laborales y momentos de intimidad con uno mismo forman parte de una red que sostiene el bienestar.
Cuando esa red se reduce a un solo vínculo, la persona queda más expuesta a la dependencia emocional y a la pérdida de individualidad. La relación puede transformarse entonces en una fuente de presión excesiva: se espera que la pareja cumpla todos los roles posibles —compañero, amigo, sostén emocional, motivador—, algo que difícilmente pueda sostenerse en el tiempo.
Seguir cultivando amistades, sostener intereses propios, dedicar tiempo al trabajo o a pasatiempos no significa restarle amor a la pareja, sino fortalecer la identidad de cada integrante del vínculo. En palabras de Rolón, se trata de desarrollar cierta inteligencia emocional para distribuir la energía afectiva: “Hay que tener la inteligencia de no transitar la vida jugado por un solo amor”.
Y aclara que no habla de multiplicar parejas, sino de reconocer que el amor adopta muchas formas: “Estoy hablando de amores que tienen que ver con la pareja, la familia, el trabajo, la vida íntima”. El desafío, entonces, no es encontrar el amor que lo absorba todo, sino aprender a dividir la energía afectiva entre aquello que realmente importa.