Mantener una red sólida de vínculos con familiares, amigos y la comunidad tiene un impacto directo y cuantificable en la salud a partir de la madurez. Así lo confirma una investigación difundida por la publicación especializada Nature Communications y desarrollada por científicos de la Universidad de Tulane, en Estados Unidos. El trabajo midió la expectativa de años libres de patologías graves desde los 50 años, cotejando la realidad de quienes preservan su vida social activa frente a quienes atraviesan situaciones de aislamiento o soledad.
El estudio tomó como base los registros de 277.489 adultos de entre 40 y 69 años pertenecientes al UK Biobank de Gran Bretaña. Al momento del reclutamiento, ninguno de los participantes presentaba diagnósticos de diabetes tipo 2, afecciones cardiovasculares, enfermedades respiratorias crónicas, demencia, párkinson, cáncer, depresión o ansiedad. Tras un seguimiento de aproximadamente 13 años, los expertos calcularon el margen de tiempo libre de estos padecimientos para cada perfil.
Una distinción clave: estar solo versus sentirse solo
Uno de los aportes centrales del informe radica en diferenciar dos conceptos habitualmente asimilados: el aislamiento social y la soledad. Mientras que el primero alude a un parámetro cuantitativo —medido a través de variables como la convivencia, la frecuencia de visitas o la asistencia semanal a actividades grupales—, la soledad responde a un sentimiento subjetivo de insatisfacción con el entorno afectivo, un estado que puede manifestarse aun cuando la persona se encuentre acompañada.
Al contrastar a las personas integradas socialmente con aquellas que experimentaban tanto aislamiento como soledad, la brecha más pronunciada se observó en el plano de la salud mental. Los hombres integrados ganaron 5,8 años promedio libres de depresión y ansiedad respecto a sus pares aislados, mientras que en las mujeres la diferencia alcanzó los 3,7 años. En cuanto a las dolencias físicas, los márgenes de ventaja fueron de 2,4 años para el público femenino y de 1,7 años para el masculino.
El alcance de los hábitos saludables y las limitaciones del hallazgo
El equipo de investigación evaluó asimismo el papel de un estilo de vida saludable —no fumar, ejercitarse, alimentarse de forma balanceada, cuidar el peso y respetar las horas de descanso— en la mitigación de estos riesgos. Se constató que sostener pautas sanas acorta la brecha originada por el aislamiento físico.
No obstante, en el caso de la percepción subjetiva de soledad, la distancia en los indicadores de bienestar se mantuvo inalterada incluso entre quienes cuidaban estrictamente su salud física, lo que sugiere la necesidad de abordar este fenómeno mediante estrategias específicas.
Los autores puntualizaron que, al tratarse de un análisis observacional, los resultados evidencian una correlación significativa pero no prueban una relación de causalidad directa. Adicionalmente, señalaron que la soledad fue relevada únicamente al inicio del período y que la muestra, acotada al territorio británico, no resulta necesariamente extrapolable a todas las realidades demográficas.
En base a El Tiempo/GDA