Para Naty Franz, el tapping es, ante todo, una herramienta para intervenir sobre la intensidad emocional. La instructora de yoga, creadora del Método NF y una de las figuras que impulsó esta práctica en la Argentina, lo describe como una técnica de liberación emocional que combina golpecitos suaves en distintos puntos del cuerpo con la repetición de frases en voz alta orientadas a reconocer, aceptar y transformar aquello que genera malestar.
La práctica, según explicó en el ciclo Conversaciones de LA NACION, parte de una idea tomada de tradiciones como el yoga y el ayurveda: la de un cuerpo atravesado no solo por dimensiones físicas, sino también energéticas, mentales, emocionales y espirituales. Desde esa mirada, los puntos sobre los que se trabaja en el tapping coinciden con meridianos energéticos, y estimularlos permitiría restablecer cierto equilibrio interno. Franz sostiene que ese reordenamiento puede ayudar a bajar la intensidad de estados como el miedo, la ansiedad, el estrés o incluso de manifestaciones físicas asociadas al malestar, como migrañas, colon irritable o psoriasis.
Pero el tapping, tal como ella lo plantea, no consiste únicamente en el contacto físico. Una parte central del procedimiento está en lo verbal: mientras se realizan los golpecitos, la persona enuncia frases que apuntan primero a reconocer lo que siente y luego a correrse, de a poco, hacia otro estado posible. “Esta emoción que siento ahora, la acepto total y completamente”, es uno de los ejemplos que menciona Franz. La lógica, según explica, es que aceptar no equivale a resignarse, sino a integrar la emoción en lugar de resistirla. Y que esa integración permite disminuir la carga con la que el malestar se instala en el cuerpo.
En esa secuencia, después del reconocimiento vendría una segunda instancia, orientada a elegir un estado diferente: estar en paz, pensar con más claridad, conectarse con la respiración, aflojar la tensión. Para Franz, ese pasaje entre aceptar lo que ocurre y abrir la posibilidad de otra respuesta es una de las claves del método. Allí ubica también su vínculo con el trauma: no como un evento en sí mismo, sino como la intensidad emocional que una persona no logró procesar o equilibrar en el momento en que ocurrió.
La instructora describe además ciertos efectos físicos inmediatos del proceso. Menciona, por ejemplo, la aparición del bostezo como una señal de liberación y asocia esa respuesta a una mayor oxigenación del cerebro y del cuerpo. Para explicar la lógica del alivio, recurre a una imagen simple: la del agua estancada que necesita volver a circular. En su lectura, el tapping permitiría justamente eso: poner en movimiento algo que quedó fijado, pesado o bloqueado, y facilitar un “reprocesamiento” de lo que genera tensión.
Franz también recordó que la técnica fue registrada en Estados Unidos como EFT, sigla de Emotional Freedom Technique, y atribuyó su creación a Gary Cray. En su propia experiencia, sin embargo, lo central no está tanto en la etiqueta como en el efecto que observa: una suerte de reseteo que involucra al cuerpo y que, a través del movimiento, la respiración y la palabra, buscaría desactivar el estrés y generar bienestar.
En ese marco, el tapping aparece menos como una simple secuencia de golpecitos y más como una práctica que intenta intervenir sobre la manera en que una emoción se aloja en el cuerpo. La promesa, al menos en la versión que plantea Franz, no es borrar lo que duele, sino ayudar a que eso pierda intensidad y deje de sentirse como algo que desborda.
Con base en La Nación