El Carnaval tiene algo de pacto colectivo: durante semanas, el ruido está permitido, los horarios se estiran y la rutina se afloja. En muchas casas, las noches se alargan, los gurises se duermen más tarde, las comidas se desordenan y el cansancio se negocia día a día. La fiesta entra por la puerta grande y, mientras dura, casi nadie se pregunta cómo se sale.
El problema aparece cuando el último tablado baja el telón y la vida cotidiana vuelve a golpear la puerta. Ahí, muchas familias sienten algo difícil de nombrar: no es tristeza, pero tampoco descanso. Es un cansancio espeso, compartido, que no se resuelve con una siesta ni con una noche larga de sueño.
El cansancio que llega después de la fiesta
Durante el Carnaval, el cuerpo —y especialmente el cuerpo familiar— funciona en modo sostén. Sostiene el entusiasmo de los más chicos, la logística de las salidas, el ruido constante, la excitación de lo distinto. Los adultos hacen equilibrio entre el disfrute y la organización, entre el “dejemos que pase” y el “mañana vemos”. Todo eso tiene un costo que recién se hace visible cuando la música se apaga.
En los días posteriores, muchas casas atraviesan la misma escena: gurises irritables, con sueño liviano y poca tolerancia a la frustración; adultos que se sienten agotados sin haber hecho “nada tan grave”; rutinas que cuesta retomar porque el cuerpo todavía está en otro ritmo. No es falta de voluntad. Es fisiología y emoción mezcladas.
El Carnaval es una sobreestimulación prolongada. Hay más ruido, más gente, más estímulos visuales y sonoros, menos silencio. Para los niños, que todavía están aprendiendo a regularse, ese impacto es aún mayor. Para los adultos, que muchas veces postergan el propio cansancio para que la fiesta funcione, la factura llega después.
Volver despacio también es una forma de cuidado
En este contexto, exigir una vuelta inmediata al orden suele generar más tensión que alivio. Pretender que el lunes siguiente todo funcione como antes —horarios, paciencia, concentración— suele chocar con cuerpos que todavía necesitan bajar revoluciones. El bienestar familiar, en este tramo del año, pasa menos por “organizarse mejor” y más por habilitar una transición.
Volver no implica cortar de golpe. Implica, por ejemplo, aceptar que los primeros días sean más lentos, que el sueño se acomode de a poco, que el humor esté sensible. Implica ofrecer silencio después del ruido, comidas simples después del desorden, tardes sin planes después de la agenda llena. No como premio ni castigo, sino como forma de cuidado.
También es un buen momento para que los adultos revisen su propio cansancio. Muchas veces se pone el foco en cómo están los niños, pero no en el desgaste de quienes sostuvieron la logística familiar durante semanas. El agotamiento emocional no siempre se nota, pero se filtra en la impaciencia, en la sensación de estar siempre corriendo, en la dificultad para disfrutar lo cotidiano.
El final del Carnaval coincide, además, con el fin del verano y la cercanía de la vuelta a clases. Todo junto. Por eso, más que exigir arranques perfectos, este puede ser un tiempo para ajustar el paso. Escuchar al cuerpo, propio y ajeno, no es ceder: es prevenir un desgaste mayor.
Cuando se apagan los tambores, no todo tiene que volver inmediatamente a su lugar. A veces, el mayor gesto de bienestar familiar es permitir que el silencio entre despacio.