Redacción El País
El carnaval no suele pasar desapercibido porque activa estímulos intensos: sonido, ironía, cuerpos expuestos, multitudes, horarios alterados. Desde la psicología, cuando una experiencia despierta reacciones tan opuestas es porque toca núcleos profundos del funcionamiento emocional.
No se trata solo de “me gusta” o “no me gusta”. Se trata de cómo el cerebro y el sistema nervioso procesan el exceso, la cercanía y la pérdida de control del entorno.
Amar el carnaval: búsqueda de descarga emocional
Quienes disfrutan el carnaval suelen tener una mayor tolerancia a la estimulación sensorial y una relación más cómoda con la expresión emocional abierta. La psicología explica que estas personas encuentran placer en contextos donde hay intensidad, imprevisibilidad y contacto social.
El carnaval funciona, en estos casos, como una descarga emocional colectiva. Reírse fuerte, cantar, ironizar y exponerse no genera amenaza, sino alivio. Hay una sensación de sincronía con otros que regula el estrés y refuerza el bienestar.
Además, la crítica cantada y el humor funcionan como mecanismos saludables de canalización emocional: decir lo que incomoda sin hacerlo de manera directa reduce tensiones internas acumuladas.
Rechazarlo: cuando el cuerpo pide freno
Para quienes viven el carnaval con rechazo, la experiencia suele ser físicamente agotadora. La psicología y la neurociencia explican que no todos los sistemas nerviosos toleran igual el ruido, la multitud y la ruptura de rutinas.
Las personas más sensibles a la sobreestimulación pueden experimentar aumento de ansiedad, irritabilidad, fatiga mental o sensación de invasión. El rechazo no es desinterés cultural, sino una respuesta de autoprotección frente a un entorno vivido como excesivo.
Aquí aparece una necesidad fuerte de control, silencio y previsibilidad para mantener el equilibrio emocional.
El ruido y la exposición: dos grandes disparadores
El sonido constante activa el sistema de alerta del cerebro. En algunas personas genera excitación positiva; en otras, estrés sostenido. Lo mismo ocurre con la exposición emocional: mientras algunos disfrutan mostrarse y reírse de sí mismos, otros viven eso como una amenaza a su intimidad psíquica.
La psicología no lo interpreta como debilidad o rigidez, sino como diferencias en la regulación emocional y sensorial.
¿Qué dice esto de los uruguayos?
Esta división refleja una característica profunda: convivimos con una cultura que valora lo colectivo, pero también con una fuerte necesidad de espacio propio. El carnaval pone en tensión ese equilibrio.
Amarlo o rechazarlo habla de cómo cada uno gestiona el estímulo, el vínculo y el permiso para sentir. No hay respuestas correctas: hay sistemas nerviosos distintos enfrentándose al mismo fenómeno.
Más que una fiesta, un test emocional
El carnaval opera como una especie de prueba emocional anual. Nos enfrenta a nuestros límites, a nuestra forma de procesar el ruido, el contacto y la intensidad.
Tal vez por eso no admite términos medios. Porque no interpela solo el gusto: interpela el cuerpo, la emoción y la manera en que cada uno habita lo social.