Hubo años en que febrero se esperaba, entre otras cosas, para pensar el disfraz. No para subir a un escenario ni para competir, sino para salir a dar una vuelta por el corso del barrio. Disfrazarse para ir a mirar el desfile fue —y en muchos lugares sigue siendo— una de las formas más simples y divertidas de vivir el carnaval.
El plan más sencillo
El ritual era bastante básico: revolver el placard, armar algo con lo que hubiera a mano y salir. A veces el disfraz duraba toda la noche; otras, apenas un rato. No importaba demasiado. La idea era sumarse, mezclarse con la gente y disfrutar del clima festivo que se armaba en la calle.
En barrios de Montevideo y en muchas ciudades del interior de Uruguay, ir al corso sin disfraz era casi la excepción. El público también era parte del espectáculo: personajes improvisados, grupos de amigos caracterizados, familias enteras con algún detalle carnavalero, aunque fuera una máscara o una galera.
Disfraces sin vueltas
No había demasiadas reglas. Valía todo: lo casero, lo repetido de otros años, lo que se armaba a último momento. Nadie pedía coherencia ni explicaciones. El disfraz no tenía que “decir” nada ni cumplir ningún objetivo especial: era solo una excusa para jugar un poco y cambiar el aire.
Por eso, cuando hoy se recuerda el carnaval de antes, muchas veces aparece esa imagen: la calle llena, el desfile pasando y la gente mirando… pero también disfrazada, riéndose, sacándose fotos, reconociéndose entre trajes improbables.
Ganas antes que protocolo
Volver a salir disfrazado al carnaval no implica recuperar nada solemne ni “correcto”. Es más bien todo lo contrario. Es ponerse algo encima, salir un rato y ver qué pasa. Sin expectativas, sin organización, sin vueltas.
El carnaval siempre tuvo algo de eso: una invitación abierta a correrse un poco de lo habitual. Y a veces, con un disfraz armado en cinco minutos, alcanza para que la noche se sienta distinta.