El inicio de clases marca un nuevo ritmo en la vida familiar. Cambian los horarios, vuelven las rutinas y reaparecen emociones mezcladas: entusiasmo, nervios, curiosidad y, en algunos casos, resistencia. Para la psicología, la forma en que se transita este comienzo puede influir no solo en el rendimiento académico, sino también en el bienestar emocional de niños y adolescentes a lo largo del año.
Lejos de buscar un arranque perfecto, los especialistas coinciden en que el objetivo principal es ofrecer seguridad, previsibilidad y acompañamiento emocional.
Uno de los errores más comunes es pretender que el cambio sea inmediato. Ajustar horarios de sueño, comidas y estudio unos días antes del comienzo de clases ayuda al cuerpo y a la mente a adaptarse progresivamente. La rutina, explican los psicólogos, brinda contención y reduce la ansiedad, pero no debe vivirse como un esquema rígido e inflexible: también necesita márgenes de disfrute y descanso.
Hablar de lo que sienten (aunque no lo pidan)
El comienzo del año lectivo puede activar miedos silenciosos: no encajar, no rendir bien, separarse de mamá o papá, enfrentarse a docentes nuevos o a cambios de grupo. Abrir espacios de conversación, sin interrogatorios ni minimizaciones, es clave. Frases como “es normal sentirse nervioso” o “a muchos les pasa lo mismo” ayudan a validar lo que sienten sin amplificarlo.
La psicología advierte que escuchar sin intentar resolver todo suele ser más efectivo que dar consejos apresurados.
Además, muchos niños captan el clima emocional de los adultos. Cuando los padres viven el inicio de clases con estrés excesivo —por las exigencias académicas, la organización o el miedo al “fracaso”— ese malestar suele trasladarse. Mostrar confianza, calma y disponibilidad emocional es una de las mejores formas de acompañar.
Fomentar la autonomía, según la edad
Preparar la mochila, elegir la ropa o asumir pequeñas responsabilidades fortalece la sensación de competencia y control. Desde la psicología del desarrollo, esto es clave para la autoestima: sentir que pueden solos, con apoyo disponible, pero sin sobreprotección.
Acompañar no significa hacer todo por ellos, sino estar cerca mientras aprenden a hacerlo.
Otro punto central es no sobredimensionar el arranque. El vínculo con la escuela, los compañeros y el aprendizaje se construye con el tiempo. Pretender que todo fluya desde el primer día puede generar frustración innecesaria.
Los psicólogos señalan que las primeras semanas son de adaptación, y que es esperable que aparezcan altibajos emocionales, cansancio o desmotivación pasajera.
Cuando el malestar persiste
Si el rechazo a ir a clase es intenso, sostenido en el tiempo, se acompaña de síntomas físicos frecuentes (dolor de panza, cabeza, llanto persistente) o afecta el funcionamiento diario, puede ser una señal para consultar con un profesional. No como alarma, sino como forma de comprensión y acompañamiento oportuno.
Empezar el año lectivo de la mejor forma no implica eliminar los nervios ni garantizar resultados, sino ofrecer un entorno emocional seguro, donde el niño o adolescente sepa que puede equivocarse, adaptarse y crecer a su propio ritmo. Según la psicología, sentirse acompañado es muchas veces el mejor punto de partida para aprender.
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