El ejercicio físico es la clave para potenciar tratamientos médicos y mejorar la recuperación

La evidencia científica confirma que el ejercicio físico no solo previene enfermedades, sino que mejora la eficacia de los tratamientos médicos y acelera la recuperación en múltiples patologías.

Hacer ejercicio después de los 50 años
Hombre y mujer haciendo ejercicio
Foto: Freepik

El ejercicio físico dejó de ser un complemento para convertirse en un aliado central de la medicina moderna. Hoy se sabe que moverse no solo mejora la salud general, sino que potencia la respuesta a distintos tratamientos médicos y acelera los procesos de recuperación.

La idea no es nueva. Ya en la antigua Grecia se advertía sobre el valor del movimiento para sostener el bienestar. Sin embargo, en las últimas décadas la ciencia logró demostrar con evidencia sólida que la actividad física regular reduce el riesgo de enfermarse y mejora la evolución de múltiples patologías. Incluso, en personas ya diagnosticadas, practicar ejercicio físico favorece una recuperación más rápida y efectiva.

El movimiento como parte del tratamiento

Durante años, el reposo absoluto fue la indicación dominante frente a muchas enfermedades. Hoy ese paradigma cambió: la evidencia muestra que mantenerse activo, con programas adaptados, mejora el pronóstico en más de 25 dolencias, desde enfermedades cardiovasculares hasta trastornos metabólicos y algunos tipos de cáncer.

El ejercicio físico se posiciona así como una herramienta accesible y de bajo costo, capaz de complementar la terapia farmacológica y mejorar su eficacia. En patologías como la diabetes tipo 2 o la hipertensión, por ejemplo, su impacto es directo: ayuda a regular la presión arterial, mejora la circulación y reduce factores de riesgo.

El rol clave de los músculos

Detrás de estos beneficios hay una explicación biológica cada vez más clara. El músculo no es solo un sistema mecánico: actúa como un órgano con funciones metabólicas y endocrinas. Produce sustancias llamadas mioquinas, que influyen en el sistema inmune, el cerebro y distintos procesos del organismo.

Este hallazgo explica por qué el entrenamiento físico tiene efectos que van mucho más allá de lo visible. En tratamientos complejos, como la quimioterapia, se observó que quienes se ejercitan presentan menos fatiga y mejor respuesta inmunológica. Algo similar ocurre en pacientes en diálisis, donde el ejercicio adaptado mejora la calidad de vida.

Caminar deporte ejercicio
Persona camina para hacer ejercicio físico.
Foto: Freepik.

No todo es deporte: moverse cuenta

Cuando se habla de movimiento, no todo pasa por el deporte. Existen diferentes niveles de actividad física que aportan beneficios. El deporte, como práctica estructurada, es una excelente opción para mejorar la condición física y sostener hábitos saludables.

Pero también cuenta el movimiento cotidiano: caminar, hacer tareas domésticas o trasladarse a pie. Acumular entre 5.000 y 10.000 pasos diarios ya se asocia con una menor mortalidad y mejores indicadores de salud cardiovascular.

Por otro lado, el ejercicio planificado, como el entrenamiento de fuerza o el trabajo aeróbico, permite generar adaptaciones específicas. La combinación de ambos tipos es, según los especialistas, una de las estrategias más efectivas para mejorar la condición física y prevenir enfermedades.

Impacto en la salud mental

Los beneficios no son solo físicos. El ejercicio físico también juega un papel clave en el bienestar emocional. Diversos estudios muestran que ayuda a reducir la ansiedad, mejora los síntomas de la depresión y fortalece la autoestima.

El psicólogo Rafael Alcaraz Sánchez sostiene que el impacto del movimiento sobre la salud mental puede ser incluso tan relevante como sus efectos físicos. La práctica regular favorece la activación, genera sensación de logro y, en actividades grupales, promueve la socialización, un factor clave para el bienestar psicológico.

Ejercicio adultos
Hacer ejercicio regularmente también ayuda contra el deterioro cognitivo.
Foto: Freepik.

Una herramienta imprescindible

Hoy el consenso es claro: el ejercicio físico debe formar parte de cualquier estrategia de salud integral. No se trata de rendir al máximo ni de cumplir objetivos exigentes, sino de encontrar una rutina sostenible, adaptada a cada persona y a cada etapa de la vida.

Incluso en contextos de enfermedad, moverse —con supervisión adecuada— no solo es posible, sino recomendable. La ciencia lo respalda: el ejercicio no reemplaza a los tratamientos, pero los potencia. Y en ese cruce entre movimiento y medicina, se abre una de las herramientas más efectivas para vivir mejor.

En base a El Tiempo/GDA

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