Dormir mal no siempre significa pasar pocas horas en la cama. La calidad del sueño, su continuidad y las consecuencias que tiene durante el día también son determinantes.
Cuando las dificultades para descansar dejan de ser ocasionales y comienzan a afectar la vida cotidiana, pueden convertirse en un trastorno que requiere atención.
La psicóloga española Núria Roure, doctora en Medicina del Sueño y miembro de la Sociedad Española del Sueño, advierte sobre la importancia de no resignarse al cansancio permanente ni considerar normales las dificultades para dormir. El insomnio crónico, sostiene, debe tratarse, y para hacerlo es necesario identificar qué ocurre y recurrir a un abordaje adecuado.
Cuándo una mala noche se convierte en insomnio
Tener una noche de mal descanso es algo que puede ocurrirle a cualquiera. La situación cambia cuando el problema se prolonga y empieza a repercutir en el funcionamiento diario.
El insomnio puede manifestarse de distintas maneras: dificultad para conciliar el sueño, despertares frecuentes durante la noche, despertar demasiado temprano o levantarse con la sensación de no haber descansado. A esto se suman posibles consecuencias durante el día, como fatiga, irritabilidad, dificultades de concentración, problemas de memoria y menor rendimiento.
Para Roure, la repercusión diurna es un aspecto fundamental a la hora de valorar el problema. No se trata únicamente de contar las horas de sueño, sino de observar cómo se siente la persona y de qué manera las dificultades para descansar afectan su vida.
Por qué dormir ocho horas no siempre alcanza
Pasar ocho horas en la cama no garantiza haber tenido un sueño reparador. La continuidad y la regularidad también influyen en la calidad del descanso.
Los despertares breves y frecuentes, los horarios irregulares y el sueño fragmentado pueden hacer que una persona se levante cansada pese a haber permanecido suficiente tiempo en la cama. También pueden interferir factores como el estrés, algunos medicamentos, el consumo de alcohol o cafeína y trastornos del sueño, entre ellos la apnea.
Por eso, mejorar el descanso no consiste solamente en aplicar consejos aislados para dormirse más rápido. También es necesario reconocer qué factores pueden estar interfiriendo y generar condiciones que favorezcan un sueño adecuado.
El cansancio permanente no es una señal de éxito
En una sociedad que suele asociar estar ocupado con ser productivo, dormir puede terminar relegado a un segundo plano. La idea de que siempre hay algo más importante que hacer lleva a muchas personas a reducir sus horas de descanso para cumplir con sus obligaciones.
Roure señala que esa lógica confunde el agotamiento con el éxito. Sin embargo, el sueño no es un lujo ni un tiempo perdido: es una necesidad fisiológica y cumple funciones esenciales para el organismo.
Mientras dormimos, el cerebro y el cuerpo desarrollan procesos vinculados con la memoria, el aprendizaje, la regulación emocional, el metabolismo y la recuperación física. Cuando las horas de descanso se reducen de manera sistemática, también pueden resentirse la atención, la capacidad para tomar decisiones, la memoria y el control de los impulsos.
En esas condiciones, dormir menos para producir más puede terminar siendo contraproducente. El cansancio constante, plantea la especialista, debería llevar a revisar qué está ocurriendo en lugar de convertirse en un motivo de orgullo.
Pastillas para dormir: tratar el síntoma no siempre resuelve el problema
Los medicamentos pueden tener un papel en determinados casos, siempre que estén indicados y se utilicen bajo supervisión médica. La dificultad aparece cuando se convierten en la única respuesta al insomnio y no se abordan los factores que lo provocan o mantienen.
Roure advierte que las benzodiazepinas y otros fármacos pueden funcionar como una solución temporal si no se trabaja sobre el origen del problema. Además, algunos medicamentos para dormir pueden generar tolerancia, dependencia y otros efectos adversos, especialmente cuando se utilizan durante períodos prolongados.
En las personas con insomnio crónico, la especialista señala que el tratamiento de primera elección es la terapia cognitivo-conductual para el insomnio (TCC-I), un abordaje no farmacológico que busca intervenir sobre las dificultades para dormir.
El objetivo no debería ser solamente conseguir descansar una noche mediante una solución rápida, sino recuperar el sueño a largo plazo. Para eso, es importante evaluar cada caso y definir un tratamiento adecuado, en lugar de depender de forma permanente de pastillas o suplementos.
El descanso también es una cuestión social
La dificultad para dormir no puede analizarse únicamente como un problema individual. La forma en que se organiza la vida cotidiana, la presión por rendir y la disponibilidad permanente también influyen en el lugar que ocupa el descanso.
Roure propone dejar de considerar el sueño como algo que se atiende una vez que se terminaron todas las tareas. Esa meta puede resultar inalcanzable: siempre hay obligaciones pendientes, correos por responder o actividades que podrían ocupar el tiempo destinado a descansar.
Desde una perspectiva social, plantea la necesidad de recuperar el valor del sueño, revisar los horarios laborales, reducir la cultura de la hiperdisponibilidad y promover la educación sobre el descanso desde edades tempranas.
Enseñar a niños y adolescentes por qué necesitan dormir y ayudar a las familias a establecer rutinas saludables son parte de ese proceso. El descanso, sostiene la especialista, no debería ser una recompensa después de cumplir con todas las obligaciones, sino una parte necesaria de la vida cotidiana.
Las consecuencias de dormir mal durante mucho tiempo
El sueño y la salud mantienen una relación estrecha. Dormir mal de manera crónica puede afectar el funcionamiento físico y emocional, mientras que determinados problemas de salud también pueden deteriorar el descanso.
La falta de sueño sostenida se relaciona con alteraciones de la atención, la memoria, la regulación emocional y la capacidad para tomar decisiones. También puede repercutir en procesos metabólicos, inmunitarios y cardiovasculares.
En el ámbito de la salud mental, Roure destaca la relación entre las dificultades para dormir, la ansiedad, el estrés y el estado de ánimo. Por eso, cuando el problema persiste, no conviene asumir que dormir mal es inevitable ni limitarse a intentar sobrellevar el cansancio.
Entre las medidas que pueden contribuir a mejorar el descanso se encuentran mantener horarios regulares, exponerse a la luz natural durante el día, realizar actividad física, cuidar la alimentación, reducir los estimulantes y las pantallas por la noche y prestar atención al ambiente en el que se duerme.
Si las dificultades para descansar se mantienen en el tiempo, es importante buscar una valoración profesional. Reconocer el problema es el primer paso para identificar sus causas y acceder a un tratamiento adecuado.
En base a El Tiempo/GDA