Trastornos del sueño en Uruguay: investigación asocia el insomnio con un mayor riesgo de depresión

Casi el 43% de los uruguayos descansa mal. Un estudio de la psicóloga Valentina Paz revela cómo el reloj biológico y la vespertinidad afectan la salud mental de los jóvenes.

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Persona con problemas para dormir.
Foto: Unsplash.

En un país donde casi la mitad de la población presenta trastornos del sueño y los problemas de salud mental muestran señales de agravamiento entre los jóvenes, una investigación uruguaya acaba de poner evidencia científica sobre una sospecha cada vez más extendida: dormir mal no es apenas una consecuencia del estrés cotidiano, sino un factor estrechamente ligado a la depresión. Según datos actualizados del Ministerio de Salud Pública, el 42,7% de los uruguayos tiene algún trastorno del sueño y el 27,7% presenta dificultades para iniciar o mantener el descanso nocturno.

En ese escenario se inscribe el trabajo de la psicóloga Valentina Paz, autora de una investigación premiada por Pedeciba como mejor tesis de doctorado 2025, que analizó la relación entre los ritmos circadianos —el reloj biológico que regula el sueño, la vigilia y múltiples funciones hormonales— y la sintomatología depresiva. Su principal conclusión fue contundente: las personas con más síntomas de depresión tienden a dormir peor, dormir menos, sufrir más insomnio y presentar una mayor inclinación hacia la vespertinidad, es decir, a funcionar mejor de noche que de mañana.

“La depresión está estrechamente asociada con alteraciones en los ritmos circadianos”, señaló Paz a El País. En jóvenes uruguayos, explicó, encontró una asociación consistente entre peor calidad y menor duración del sueño, presencia de insomnio y síntomas depresivos, junto con una disfunción diurna marcada: más somnolencia, menor rendimiento y peor estado de ánimo durante el día.

La advertencia no es menor si se tiene en cuenta que los problemas emocionales vienen creciendo en las nuevas generaciones. Una encuesta nacional del MSP divulgada en 2025 reveló que el 13% de los uruguayos declara atravesar actualmente algún problema de salud mental y que el sentimiento de “mucha soledad” golpea con más fuerza a los menores de 30 años, donde alcanza al 35% de los consultados. A eso se suma que relevamientos previos sobre adolescencia ya habían mostrado que casi uno de cada cuatro jóvenes dejó de realizar actividades habituales por sentimientos persistentes de tristeza o desesperación.

En ese contexto, la tesis de Paz aporta una pieza que hasta ahora faltaba dimensionar con precisión: el sueño como termómetro y a la vez posible amplificador del malestar psíquico.

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Persona con sueño.
Foto: Commons.

Dos estudios

Para llegar a estos hallazgos, la investigadora desarrolló dos estudios paralelos. Uno de ellos se realizó con 51 jóvenes uruguayos de entre 18 y 34 años, a quienes se les aplicaron entrevistas clínicas, cuestionarios psicológicos, registros de actividad y exposición lumínica mediante actimetría, además de mediciones hormonales de melatonina y cortisol y temperatura corporal. El otro utilizó información biomédica de más de 500.000 personas del Reino Unido, a través de una técnica de análisis genético-estadístico llamada Aleatorización Mendeliana, que permite explorar si una relación observada puede tener componentes causales.

Los resultados fueron coincidentes. Mientras en la población uruguaya apareció una fuerte asociación entre depresión, insomnio y sueño insuficiente, en la muestra británica se encontró además evidencia de una relación causal bidireccional: tener síntomas de insomnio incrementa la probabilidad de depresión y padecer depresión aumenta a su vez las probabilidades de desarrollar insomnio. “Ambos pueden influirse mutuamente”, resumió la investigadora.

El estudio detectó además otro patrón sugestivo: quienes tienen una mayor tendencia a la matutinidad —prefieren la mañana para desarrollar sus actividades y alcanzan allí su mayor rendimiento físico y mental— presentan menores probabilidades de depresión. Aunque todavía no están del todo claros los mecanismos detrás de esa relación, el hallazgo refuerza la hipótesis de que los desajustes del reloj biológico no son un dato accesorio, sino una variable central para comprender la salud mental.

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Mujer se siente mal al irse a dormir.
Foto: Freepik.

Aplicaciones clínicas

La importancia del trabajo no reside solo en la descripción del problema, sino en sus posibles aplicaciones clínicas. Paz sostiene que variables que mostraron alta capacidad para explicar la sintomatología depresiva —como el insomnio, la mala calidad del sueño y la preferencia por horarios nocturnos o matutinos— pueden detectarse mediante herramientas simples, rápidas y de bajo costo, como cuestionarios de autorreporte. Incorporar sistemáticamente esas mediciones a la evaluación psicológica y psiquiátrica permitiría mejorar la detección precoz de cuadros depresivos y actuar antes de que los síntomas se cronifiquen.

No se trata de una discusión menor en Uruguay. El Ministerio de Salud Pública advirtió este año que el mal descanso se convirtió en un problema de salud pública pospandemia, con aumento sostenido del insomnio y de la automedicación con ansiolíticos e hipnóticos. Para Paz, entender cómo el sueño altera el funcionamiento emocional puede ayudar a cambiar la mirada clínica: dejar de considerar al insomnio como una simple consecuencia y comenzar a verlo como una señal temprana y un componente activo del trastorno depresivo.

En esa línea, el Grupo Cronobiología de la Universidad de la República, del que forma parte, ya impulsa iniciativas en el Hospital de Clínicas para incorporar la perspectiva circadiana a la práctica asistencial. La apuesta es sencilla pero ambiciosa: que preguntas tan básicas como cuántas horas duerme una persona, cuánto demora en dormirse, si funciona mejor de mañana o de noche y cómo llega al final del día puedan transformarse en herramientas concretas para anticipar y abordar uno de los trastornos de salud mental más frecuentes.

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