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Paola Cerruti empezó haciendo la torta del primer cumpleaños de su hija mayor y hoy llena agenda dos meses antes. En la pandemia trabajó muy bien porque la gente invertía más en la torta.
"Cuánto más tristeza te dé cortar la torta, mejor hice mi trabajo”. Eso le suele decir Paola Cerruti a sus clientes ya que lo que más le comentan es que “les da cosa” partir creaciones hechas con tanto cuidado y detalle.
Paola nunca imaginó que la torta del primer cumpleaños de su hija mayor, que hoy tiene 7 años, iba a cambiar tanto su vida. Se empeñó en que tenía que hacerla ella, le pidió ayuda a su suegra repostera y se tiró al agua a pesar de que nunca antes había hecho nada parecido.
“Era bastante simple. De un piso, con fondant, florcitas y el número uno. Hoy en día la miro y digo ‘¡ay, no! Ni ahí’, pero en aquel momento era una torta bastante interesante”, recuerda entre risas. Eso la alentó a seguir haciendo las tortas de cumpleaños de la familia. “Me salían divinas y todo el mundo quería la suya”, apunta.
El quiebre se dio cuando su hija cumplió 4 años y sus amigos comenzaron a decirle que tenía que iniciar su propio emprendimiento. Si bien su primera respuesta fue que no tenía tiempo, le insistieron tanto que se abrió un Instagram, se diseñó un logo y eligió como nombre una combinación de los nombres de sus hijas: Amalú, por Amalia y Lucía.

Hizo cursos por internet, utilizó muchos tutoriales, preguntó y practicó. Mucho ensayo, prueba y error le llevaron a darse cuenta de que tenía manualidad para el oficio.
Lo de la falta de tiempo era real porque Paola es arquitecta y trabajaba como tal, una profesión con la que soñó desde que tiene memoria. Pero diez días después de declararse la emergencia sanitaria por el covid-19 se quedó sin trabajo.

“Entonces me dije: ‘Mientras encuentro otro trabajo le voy a meter a Amalú Cakes”, recuerda. Ya le estaba yendo muy bien, pero le empezó a ir muchísimo mejor, lo cual parecía paradójico en tiempos de pandemia, cuando no había eventos multitudinarios que demandaran una torta.
“Lo que cambió en realidad fue el tamaño de las tortas. Las familias no podían festejar en un salón con muchos invitados, pero justamente por eso invertían más en la torta. ‘No le puedo hacer un cumpleaños como me gustaría a mi hijo, pero por lo menos que tenga una linda torta’, me decía la gente”, señala. Eran más pequeñas, pero muy elaboradas y desafiantes.
¿Y qué ocurrió al salir de la pandemia? “Ahí descubrí que la gente quiere festejar lo que sea. Por ejemplo, hice la torta del primer año de un bulldog francés. La dueña me dijo: ‘Hace mucho que te sigo y quiero que me hagas una torta y como mi perro cumple años aprovecho porque si espero mi cumpleaños no te la pido más’”, cuenta.

También volvió el trabajo como arquitecta, pero con la salvedad de que ahora se invirtió la proporción: las tortas pasaron a ser el Plan A y ocupar la mayor parte de su tiempo y la arquitectura el Plan B. Le gusta más así porque se siente más libre para manejar sus tiempos y goza de más paz mental y menos estrés.
“Lo que encontré con Amalú es que no siento que estoy trabajando, sino que estoy creando y haciendo algo que me gusta mucho”, dice al tiempo que admite que le cuesta mucho dejar la arquitectura porque es algo a lo que se dedicó su vida.

Cocina en su casa y se ocupa de las redes sociales. Todo lo hace sola. Dice que lo que le está faltando en este momento de su vida es tiempo porque además tiene un montón de proyectos, entre los que están dar clases, presentarse en ferias y “otras cosas que van más allá de solo hacer la torta”, comenta.
Por eso es que quizás el año que viene, luego de dos merecidas semanas de vacaciones que su marido la obligó a tomarse, comience a delegar tareas. Eso sí, las tortas las seguirá haciendo ella porque no piensa renunciar a la satisfacción que le provoca confeccionar algo que alegra tanto al homenajeado al punto que la mayoría le envía mensajes de agradecimiento y vuelve. “Se genera algo que va mucho más allá del negocio y que está buenísimo, me da mucha satisfacción”, confiesa.

Los gritos por el sushi y un avión que no querían partir
Lo que más le piden son cumpleaños infantiles, pero también hace bodas, cumpleaños de 15 y de adultos y eventos especiales. Cada vez le solicitan más tortas 3D, que es un nicho que está faltando cubrir en Uruguay. Y los pedidos pueden ser muy insólitos. Acá van algunos contados por Paola:
Torta sushi: “La madre me contactó para el cumpleaños de 20 de su hija. Me pidió una torta de sushi y me repitió varias veces que el sushi tenía que estar parado. Cuando se la entregué le pedí que me filmara el momento en que la cortaran. Esa noche me mandaron el video y los gritos y comentarios de fondo eran geniales. Lo publiqué en Instagram con el audio porque era lo mejor del video”.
Avión Hércules: “Un piloto de la Fuerza Aérea se jubilaba y lo quisieron sorprender con una torta con la forma de un Hércules. Me mandaron un montón de fotos. Me dio mucho trabajo porque quería que quedara exactamente igual: las proporciones, los detalles, la banderita... así que bajé todos los planos de Internet. La hija me contó que el señor primero se reemocionó y después no quería cortar la torta. No quería que se acercaran a ella, ¡se la quería llevar para la casa!”.
En Instagram hay más ejemplos.

Los clientes llegan con ideas pero le dan libertad
Paola cuenta que tiene varios perfiles de clientas (mayoría mujeres, aunque últimamente la están contactando muchos hombres).
Están las que le piden tortas para todos los miembros de la familia y solo le dicen el tema; que sea Paola la que decida el resto.
Otras encuentran una idea en Internet o en las redes, le mandan foto y la dejan hacer. Ella aclara que no será igual, pero porque no quiere, le gusta sorprenderse a sí misma y al homenajeado. “Me esfuerzo para que sea mejor que lo que me mandaron y que sea una torta que sienta que hice yo”, dice y aclara que tampoco quiere encasillarse en un estilo.

