En la comedia Letras robadas, que acaba de llegar a cines, una hija adolescente le critica una canción al padre, que se dedica a componer, con el argumento de que las mujeres ya no son un objeto ni están más solas. Las chicas, le dice, ni siquiera quieren enamorarse (su máxima: quieren venganza). La línea pone de manifiesto un cambio en la narrativa generacional. Una transformación que, desde otro lugar, explica el gran fenómeno del streaming de 2026: Off Campus. Un signo de los tiempos.
Durante años, el romance heterosexual en Hollywood orbitó alrededor de la dificultad: cuanto más complicado era el varón, más seductora parecía la fantasía de conquistarlo. Chicos malos, mujeriegos perdidos, varones emocionalmente inaccesibles, seductores arrogantes, incluso misóginos, los intereses amorosos de las rom-coms estuvieron —a grandes rasgos— cortados por la misma tijera. Las protagonistas tenían que ser pacientes, sufrir hasta el hartazgo para finalmente contemplar la redención. Creer, a toda costa, en el final feliz, aunque implicara doler en el camino.
Pero la idea del amor romántico se ha redefinido y ha roto con la fantasía de la princesa que espera —dormida, pasiva, sin voz ni voto— el beso que la salve de todos sus males. La ficción lo ha empezado a reflejar, con cierto retraso, y Off Campus es, quizás, una de sus primeras muestras globales.
Estrenada el 13 de mayo en Prime Video, se consolidó como una de las series más vistas y comentadas del año, impulsando la carrera de su joven elenco y proyectándose como un fenómeno a largo plazo con segunda temporada confirmada. Es la adaptación audiovisual de la saga de libros Kiss Me, de Elle Kennedy, que ya había encontrado una comunidad fiel en TikTok .
Allí, en un submundo de la red social llamado BookTok en el que esencialmente lectoras jóvenes comentan y comparten sobre la literatura que las mueve, la historia de amor de Garrett Graham y Hannah Wells había encontrado su comunidad. Prime Video solo la masificó: según sus datos oficiales, Off Campus es el tercer estreno de serie más visto en la historia de la plataforma, con 36 millones de espectadores acumulados solo en sus primeros 12 días (el podio lo completan El señor de los anillos: los anillos del poder y Fallout). ¿Pero por qué?
La fórmula es convencional: una estudiante de música y el capitán del equipo de hockey hacen un acuerdo de falso noviazgo para sacar beneficios personales. Ella: encontrar la forma de acercarse al chico que le gusta. Él: salvar una materia para no necesitar de los privilegios de su apellido en sus avances universitarios.
El puzzle se arma a base de cuerpos esculturales, tensión sexual, juventud, varios conflictos ocurriendo en simultáneo y una banda sonora de la que vale la pena tomar notas.
Lo único que cambia es la distribución de las piezas.
Aquí no se rompe el código tradicional del galán musculoso, deportista y popular: se muestra que ese mismo modelo puede reconocer sus problemas emocionales, ser vulnerable, saber escuchar.
La transformación del “macho alfa” universitario aplica no solo al personaje de Graham, hecho a la medida del actor Belmont Camelli y una sonrisa que lo ha convertido en el nuevo novio de Hollywood (madres e hijas, en las redes todas están obsesionadas con él), sino a toda su pandilla del hockey.
Ese desplazamiento del concepto tradicional de masculinidad se sintetiza en la escena en la que Garrett busca consejo de su amigo, el todavía más seductor Dean (Stephen Kalyn), para tener intimidad con Hannah (Ella Bright) en un contexto cuidado, y Dean le explica que la confianza es la clave. Que su misión es hacerla sentir segura, y que no hay nada más sexy que una chica que siente que puede confiar en él.
El vínculo entre Garrett y Hannah está construido desde la responsabilidad afectiva, una idea que hasta hace poco rara vez aparecía en el centro de una comedia romántica mainstream. Los códigos, el respeto de los límites, la escucha, todo se aborda de una forma que, durante décadas, la ficción relegó a un segundo plano, y que quiere echar por tierra la era de la romantización de las relaciones tóxicas, los celos, la manipulación.
Ese planteo no equivale al diseño de personajes lavados, pulcros. En Garrett, por ejemplo, la violencia intrafamiliar habita en él como una amenaza latente, como un monstruo que devora por dentro. Los mandatos son un conflicto interno. Incluso, en algún punto, la posibilidad del amor. Él, como Dean —que será el protagonista de la nueva temporada junto con Allie (Mika Abdalla) — no está hecho para enamorarse. Y sin embargo.
La mirada sobre la vulnerabilidad también está aplicada a otro de los temas más sensibles de la serie, una situación de abuso sexual que renueva la perspectiva al mostrar a un personaje que no está dispuesto a permitir que lo sucedido defina quién es. Reconoce su herida, trabaja para sanarla, sigue adelante procurando que nadie, nunca más, le robe el derecho al disfrute y al placer.
Sin necesidad de reinventar el género, proponer narrativas alocadas o sorprender a nivel fotográfico, la sensación de la temporada es lo que es por no tener vergüenza de sí misma —una comedia romántica juvenil heterosexual y absolutamente cliché— y por recordarnos que las fantasías románticas no desaparecen: cambian de forma. Ya no se trata de arreglar al hombre roto. Otras historias —y otros amores— también pueden ser posibles.
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