"The Bear" se despide volviendo a lo esencial: una temporada final que recupera el espíritu de sus mejores años

La ficción creada por Christopher Storer reduce el foco, apuesta por la simplicidad y construye un desenlace intenso que vuelve a poner el trabajo en equipo y los vínculos en primer plano.

Imagen de la serie "El Oso".
Imagen de la serie "The Bear".
Foto: Difusión.

James Poniewozik, The New York Times

"Esta organización ha elegido la estabilización”, dice Richie (Ebon Moss-Bachrach) en el estreno de la temporada final de The Bear, mientras el restaurante que da título a la serie se prepara para una jornada de servicio decisiva. “Y creo que nosotros tenemos que elegir la maximización”.

En lo que respecta a la serie The Bear, la maximización ha sido precisamente el problema en los últimos tiempos. Tras una primera temporada reveladora y una segunda gloriosa, la serie se sobrecargó de desvíos, florituras y digresiones, estirando historias demasiado delgadas hasta el punto de ruptura.

(Por las duda conviene avisar que este artículo comenta acontecimientos de la quinta temporada de The Bear, disponible ahora en Disney+, así que si no la vio y lo quiere hacer pueden venir spoilers).

La temporada final opta por la minimización. Así como el restaurante, desabastecido en medio de una tormenta épica en Chicago, debe hacer más con menos ingredientes, la serie también se somete a una especie de dieta narrativa.

Se edita a sí misma. Reduce su foco. La acción transcurre —en su mayor parte— a lo largo de un único día. No hay extensos flashbacks. No hay subtramas románticas cuestionables. Incluso desaparecieron los montajes musicales con clásicos del rock para padres, reemplazados por una banda sonora más directa o, simplemente, por el silencio. Hay un escenario, una jornada laboral, un objetivo; todo y todos avanzan hacia un mismo punto.

Y, en líneas generales, da en el blanco.

Volvemos a la mañana siguiente del sorpresivo anuncio de Carmy Berzatto (Jeremy Allen White), de que va dejar de ser el chef principal del restaurante y ceder la cocina a Sydney (Ayo Edebiri).

La temporada comienza con el retumbar de los truenos. El pronóstico anuncia una auténtica falacia patética: una implacable línea de nubes avanza sobre el área de Chicago para aportar una tormenta literal al habitual sturm und drang de una cocina permanentemente asediada.

The Bear tiene una última oportunidad para salvarse del fracaso, y debe hacerlo en las peores condiciones posibles. Llueve a cántaros, las entregas se cancelan, las tuberías revientan y el sistema de reservas ha aceptado más clientes de los que puede atender, muchos de los cuales quizá ni siquiera aparezcan. Ah, y todo indica que el esperado inspector de la guía Michelin probablemente visite el restaurante esa misma noche. El equipo deberá hacer más que nunca, con menos recursos.

The Bear siempre ha sido su propia mejor metáfora: los triunfos culinarios y los excesos de la cocina reflejan el recorrido creativo de la propia serie. Y eso también ocurre al final. Los guiones han mencionado a menudo el principio culinario de “restar” pero la serie, creada por Christopher Storer, no siempre lo siguió, especialmente durante la tercera y la cuarta temporadas. Esta vez, el enfoque de Storer impone una vuelta a lo esencial mediante la compresión narrativa, del mismo modo que la rotura de una cañería arruina los uniformes de gala y obliga al personal a vestir nuevamente las camisetas con el lema “Original Berf of Chicagoland”, recuperando —error ortográfico incluido— los orígenes de The Beef como un local familiar de sándwiches.

Salvo el penúltimo episodio y el final, los capítulos duran alrededor de media hora o incluso bastante menos. El frenético servicio en medio del diluvio —y de las maniobras paralelas de los dueños del restaurante para mantenerlo, ejem, a flote— recuerda el dinamismo a toda velocidad y sin frenos de episodios de la primera temporada como “Review”.

Durante siete episodios, la historia transcurre prácticamente en tiempo real. A lo largo de su recorrido, The Bear ha sido comparable a una película bélica, una historia deportiva sobre un equipo desfavorecido y una película independiente de autor. Para su último servicio, The Bear se convierte en The Pitt.

Este enfoque despojado y sin tiempo que perder consigue, ante todo, que Sydney pase a ser, si no la protagonista de la serie, al menos el personaje central del elenco coral. Cuando dejamos atrás la cuarta temporada, dudaba de que la serie realmente fuera a alejarse del melodrama personal, muchas veces excesivo, de Carmy simplemente porque él hubiera dicho que cedía el mando.

Pero lo hace. Como apenas hay tiempo para mirar hacia atrás, la temporada dedica poco espacio a recrearse en sus traumas familiares o en sus recuerdos de las cocinas tóxicas donde trabajó. Cuando esos conflictos aparecen, no lo hacen mediante flashbacks, sino a través de la acción, especialmente en el séptimo episodio, cuando deja caer un plato que cree destinado al inspector Michelin y todas sus pesadillas de fracasar en el momento decisivo de su carrera parecen hacerse realidad.

La compresión narrativa de la temporada final también tiene sus desventajas. En cierto sentido, convierte a The Bear en otra serie, sin espacio para el desarrollo pausado de los personajes. Como en The Pitt, debemos aceptar una cantidad desmesurada de catástrofes concentradas en un solo día.

La pregunta que uno se hace es ¿cómo hizo Christopher Storer para que una serie sobre un restaurante fuera tan emocionante?

Ayo-Edebiri2.jpg
Ayo Edebiri es Sidney en "The Bear".

Y al final, The Bear parece reconocer aquello que siempre hizo mejor. Richie nunca fue el joven genio atormentado de la serie ni el talento prometedor que termina encontrando su lugar. Pero, deliberadamente o por accidente, terminó convirtiéndose en su corazón.

¿A quién no le gusta ver a un fracasado redimirse? Richie comenzó la serie como un buscavidas explosivo, aferrado a sus costumbres y sin ningún futuro por delante. Gracias al trabajo y a la disciplina descubrió que tenía valor y que podía aportar algo; su frase “Ahora uso traje” decía mucho más que un monólogo de diez minutos. Supiera o no hervir agua, Richie convirtió el restaurante en lo que terminó siendo, aportando cercanía humana y comprendiendo que los clientes quieren sentirse sorprendidos, encantados y bienvenidos.

Así, The Bear reserva sus últimos momentos para el muy humano Richie, mientras organiza una última sorpresa en el salón del restaurante: la fiesta de cumpleaños de su hija. Narrativamente, una fiesta resulta conveniente: permite una especie de saludo final para un amplio grupo de personajes y cierra sus distintas historias. Pero, por encima de todo, representa la máxima expresión de por qué las personas se reúnen alrededor de la comida, algo que, al final, tiene mucho menos que ver con ingredientes exóticos o ilusiones culinarias que con el placer de compartir la compañía de otros.

Durante cinco temporadas, The Bear deslumbró y frustró a partes iguales con sabores disonantes y menús ambiciosos. Termina, como debería hacerlo una buena comida, con un pequeño toque dulce.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar