Como si se tratara de consumir golosinas y acrecentar el azúcar en sangre para solo querer más y más, algunas series son entretenimiento a la medida de la era de la hipérbole. Otras se entregan en capítulos semanales, un tejido de capas dramáticas que hay que seguir punto a punto, trazo por trazo. Algunas están milimétricamente construidas para mantener al espectador al borde del colapso. Otras arman su efectividad a puro lugar común. En el medio, cada tanto, aflora alguna rareza. Ahí está DTF St. Louis.
Estrenada el 1° de marzo en HBO Max y de apenas siete episodios, es una de las series de mayor calibre actoral de este año y, sin embargo, ha tenido un perfil notoriamente bajo en la región, muy lejos de la visibilidad que dan fenómenos y virales.
Tiene sentido: es una historia amarga. Y nadie quiere someterse a tanta amargura.
Protagonizada por Jason Bateman, Linda Cardellini y David Harbour, es —a priori— la construcción de un triángulo amoroso que sale mal. Y sin embargo es: una suerte de ensayo sobre la crisis de mediana edad, una comedia negra sobre la soledad, una mirada sobre la vida en los suburbios, una crítica a los mecanismos de los vínculos modernos. Un thriller, un drama, un pastiche. Para algunos, también, un espejo.
El punto de partida es un policial. Dos detectives —impecables Richard Jenkins y Joy Sunday— investigan la muerte de Floyd Smernitch (Harbour), un intérprete de lengua de señas hallado sin vida en las instalaciones de unas piscinas abandonadas. La escena sugiere un crimen y todas las pistas conducen a su círculo más íntimo: su mejor amigo, Clark Forrest (Bateman), meteorólogo de televisión, y su esposa, Carol Love (Cardellini), madre de un adolescente con trastorno límite de personalidad. Ambos mantenían un romance a sus espaldas. Como si fuera poco, Floyd acababa de hacerse de un seguro de vida millonario.
Pero lo que aparenta ser una investigación lineal en un suburbio donde todo parece funcionar se convierte en un intrincado laberinto que exprime al máximo la complejidad del ser humano. Nunca se sabe lo que ocurre dentro de la casa del vecino. O, como se repite aquí: “Nadie es normal. Solo se ve así desde la vereda de enfrente”.
Esa es la tesis de DTF St. Louis.
La miniserie —cuyo nombre refiere a una app de citas ficticia con la que personas casadas pueden pactar encuentros sexuales extramatrimoniales— fue creada, escrita y dirigida por Steve Conrad. Guionista de películas como El hombre del clima (un rol al que aquí vuelve), la popular En busca de la felicidad o La vida secreta de Walter Mitty, ya había mostrado su tono autoral en Patriot, otra serie que para la crítica resultaba inclasificable.
El proyecto original de DTF se basaba en el caso real de un dentista neoyorquino acusado de matar a un amigo, con cuya pareja estaba teniendo un romance. Tomó un rumbo distinto y aunque el triángulo amoroso se mantiene, la miniserie optó por algunos giros tan inesperados como retorcidos en lo que a las prácticas íntimas de los protagonistas compete. Con ese elemento, la serie se explaya en un asunto poco abordado por la ficción y los grandes del streaming: ¿cómo es la vida sexual en un matrimonio sumido en la rutina, la desidia y la falta de amor propio? ¿Cómo se recupera el deseo cuando apenas se tienen ganas de vivir?
Esa crudeza, presentada de maneras ingeniosas y ásperas, hace que DTF se resista constantemente a ser la serie que uno esperaría ver. Avanza en giros sutiles, vueltas de tuerca que pocas veces son las que uno imaginaba. El contraste constante tiene su mayor indicio en la estridencia luminosa de "Let The Sunshine In", el tema de The 5th Dimension que opera como cortina musical. Su espíritu tira para un lado y la obra de Conrad, para otro.
Más que a la seducción, la miniserie apela al morbo: una vez que se supera la desesperación inicial por saber quién mató al pobre Floyd, el espectador se queda atento y cautivo porque si el juego de la ficción lo habilita, hay algo fascinante en regodearse en las miserias ajenas. Y aquí siempre hay más que descubrir.
DTF St. Louis exige un público dispuesto a convivir con la incomodidad. Lejos de perseguir la gratificación instantánea o el golpe de efecto, su mejor camino es el desconcierto. No hay una pretensión de generar empatía en la construcción de sus tres protagonistas, no hay erotismo alrededor de los encuentros sexuales, no hay soluciones para ninguno de los problemas que se plantean sino, más bien, una cadena de decisiones condenada al fracaso.
Si esa permanente zona gris funciona es, en parte, por mérito de Conrad, y en gran parte por la solidez de las actuaciones. Lejos del padre hosco de Stranger Things que le dio una popularidad global, aquí David Harbour encarna a un hombre tan noble que fastidia, con una sonrisa triste y una composición física del fracaso.
Bateman se luce en los detalles, las miradas, los pequeños gestos que dan cuenta de un esfuerzo extremo por permanecer en pie. Y Cardellini trasciende el estereotipo de esposa infiel / amante fatal para dar otra muestra de una calidad que la hace, quizás, una de las intérpretes más subestimadas de su generación.
De cara al inminente anuncio de nominaciones de los premios Emmy, el miércoles 8 de julio, el vaticinio de los medios especializados proyecta una decena de candidaturas para DTF, contemplando reconocimientos para sus tres figuras. Una excusa para reparar en una de las buenas miniseries de la cosecha 2026, que evita el facilismo de la toma de partido y se niega a emitir sentencia, porque al final del día se puede ser, a la vez, víctima y culpable.
Es que por sobre todas las cosas, aún en sus puntos más flojos, DTF St. Louis defiende con uñas y dientes una personalidad inconfundible, que rompe el molde de la televisión actual, no busca complacer a nadie y en ese ejercicio recuerda algo importante: que puede haber belleza también en la incomodidad.
-
"Soy Luna" vuelve a Uruguay por su reencuentro: fecha, lugar, precios y cómo comprar las entradas
Mel Brooks cumplió 100 años: la increíble vida del creador de "El agente F86" y "El joven Frankenstein"
El director de la serie filmada en Uruguay que nunca estrenó Netflix irá a prisión por desviar US$ 11 millones