De héroe a líder tóxico: cómo "The Pitt" dinamitó a su protagonista en una temporada 2 que divide pasiones

El aclamado drama médico "The Pitt" cerró su segunda temporada en HBO Max con un episodio final inesperado y un desarrollo que enfrentó a los fanáticos. ¿Mejor que la primera o una dececpión?

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Noah Wyle en la segunda temporada de "The Pitt".
Foto: Difusión

Durante la segunda temporada de The Pitt, los espectadores se enfrentaron en redes sociales: de un lado, quienes sostenían que los nuevos episodios eran notablemente superiores a los de la primera tanda; del otro, quienes creían que los guionistas habían arruinado un pequeño tesoro. Todos los argumentos podían ser válidos —al final ver una serie siempre es una experiencia atravesada por gustos y contextos—, pero el último capítulo inclinó ligeramente la balanza.

Este jueves se estrenó en HBO Max el cierre de temporada de una de las series más aclamadas de los últimos tiempos. El drama médico que es hijo legítimo o ilegítimo de E.R. Sala de urgencias: alrededor de The Pitt, todo parece tratarse de una cuestión de perspectiva.

Protagonizada y promovida por el actor Noah Wyle, la serie ha estado en la mira legal desde que la viuda de Michael Crichton, el creador de E.R., presentara una demanda asegurando que esta era una precuela no autorizada de la ficción original que en su momento fue un fenómeno global.

A pesar de la controversia, The Pitt logró imponerse casi que como una obligación: es de esos títulos que, si te gustan las series bien hechas, hay que ver. Aunque preferentemente no a la hora del almuerzo.

Su lógica temporal es la misma que la de 24: cada episodio cubre, en tiempo real, una hora de una guardia en un centro de trauma de Pittsburgh que es, a la vez, un hospital de estudiantes. Así, todos los casos, sus posibles tratamientos y sus consecuencias son explicados en detalle mientras los espectadores ven el desgaste emocional de los médicos o, en el mejor de los casos, la entereza con la que ofrecen resistencia.

Al frente está el doctor Robby, el actor Noah Wyle, quien despegó su carrera siendo un jovencito doctor en E.R. y ha alcanzado la cúspide de la mano de The Pitt, que le trajo la aclamación crítica, su premio Emmy y hasta una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. Sin embargo, la mirada sobre su personaje ha dado un giro drástico entre la primera y la segunda temporada.

Mientras que en la primera los espectadores compraron una imagen idealizada de jefe amable, empático y comprometido con la causa y el oficio, en la segunda, el inminente colapso del doctor favorito del público reconfiguró la mirada. De pronto, Robby es un tóxico de manual: todo lo que se sale de su control, todo lo que excede sus particulares formas, todo cuestionamiento y toda oferta de ayuda es recibida con la misma hostilidad.

La serie no solo modifica al personaje, sino la manera en que quiere que lo miremos. Artículos enteros se han encargado de analizar su misoginia. Su forma de cuestionar a la doctora Samira (Supriya Ganesh) cuando tiene un ataque de pánico impulsado por un problema familiar, o su agresividad cuando la enfermera Dana (Katherine LaNasa) intenta salvar el día muestran su peor versión y lo alejan de aquella idea de modelo de líder.

Robby, ahora, es una bomba de tiempo. Y por eso, a veces The Pitt también.

Eso queda en evidencia en un final de temporada con sabor a poco (muy poco) y que recurre a ciertos facilismos para resolver un escenario que se venía construyendo con más ambición. Para cuando termina la guardia, el equipo lleva 15 horas de trabajo ininterrumpido en un 4 de julio propicio para heridas por fuegos artificiales y hasta un apuñalamiento con una bandera. Como si fuera poco, una ola de ciberataques los hace atender pacientes de otro hospital y los obliga a recurrir al sistema analógico, sin todas las ventajas de la era digital. Hay una bebé abandonada y un ingreso de los agentes migratorios (ICE) tensa el clima a más no poder.

En paralelo, Robby vive su último día antes de irse a un período sabático que sus más allegados —Dana y el doctor Abbott— leen más como una caída que como un descanso. El plan es ir en moto hasta un precipicio. No hay demasiado lugar para las metáforas.

En algún momento Robby confesará que trabajar en esa guardia, bajo ese nivel de estrés y en esa sensación de agobio constante es lo único que lo mantiene a salvo. Ese escenario imposible es un refugio para el otro: el mundo real, que puede ser la peor pesadilla.

La temporada 2 de The Pitt transita esa idea de un inminente colapso con más o menos aciertos y un notable manejo de la tensión, que borda de amargura capítulos como el penúltimo, que tiene mayor espíritu de cierre.

Sorprende que el desenlace haya apelado a un nacimiento —la máxima expresión de la vida— para intentar apaciguar la pulsión de muerte, y que haya subrayado tanto las pistas de cara al futuro.

En contrapartida al derrumbe de la imagen de Robby, este ciclo ensalzó al personaje de Dana como la verdadera heroína. La firmeza y la humanidad de su liderazgo son el hilo de oro que cose esta temporada consagratoria para LaNasa, que ofrece una actuación digna de todos los premios, especialmente por lo que hace en el episodio en que debe atender a una víctima de abuso sexual.

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Katherine LaNasa como la enfermera Dana Evans en "The Pitt".

En ese juego de contrastes, The Pitt vuelve a lucirse en su tratamiento de la medicina, uno de sus mayores méritos, en el realismo con el que baña todas las escenas y también en su capacidad para llenar los capítulos de temas actuales —el acceso a la salud en Estados Unidos, la hostilidad de las políticas migratorias, la salud mental, la neurodivergencia y así— y aportar a la conversación.

Con todo eso, la temporada 2 es despareja, con puntos altos, algunos tropiezos y un par de búsquedas que no terminan de entenderse del todo, como un problema que aqueja a la nueva doctora Al-Hashimi (Sepideh Moafi) y que termina convertido en una línea argumental tratada a medias.

Con la fórmula ya establecida, el factor sorpresa empieza a diluirse. Tras este cierre The Pitt queda, entonces, en una encrucijada de cara a su tercera temporada ya confirmada: puede afilar aquello que mejor hace o correrse hacia un terreno más cercano al melodrama médico tradicional. O a lo mejor inventarse otro camino

Por lo pronto, verla de manera fragmentada, un episodio por semana, cambia de manera drástica el efecto que produce una maratón. De alguna forma, si el espectador devora un episodio tras otro acompaña la desesperación de los personajes, se agota y se angustia en paralelo, y condiciona la experiencia que, en definitiva, es la que determina si una serie es nuestra favorita o acaba convirtiéndose en una decepción.

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