En julio del año pasado, The New York Times se preguntó: “¿Por qué estamos condenados a revivir los años 90?”. En agosto fue The Week: “¿Por qué todo el mundo está tan obsesionado con los 90s?”. En octubre, Bloomberg: “Por qué todavía no alcanzamos el pico de nostalgia por los años 90”. Incluso un estudio de la Universidad de Wollongong, en Australia, profundizó sobre el mismo misterio: “¿Por qué somos tan nostálgicos por los 90? Todo lo viejo es nuevo de nuevo: esa es una característica central de la cultura pop”.
Asociada esencialmente a la generación millennial, la constante evocación por un tiempo idílicamente mejor está en todos lados. Los Backstreet Boys han hecho una residencia monumental en Las Vegas y hasta llenaron dos Antel Arena en Uruguay. Sex and the City tuvo su reboot. Incluso The Pitt, hijo directo del legado de E.R., es parte de esta historia. O la vuelta de Oasis y las remeras cool con las que Adidas ha revolucionado el mercado. Y hasta el último auge de la Fórmula 1.
La historia de amor de John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette, una de las parejas más icónicas de la década de 1990, no podía quedar afuera de este loop. Faltaba que Ryan Murphy la pusiera en órbita.
El productor de American Crime Story se ha vuelto un experto en recuperar historias reales del pasado y empacarlas para nuevos públicos. Con más o menos licencias creativas reconstruyó el caso O. J. Simpson, la muerte de Gianni Versace y el escándalo sexual de Bill Clinton y Mónica Lewinsky.
Love Story se integra así a la propia franquicia de “stories” de Murphy: dos antologías de terror, una criminal y otra deportiva. En tiempos de guerra, solo quedaba mirar al amor.
Murphy reconstruye a su manera una de las grandes historias de amor de su tiempo, la del hijo de JFK y Jacqueline Kennedy y la publicista de Calvin Klein que conquistó el corazón del soltero más codiciado del mundo. Un típico cuento de hadas, con la tragedia como destino final.
John y Carolyn se conocieron en 1992, formalizaron su noviazgo en 1994 y se casaron dos años después. Murieron en un accidente aéreo en 1999.
Love Story revive su épica con un encanto que ha resultado irresistible. Estrenada el 12 de febrero en Disney+, llegó a su final este jueves ocupando con holgura el lugar de la segunda serie más vista en la plataforma a nivel mundial, según datos de la medidora Flixpatrol. Al cierre de esta nota solo la superaba Daredevil: Born Again. Hablando de nostalgia.
La serie ha vuelto a colocar a John y a Carolyn en los titulares, ya sea por la controversia que generó en el clan Kennedy, por cómo escandalizó a la actriz Daryl Hannah —la novia de John cuando conoció a su futura esposa y a quien la ficción retrata de forma fastidiosa— o por el revival de curiosidades como el icónico vestido de novia que usó la publicista y que nadie, salvo su familia, sabe dónde está.
Pero sobre todo, se ha convertido en uno de los fenómenos de público de un año televisivo que recién empieza.
A nadie le importó conocer el final de la historia para subirse a esta fiebre. Un golpe directo al spoiler, o un reflejo de cómo nos gusta espiar vidas ajenas, aunque se pretenda mostrar lo contrario.
Sin embargo, esta no es otra-vida-ajena-más. Es la de una pareja atípica que vivió asediada por la prensa y de alguna improbable forma, muy en privado. Carolyn aparece como un alma libre —“una fuerza de la naturaleza”, la define su madre en la cena previa a la boda— que trabaja en moda, es hipercelosa de su intimidad y es la única mujer en el mundo que logra la atención completa del golden boy americano: estudiante de abogacía con porte de galán de Hollywood, el heredero de un presidente asesinado y el muchacho más expuesto del mundo.
Un cruce poco convencional, con la misión de comprobar que el amor puede más.
El contrapunto de la familia Kennedy, primero con Jackie (Naomi Watts en desafiante papel) y después con Ethel (impecable Jessica Harper) —unas suegras con las que nadie se quiere sentar a comer—, la omnipresencia de los paparazzi y la construcción de una relación en la que ambas partes deben ceder es un trabajo que el guionista Connor Hines construye basándose principalmente en Once Upon a Time, el best-seller con el que Elizabeth Beller realizó un retrato de Bessette.
Pero a lo mejor sin todo eso, una serie romántica con la misma pareja protagónica hubiese funcionado igual. El casting de centrales y secundarios es un acierto rotundo.
La actriz Sarah Pidgeon es hipnótica en la piel de Carolyn. El manejo de su pelo, su mirada y su gestualidad, la forma en la que se apoya sobre las superficies como si de eso dependiera no salir flotando, una suerte de languidez extensiva a todo lo que hace generan una extraña fascinación. Su química con Paul Anthony Kelly, cuyo parecido con JFK Jr. tiene a todos cautivados, es notable.
La tensión sexual, el amor irrefrenable y la complejidad emocional de intentar encajar dos mundos incompatibles se les nota a cada instante.
Capítulo aparte para la banda sonora, un festín para bailar con desenfreno en el cuarto. Por ahí están Sade, Björk, Primal Scream, el “Common People” de Pulp y “Nice Dream” de Radiohead, una inesperada elección para el primer baile de casados de Mr. y Mrs. Kennedy. El soundtrack más triste para una felicidad tan breve.
La música contribuye a una reconstrucción de época muy detallista, que le permite al público sumergirse en la Nueva York de los 90 y volver a enloquecer con los atuendos minimalistas de Carolyn, todo un ícono de moda con sus poleras negras, sus vestidos negros, sus capas y capas de abrigo fuera de estación. Hay secuencias enteras recreadas de forma milimétrica, incluyendo una larguísima pelea callejera que pasa de los gritos a las agresiones y termina entre besos, lágrimas y el registro de algún hábil paparazzi.
Todo compone a una de las series del año, no tanto por el mérito artístico sino por la convocatoria de público -más de 52 millones de horas de visualización acumuladas en sus primeros ocho episodios; son nueve en total-, su efectividad y la experiencia que provee.
Entretenida y sexy, pero bañada en la amargura de saber que todo —hasta los mejores cuentos de hadas— se termina, Love Story abre una nueva era dentro del universo de Ryan Murphy, actualiza la leyenda de una pareja y vuelve a dejar flotando la misma pregunta obsesiva: ¿qué tuvieron los años 90 para que cualquier excusa siga siendo buena para volver?
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