En 2020, en diálogo con El País, Ruben Rada habló de la muerte sin miedo. “Si uno comió, cantó, besó, fue a ver a Peñarol, hizo el amor, escuchó a Los Beatles e hizo tantas cosas lindas en la vida, entonces la muerte no tiene por qué ser tan trágica", decía al explicar el sentido de “Muriendo de plena”, uno de sus mayores clásicos. Esa forma de mirar el final de la vida, contaba, la había aprendido durante los años que vivió en México. Para Rada, la muerte era otra manera de celebrar la vida.
Y es difícil encontrar a un artista uruguayo con una vida tan extraordinaria.
Durante más de seis décadas, Ruben Rada, quien falleció este miércoles a los 83 años, transformó la música popular del Río de la Plata como pocos. Cantó, compuso, actuó, hizo reír, mezcló géneros que parecían incompatibles y convirtió el candombe en un idioma capaz de dialogar con el jazz, el rock, el funk, el samba, la murga y el pop sin perder jamás su identidad. Integró El Kinto, Tótem y Opa, tres bandas fundamentales para entender la música uruguaya; grabó decenas de discos como solista, colaboró con artistas de todo el continente y construyó una obra que todavía escapa a cualquier etiqueta.
Su trayectoria es tan inabarcable que, puede decirse, cada generación tiene a su propio Rada.
Para algunos fue el hombre detrás de clásicos como “Cha-cha muchacha”, “Mi país” o “Muriendo de plena”. Para otros, el actor, el humorista, el creador de personajes inolvidables como Richie Silver o la voz de Rada para Niños. Para los músicos fue un maestro. Andrés Calamaro contó a El País que verlo entrar a un estudio de Buenos Aires, en los años setenta, fue "como ver aparecer a Jesús". Daniela Mercury aseguró que conocerlo fue descubrir "el corazón y el alma del pueblo uruguayo". Hugo Fattoruso lo definió como un genio. Martín Buscaglia lo comparó con Johann Sebastian Bach. Urbano Moraes fue todavía más lejos: "Los presidentes pasan, pero Rada va a quedar en la historia de la música como un artista del que no hay otro".
Y, sin embargo, la música nunca había sido su plan.
Nacido en 1943 y criado en la esquina de Tacuarembó e Isla de Flores, soñaba con ser futbolista. Pero una tuberculosis durante la infancia cambió ese destino. En una familia que llegó a vivir con siete personas en una sola habitación, cantar también fue una forma de sobrevivir. Iba al club Aldea, interpretaba canciones de Los Plateros a capela y, a cambio, volvía a su casa con comida para compartir.
Ya de adolescente, Cacho de la Cruz lo descubrió haciendo imitaciones y cantando en un club de bochas. Lo invitó a integrar Los Hot Blowers bajo el seudónimo de Richie Silver y, casi sin proponérselo, Rada empezó a escribir una de las trayectorias más extraordinarias de la música uruguaya.
Nunca construyó una imagen solemne de sí mismo. Tampoco creyó demasiado en las etiquetas. Era, como llegó a cantar, un alegre caballero que confiaba en el instinto. "La música es un juego y me encanta. Por eso me costó tanto llegar", decía el año pasado. "La gente se pregunta: '¿Qué es Rada? ¿Es candombero? ¿Blusero? ¿Hace dixieland?'. He cantado tango, bolero, rock... Rada es nada: es un músico que ama la música y compone canciones para el pueblo".
"La música fue mi salvación", resumía a El País. "Gracias a ella soy lo que soy, tengo los hijos y la mujer que tengo. Gracias a la música como lo que como y coseché los amigos que coseché. La música para mí es todo".
Nunca sintió la necesidad de elegir un solo camino. Podía grabar un disco como Magic Time, junto a Opa, y al siguiente escribir una canción que terminara cantando medio país. Discos como Adar Nebur y La yapla mata, grabados durante su etapa en Argentina, terminaron de confirmar una capacidad poco frecuente: moverse con la misma naturalidad entre el jazz, el candombe y la canción popular sin dejar nunca de sonar a sí mismo.
Quizás la mejor definición de quién fue Ruben Rada llegó en una de las noches más simbólicas de su vida.
En julio de 2023 agotó cuatro funciones en el Auditorio Nacional del Sodre para celebrar sus 80 años. En el escenario estaban sus hijos Lucila, Julieta y Matías; en la platea, amigos, colegas y figuras de todos los ámbitos; en la pantalla gigante aparecían saludos de artistas como Fito Páez, Andrés Calamaro, Hugo Fattoruso y Carlos Vives. En medio de esa celebración, León Gieco —uno de los invitados— tomó el micrófono y resumió la escena en una frase que todavía conserva la fuerza de aquella noche. “Hoy un periodista me preguntó qué es el éxito. El éxito es esto”, dijo mientras señalaba la escena.
Era difícil llevarle la contraria.
Durante dos horas, Rada repasó una obra que atravesó más de medio siglo de música uruguaya. Saludó a Cacho de la Cruz, el hombre que le había abierto la primera puerta en Los Hot Blowers; volvió a encontrarse con viejos compañeros de ruta; bailó candombe, hizo chistes, recibió una ovación detrás de otra y terminó cantando "Muriendo de plena" con un teatro entero de pie.
Cuando terminaron los homenajes apenas encontró palabras. "Qué difícil", dijo con la voz quebrada. Después habló de su madre, recordó todo lo que había hecho para criarlo y miró a sus hijos. “Uno nunca se da cuenta de lo que hace, ¿no?”, dijo. Aquella noche cabía una vida entera.
Pero Rada nunca fue un hombre demasiado interesado en la nostalgia.
En los últimos años habló del paso del tiempo. Grababa un disco y ya estaba pensando en el siguiente. En 2022, en diálogo con El País, confesó: "Cuando cumplí 70 me arrancó la locura de que me voy a morir y de que no me da el tiempo para hacer todo lo que quiero. Necesito sacar un disco cada cinco meses".
Y entonces reveló un deseo que hoy adquiere otro peso. Contó que hace años tenía dos discos para publicar de forma póstuma —Rada's Factory, grabado en Estados Unidos, y Lujuma Band, registrado junto a sus hijos Lucila, Julieta y Matías— y confesó que le gustaba imaginar que, muchos años después de su muerte, alguien encontrara una canción inédita grabada junto a Hugo Fattoruso en Noruega o un álbum que nunca hubiera visto la luz. "Yo quiero dejar un montón de música y que esté siempre ahí, en la vuelta, para que la escuche el que quiera", contó.
Tal vez por eso siguió empezando cosas hasta el final.
Preparaba un disco junto a Los Auténticos Decadentes, acababa de anunciar dos conciertos con Chico César en Buenos Aires y planeaba homenajear a Tótem con dos funciones en el Auditorio Nacional del Sodre. Apenas unas semanas antes había estrenado ¿Quién va a cantar?, un proyecto que resumía buena parte de su manera de entender la música: reunirse con otros artistas, apropiarse de canciones ajenas y celebrar el encuentro por encima de cualquier protagonismo.
Su última aparición pública fue el último fin de semana de julio. Asistió a un festival al aire libre para ver a la cantante argentina Abril Olivera y se quedó escuchando a su hijo Matías interpretar "Días de esos", de Tótem. Y ahí estaba Rada sonriendo, atento, disfrutando de la música de los demás con el mismo entusiasmo con el que siempre celebró la propia.
Durante años dijo que quería seguir apareciendo incluso cuando ya no estuviera. Por eso imaginaba discos inéditos, canciones perdidas y grabaciones que sus hijos pudieran descubrir y publicar mucho tiempo después. No era una ocurrencia.
Quizás por eso la muerte nunca ocupó un lugar demasiado importante en sus conversaciones. Prefería hablar del próximo disco, del siguiente concierto o de la próxima canción. Y cuando finalmente hablaba del final, volvía a la misma idea que había compartido con El País en 2020: si uno había tenido la suerte de cantar, de enamorarse, de ir a ver a Peñarol, de escuchar a Los Beatles y de vivir una vida plena, entonces la muerte tampoco tenía por qué ser una tragedia.
Ruben Rada vivió exactamente de esa manera.
Y también cumplió la otra promesa que se había hecho: dejar música para seguir apareciendo cuando ya no estuviera. Porque cada vez que alguien vuelva a escuchar "Dedos", "Mi país", "Blumana" o "Muriendo de plena", cada vez que aparezca una grabación inédita o que una nueva generación descubra alguna de sus canciones, Ruben Rada hará exactamente lo que quiso hacer durante toda su vida.
Seguir cantando.