A diferencia de su última visita y de varios de sus shows anteriores, en esta vuelta a Montevideo, Ricardo Montaner casi prescindió de la palabra. Eligió con exactitud los momentos de diálogo, breves, intensos; por lo demás, las dos horas de su concierto en Uruguay fueron de canciones, su mejor lenguaje. Ese que hace 40 años lo tiene como uno de los grandes cantantes melódicos de América Latina.
Este jueves, Montaner llegó al Antel Arena para presentar El último regreso, la gira que marca su retorno al vivo luego de unos cuatro años de ausencia o, como él dijo anoche, de un "retiro voluntario". No ha dado más explicaciones respecto a por qué decidió tomar la pausa más inusual de toda su trayectoria. Lo que reconoció frente al público uruguayo fue que, durante todo ese tiempo, hubo algo que faltó, un espacio vacío que no se pudo llenar con nada, y que solo completa lo que pasa en los recitales.
Animal de escenario, esta vuelta a Montevideo lo mostró encendido y, a sus 68 años, en una de sus mejores versiones. Cantante de una potencia, afinación y expresividad notables, recorrió su repertorio como si el tiempo no hubiera pasado o, más bien, como si el tiempo lo hubiera fortalecido. Como si tantos años en la carretera le hubieran ayudado a sentir, con todo el peso, cada una de las palabras, a dominar con oficio cada una de sus virtudes.
Eso se notó desde que irrumpió en escena, pasadas ya las 21.30, para liderar a una banda de 12 músicos que incluyó la presencia de la bajista uruguaya Patricia Ligia más violín, batería, percusión, sección de vientos, dos coristas, guitarrista, tecladista y pianista, todos desplegados en un fino diseño de escenario basado en paneles verticales, visuales inmersivos y, como elemento destacado, una pantalla en el techo.
Sin respiro y sin mediar palabra, elegante en un traje de negro pleno, Montaner hiló media hora de canciones infalibles. Abrió con "Yo que te amé", una de las mejores piezas de desamor de su repertorio, y encadenó "Será", "A dónde va el amor", "Castillo azul", "El poder de tu amor" —en una insuperable versión con mínimas y acertadas variantes en la melodía vocal— y "La cima del cielo" para dejar al público justo donde lo iba a tener por el resto de la noche: en la palma de su mano.
Recién allí, después de una extendida ovación, blanqueó algo que se le había podido notar en la mirada: una emoción que, dijo, tuvo cruzada en el pecho desde justo antes de salir al escenario. Rompió en llanto mientras decía: "Me tardé un poco (en volver), pero créanme que la recompensa es impresionante. Mi recompensa es impresionante. Yo espero y le pido a Dios que cuando se vayan esta noche a su casa sientan que su recompensa también lo fue".
Entonces se despachó con "El último regreso", la más nueva de las canciones de su repertorio, un poco antes de embarcarse en el segmento más sabroso de la velada: un enganchado de 15 minutos seguido de otro ligeramente más corto que le permitió abarcar más de 10 canciones que a menudo quedan afuera de sus conciertos y que fueron, a juzgar por los gritos desaforados que iban surgiendo apenas se reconocían los acordes de temas como "Ojos negros", "Quisiera" o "Necesito de ti", un regalo a la medida de sus fans. Las más antiguas sonaron con los arreglos que hizo para las regrabaciones de sus primeros discos, decisiones que las revitalizaron sin afectar su encanto original.
Partido por los hits bailables "Soy feliz", "Cachita" y "Vamos pa' la conga", el show tuvo un cambio de aire (y de look) para luego volver a sumergirse en melodías que fueron conduciendo la noche hasta "Déjame llorar" y "Tan enamorados", el inevitable remate. La emoción de Montaner volvió a aflorar en el cierre, hecha una con la de su público, también protagonista de un show pop impecable.
Montaner: "Uruguay es un país de milagros"
Este jueves, Montaner se reservó tres momentos para hablar. El primero estuvo asociado a su regreso. El segundo, en clave de comedia, a los enganchados que decidió incorporar en esta gira. Y el último, el más especial, fue para recordar la experiencia religiosa que vivió en Uruguay, le cambió la vida y ha generado alguna de sus canciones más emblemáticas como, por ejemplo, "La gloria de Dios", que hizo en el Antel.
"Uruguay es un país de milagros", dijo entonces, y se explayó.
A continuación, el relato de Montaner en primera persona, tal como lo contó en el concierto:
"La gente dice que este país es chiquito, pero en realidad es gigante, es inmenso, es infinito. Este es un país de milagros, yo lo digo por conocimiento de causa. No voy a hacer una historia larga, pero hace muchos años, hace aproximadamente 32 años, más o menos la edad de mi hijo Mau, tuve un encuentro en este país, en un cuartito chiquito, casi oscuro, en un quinto piso de un hospital público, llamado Pereira Rossell.
Ahí me encontré con una verdad que me ha acompañado durante toda mi vida. No quiero ser repetitivo, alguna vez he contado esta historia, pero la voy a resumir en breves palabras, para que entiendan por qué yo digo que este es un país de milagros.
Esa tarde llegaba yo a Uruguay directo a probar sonido, y decidí pedirle a la gente que manejaba el auto que desviaran y me llevaran al hospital público que estuviera más cerca. Y paramos ahí frente al Pereira Rossell, un día que había huelga, o había paro, no sé qué había, pero no existían ascensores ni nada, y yo quería ir a terapia intensiva. Y ahí en la terapia intensiva, una vez que subí, me encontré a unos papás, hoy son 30 años más grandes —en aquella época, él creo que tenía 20 o 21, y ella como 19—, y entré a ese cuarto y estaba un niñito chiquitito. Y a través de ese niñito, yo pedí al Señor que hiciera un milagro en él.
Me fui a al estadio, al Centenario, cantaba yo esa noche. Y me fui con el corazón arrugado. Antes de empezar a cantar llamé por teléfono a mi esposa, que estaba en Caracas, y le dije que había vivido un momento muy fuerte. Que mi corazón estaba tocado y que yo sentía que tenía una necesidad que no había experimentado antes, y que necesitaba que, al llegar a Caracas, me ayudara a entregar mi corazón a Jesucristo. Lloramos un rato, me fui al Estadio y pedí por ese niño delante de no sé cuántas miles de personas había esa noche. Pedí por él y le aseguré a toda la gente que estaba ahí que Dios, mientras yo estaba cantando, estaba haciendo el trabajo en ese hospital.
Me fui de ahí, nunca más supe de ellos, hasta que volví a cantar aquí en Uruguay. ¿Cuál era mi sorpresa? Cuando la mamá y el papá me mandaron a llamar al camerino, que querían saludarme, y llegaron con ese niño en brazos que había resistido, que había sobrevivido. Y estaba ahí para probarme que Dios existe.
Y no los quiero aburrir, estoy contándoles una experiencia personal. Con esto les quiero decir que no le pongas límites a lo que tu corazón pueda querer o necesitar. No le pongas límites a tus sueños. Pídele. Pídele al señor, que él no tiene ningún rollo, él no tiene problema ni de crédito, ni de absolutamente nada. Tú pide por esa boca que él está ahí para ayudarte a conseguirlo".
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