El nuevo disco de Bajofondo puede leerse como un acto de resistencia. Por un lado, la de un colectivo binacional que está cumpliendo 25 años, toca poco, se toma tiempos largos para cocinar música, pero sigue adelante a pesar de las agendas individuales de artistas ocupadísimos, con Gustavo Santaolalla y Juan Campodónico a la cabeza. Por otro, la de la música electrónica humana frente a un tiempo tecnológico y despersonalizado.
Mientras que las canciones hechas con inteligencia artificial van copando las plataformas, Bajofondo decidió celebrar la historia de la música electrónica metiéndose en un cuarto plagado de sintetizadores con porte de vieja ciencia ficción, entre perillas y cables de los años 50, 60, 70, 80. Fue así como se maceró Ohm, el disco que Bajofondo lanzó el 19 de febrero y que existirá, tal como es hoy, durante siete meses. Esa es otra historia.
Después de Aura, un disco nutrido por la psicodelia y de concepción clásica, los Bajofondo necesitaron dar un volantazo. Su lógica funciona un poco así: “Es destruir, ir rompiendo nuestra propia tradición. Cada disco es un capítulo nuevo y seguramente el hecho de hacer muchas cosas nos da esa libertad. Cuando llegamos a Bajofondo realmente tratamos de ir hacia un lugar nuevo”, dice Luciano Supervielle, una de las patas uruguayas del colectivo, en diálogo con El País.
Así que partieron de un chiste interno —“Ahora sí, hagamos un disco de tango electrónico”, una forma de reaccionar a una etiqueta que siempre sintieron reduccionista— y eso alumbró un camino nuevo.
Si antes la electrónica era la nave para ir a las raíces criollas rioplatenses, ahora es el destino: el paisaje a explorar desde su propio lenguaje.
“Es una vuelta a las raíces”, dice Juan Campodónico a El País, “pero a otras raíces”.
Campodónico, como Supervielle, ha sido y eventualmente es DJ. Cuando conoció a Santaolalla —a fines de los 90, en tiempos del Peyote Asesino—, se pasaban tardes enteras escuchando hallazgos que el argentino le compartía con fascinación, discos de Photek, Chemical Brothers, Aphex Twin.
“Switched-On Bach” de Wendy Carlos y el french touch, pero también materiales menos previsibles: los mangas japoneses de los setenta y ochenta, Tubular Bells de Mike Oldfield, Piazzolla y hasta los ecos sonoros de Nintendo. Todas esas carreteras cruzan Ohm, que en esta primera versión incluye dos feats. Uno, con Hugo Fattoruso. El otro, con Cristian Castro.
Fattoruso aporta su magia en “Tres empanadas”, un guiño a la película Esperando la carroza que sintetiza mucho de la identidad del Cono Sur. Fattoruso, a nivel creativo, también: “Es el primer músico popular en el rock del Río de la Plata”, dice Campodónico, “pero al mismo tiempo es un investigador en los sintetizadores”. Está convencido de que en esa canción “es más Hugo Fattoruso que Hugo Fattoruso”.
La suya era una alianza natural. La de Cristian Castro, sin embargo, podría no parecerlo, pero la historia de Bajofondo está intrínsecamente ligada a México. No solo porque Santaolalla ha producido mucho rock mexicano de los noventas, sino porque tanto Campodónico como Supervielle y Gabriel Casacuberta —el tridente charrúa del colectivo que completan Javier Casalla y Martín Ferres— pasaron parte de su vida allí.
Se vincularon con Castro en aquel período en el que estuvo viviendo entre Argentina y Uruguay. Su voz era perfecta para completar “Se fue el sol”, una canción escrita por Campo y Fernando Santullo a la que definen como “una especie de Pet Shop Boys, pero de otra era”.
“Llegó al estudio y escuchó el tema por segunda vez. No se lo sabía. Grabamos frase por frase. Y yo dije, ¿cómo vamos a hacer? Pero al final del día estaba esa interpretación. Es un virtuoso, Cristian. Y es un personaje bien interesante”, dice Campodónico.
Bajofondo y hacer un disco electrónico en tiempos de IA
Reconocen que en este disco se habían propuesto volver a colaborar, dejar de estar tan cerrados sobre ellos mismos y recuperar, de cierta forma, el espíritu del Bajofondo de Mar dulce. Sus colaboraciones históricas con voces tan diversas como Gustavo Cerati, Nelly Furtado o Elvis Costello han sido ejercicios de expansión.
Eso explica lo que ocurrirá en octubre, cuando Bajofondo presentará una nueva versión de Ohm. Estrenará cuatro canciones que incluyen colaboraciones “potentes” con figuras relevantes de la música regional actual, pero no se presentarán como agregados deluxe ni bonus tracks, sino que se integrarán al disco que ya salió y redefinirán su orden o, lo que es lo mismo, su concepto.
En cualquiera de sus versiones, Ohm puede leerse como un gesto elocuente: “ohm”, la palabra, es la unidad de medida de la resistencia eléctrica.
“Y hoy en día también es un acto de resistencia plantarse y hacer un disco que trate de hacer jugar a la tecnología de nuestro lado más artístico, más creativo. No seguir la corriente sino reflexionar en torno a eso: cómo utilizar la tecnología en estos tiempos en los que vivimos, en que hay muchas cosas que te guían a cierto lugar”, dice Supervielle a El País.
En un mundo “un poco caótico y apocalíptico”, según Campodónico, “la música que podés hacer con I.A. hoy en día es una cosa muy básica a nivel expresivo. Y al mismo tiempo el mainstream está yendo a buscar en las raíces de cada lugar, de cada tradición. Nosotros somos pioneros de trabajar en ese concepto, hacer algo de tendencia e ir a buscar en las raíces. Cuando salió Bajofondo era una cosa media nueva que la teníamos que estar explicando, y hoy es una idea que a nivel popular y artísticamente se entiende. Por algo muchos artistas supermainstream usan ese concepto. Y eso está bueno, realmente: que la música mainstream no sea un enlatado sin una conexión real”.
“Siento que es un momento muy bueno para Uruguay a nivel musical. Hay muchas cosas que me gustan. Y no sé bien explicar por qué”, dice Supervielle, “pero creo que tiene que ver con eso. Que es lo humano y está ahí, es una necesidad. Yo soy optimista de que es un valor que va a seguir persistiendo siempre”.
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