Para lanzar su primer disco en 15 años, Divididos, una de las bandas más longevas del rock sudamericano, estrenó un documental que está zurcido por lo artesanal: hay manos que pintan paredes, lijan marcos, cortan telas, hacen cosas. Sobre todo, eso: hacen cosas. Conceptos como el de la artesanía no le caben a demasiadas bandas en la industria musical actual y sin embargo ahí está Divididos, contando y construyendo todo como siempre, en la contención de un círculo íntimo, como si el ruido del mundo no fuera capaz de tocarlos. Al amparo de la música, esa que los trae de vuelta a Uruguay, este sábado como uno de los números del Cosquín Rock que se realizará en la Rambla (y para el que quedan entradas en Redtickets).
De todo eso se trata el álbum que lanzaron en noviembre y que simboliza un gesto. Se llama Divididos, a secas. Se escuda en una portada que junta con un pespunte grueso una tela blanca y otra celeste (así de frágil se puede ver el esfuerzo por cerrar las brechas; así de necesario). Se abre con una de las canciones más literales en una discografía intrincada, una canción que dice “Aliados en un viaje / De espejos y señales / La línea que nos marque / Lo cierto y lo impensado / Lo frágil y lo intenso / Del tiempo y su simpleza / Abriéndose a nosotros / Cuidando aquello que nos hace bien”.
Va tras la luz quizás más que cualquier otro de sus álbumes, a lo mejor porque nunca fue tan necesario insistir con la esperanza.
Iniciado en 2019 y completado en 2025, el disco registra años turbulentos: una pandemia, el avance de la inteligencia artificial, la transformación social, política y económica de Argentina, las guerras. También una redefinición de los vínculos —tecnología mediante— que agudizó cierta urgencia de volver a lo esencial.
Sea, como en su caso, la música, o cualquier otra cosa, ¿cómo se cuida “aquello que nos hace bien”? “Justamente, siguiendo el camino que elegiste, porque después hay un montón de alternativas que ya están ahí, predigeridas. Pero hay una que te pertenece”, dice Ricardo Mollo en videollamada con El País, desde el mismo sitio en que charló la última vez. Un punto en su estudio La Calandria, de pie entre paredes rojizas, un delfín colgante detrás. “Entonces es como seguir adelante con esa idea que elegimos hace tantos años”.
“Y respetándonos eso que venimos trayendo como concepto, esto que hablamos de lo artesanal”, dice el bajista Diego Arnedo.
Parece a punto de hilvanar la reflexión más seria. Sin embargo, mira alrededor y lo que dice es: “Este lugar, esta sala de ensayo y grabación, es como una bicicletería de barrio”.
La comparación tiene sentido. En vez de entrar y salir con bicicletas, de sacarles las cámaras y ponerlas en un tacho con agua para ver si están rotas, de repararlas y reubicarlas, los Divididos hacen eso con la música. Grabaron casi todo su nuevo disco (salvo una canción) en cintas analógicas de dos pulgadas: la máquina, de 16 canales, es como un edificio visto de lejos.
“Tiene su magia, y no es una cosa que no se pueda palpar, que no se pueda escuchar y que técnicamente no tenga su razón”, explica Mollo. No reniegan de los avances tecnológicos -siguen usando Pro Tools-, pero su camino es otro: “Inteligencia artesanal”, dice. Después se ríe.
Al momento de esta nota, veían “difícil” colar alguna de las canciones nuevas en el Cosquín Rock, donde se presentarán este sábado, en la Rambla de Punta Carretas, con una hora de rock aplanador que no puede eludir los clásicos indiscutibles. Peleaban, confesaron a El País, por conseguir 10 minutos más.
Divididos, el disco, es fiel a la potencia y al cuerpo de las canciones de la banda, siempre sostenidas entre guitarra, bajo y batería, una que esta vez tiene un protagonismo rotundo. Sin embargo, la poesía se vuelve cada vez más espiritual (a veces también lo instrumental, con arreglos inmersivos, como si la música no fuera algo para consumir sino una fuerza que abre la garganta y devora al que la escucha).
Así lo canta Mollo en la canción que cierra el álbum, “Grillo”, que fue escrita en Uruguay: “Yo quiero ser un grillo más / Y ver desde ese lugar / Veranos de dulce cantar / A la luna y los pastos silbarán / Hamacado en la hoja vi la estrella fugaz”.
El baterista Catriel Ciavarella se luce especialmente en “El faro”, una pieza que, en dos planos, funciona como una revisión de todo el sonido que los trajo hasta aquí y que hace uno al amor y la música: “Ese bombo golpea / es tu corazón”.
“El faro” marca otra de las novedades del grupo en tanto introduce un pasaje a base de palmas que tiene cierto color, si se quiere, pop. “A mí me pareció particular cuando lo hicimos. No es de todos los días en la discografía de Divididos”, reconoce Ciavarella. “Pero tampoco es tan pensado. Aplaudimos con Diego, con los chicos que laburan acá con nosotros; las panderetas, todo, lo hicimos acá en un ratito, pero también de esa forma bien artesanal, sin ir para afuera a resolverlo. Ni siquiera hay invitados. Salió todo desde acá”.
La referencia, sin embargo, es más woodstockiana y específicamente de Sly & the Family Stone, dice Mollo, que tomó de allí esa condición casi mántrica con la que opera la repetición: “¡Ese faro! / ¡Tu camino! / ¡Los sonidos! / ¡Tu interior!”.
En julio de 2025, antes de su último show en Montevideo, Divididos le había dicho a El País que el disco que estaba por venir poetizaba, a su forma, “estos tiempos de alguna manera horrorosos que estamos viviendo”. Esa idea baña un álbum que se esfuerza en buscar la luz, como en “San Saltarín”, que con su aire verde y celta pide: “Imaginemos lo mejor / Piruetas desde el trampolín” y proclama que “No importa tanto ya morir / Mejor te enciendes al vivir”.
Alivios acústicos como “Vos ya sabrás”, la delicadeza de “Grillo”, la armónica que vuelve a quedar grabada en estudio en “Monte de olvidos”, el remanso instrumental de “Bafles en el mar” y la forma en que cabalgan bajo y batería en “Doña Red”, todo eso refresca y reafirma la voz de Divididos, en un disco que encuentra una fuerza gravitacional en estos versos: “Volver al centro, volver al silencio”.
¿Qué es el silencio para la aplanadora del rock, una banda que desata pogos y gritos eufóricos y que se mueve tanto en teatros como en festivales como el Cosquín?
“Es el aire necesario, lo que hace que lo otro sea posible”, dice Mollo.
Y Arnedo, de pronto: “Yo tengo una frase ahí: si no reconocés y no podés ubicar al silencio, si no lo entendés, no podés musicalizar lo que suena. Si no está el silencio, no podés musicalizar el sonido, los espacios y lo que suena. En la vida también es un poco así. De golpe decís: bueno, listo, apago la moto y me voy a dormir. Silencio total. Mañana arranco y sigue el movimiento, el sonido, la música, lo que quieras”.
“No es la oscuridad, es la falta de luz”, dice Mollo. La frase le calza a todo el disco que Divididos postergó por 15 años. Había que volver al silencio, la única vía para encontrarse.