En los últimos años, Luciano Supervielle encontró nuevos espacios para expandir su universo creativo. A la par de sus proyectos como solista y con Bajofondo, compuso música para cine y teatro, y ahora suma un nuevo desafío: llevar al escenario La ciudad que sueña, el libro que creó junto a la escritora Eloísa Casanova y la ilustradora Laura Carrasco.
El miércoles y el jueves a las 17.00, el músico estrenará en Sala Verdi un espectáculo pensado para toda la familia que presentará, por primera vez en vivo, la música original compuesta para esa obra. Acompañado por un cuarteto de cuerdas, el concierto combinará música, recitados y proyecciones para trasladar al escenario el universo del libro, que propone descubrir una Montevideo menos evidente: la de los pequeños detalles y los sonidos que suelen pasar desapercibidos. Entradas a la venta en Tickantel a 500 pesos.
Publicado por Alfaguara y disponible en librerías, La ciudad que sueña nació a partir de una idea que Supervielle comenzó a desarrollar en 2021: registrar los sonidos característicos de Montevideo y convertirlos en una experiencia donde música, literatura e ilustración dialogaran entre sí. El resultado es una obra protagonizada por dos niñas que recorren la Ciudad Vieja mientras descubren un universo en el que conviven referencias a la cultura uruguaya, escenarios emblemáticos y una composición musical que acompaña la lectura a través de un código QR.
En la previa de esas funciones, Supervielle conversó con El País sobre el origen del proyecto, el impacto que tuvo vivir varios años en el exterior sobre su obra, el presente de Bajofondo y los desafíos de seguir explorando nuevos lenguajes artísticos.
—Tocar para un público infantil implica una experiencia distinta a la de otros conciertos. ¿Qué tiene de especial?
—Es relindo. Cada vez que compartimos una actividad con chiquilines se genera un diálogo muy interesante. Es un público que te sorprende constantemente: es muy difícil ponerse en su lugar y eso supone una linda exigencia, porque uno tiene que ser muy consciente de quién está escuchando. Siempre me acuerdo de una frase de Arthur Rubinstein. Él decía que tocaba pensando que, al menos, había una persona en la platea con la que iba a conectar profundamente. Me encanta ese pensamiento. No importa si tocás para miles de personas o para diez: si lográs conmover a una sola, ya encontraste una razón para hacer lo que hacés. Eso te da la motivación para emocionarte con lo que estás haciendo y disfrutarlo. Y también pensamos el espectáculo para que los adultos puedan conectar y disfrutar de la experiencia.
—La ciudad que sueña invita a encontrar la belleza en lo cotidiano, a celebrar eso que nos rodea. Siento que esa mirada atraviesa buena parte de tu obra. ¿Lo sentís así?
—Sí, es una mirada que me ha acompañado durante muchos años. Quizás desde los comienzos de mi colaboración con Agustín Ferrando, de Tiranos Temblad, aprendí esa forma de encontrar la belleza en lo cotidiano. A veces simplemente hay que estar atento para que aparezca. Este libro tiene mucho de eso: de mirar la ciudad desde un lugar más poético y poner el ojo en cosas que no son las más obvias. Hay objetos y personajes escondidos; juega con esa idea...
—Como Felisberto Hernández y su cocodrilo en la feria...
—¡Felisberto! (Se ríe) Es una invitación a mirar Montevideo desde otra perspectiva, con los ojos de un niño. Esa capacidad de imaginar es algo que vale la pena intentar no perder nunca.
—Viviste varios años en el exterior. ¿Sentís que esa distancia cambió tu forma de mirar Uruguay?
—Sí, sin dudas. Y no solo cambió mi mirada sobre la música uruguaya, sino mi manera de mirar en general. Tuve el privilegio de viajar mucho: primero de niño y adolescente, por distintas circunstancias, y después como músico. Eso me enseñó a captar la esencia de cada lugar al que voy. A veces uno está muy poco tiempo en una ciudad y eso te obliga a prestar mucha atención para llevarte algo: un paisaje, una música, un sabor o una conversación con un desconocido. Siempre fui muy consciente de eso. Creo que esa curiosidad me fue formando, tanto como artista como persona. Mucho de eso está en mi música.
—¿Tenés presente el momento en que esa mirada empezó a aparecer en tu música?
—Fue cuando empecé a trabajar con Jorge Drexler. Yo ya era un migrante y él tenía una gran preocupación por hablar del lugar de donde venía. Cuando me volví a ir a Francia, a los 19 años, de alguna manera me cayó la ficha de lo valioso que era todo el patrimonio cultural con el que había crecido en Uruguay. Frente a colegas de mi generación, que estaban haciendo cosas parecidas en París o Madrid, ese bagaje me daba herramientas valiosísimas. Ahí empecé a integrarlo a mi música. Después vino Bajofondo, que puso mucho el foco en la música de estas tierras y en la riqueza del mestizaje. Con el tiempo entendí que cualquier herramienta que uno incorpora termina enriqueciendo su lenguaje. Lo importante es ser sincero con lo que uno hace.
—Recién mencionabas a Bajofondo. En Ohm, el nuevo disco del grupo, homenajean a referentes de distintas generaciones, como Wendy Carlos, Astor Piazzolla, Pet Shop Boys y Pierre Henry. ¿Qué representa este trabajo para ustedes?
—Tiene muchas puntas este disco, pero te diría que su buque insignia es reivindicar la electrónica desde un lugar humano. Parece una contradicción, pero hoy en día es supervalioso pensar en esos términos, en un mundo cada vez más automatizado, también desde el punto de vista creativo. Todos los artistas que homenajeamos fueron vanguardistas que, en su momento, se toparon con enormes muros de conservadurismo. Les decían que lo que hacían no era música, o que no podía ser una música sensible. Hoy esa discusión vuelve a tener mucho sentido porque la creatividad está muy en jaque. Lejos de estar en contra de la inteligencia artificial o de la tecnología, nosotros las reivindicamos. Son herramientas enormes, siempre que uno las haga jugar a su favor, sin dejarse llevar por la corriente ni por los grandes mandatos. Si seguís siendo personal y tenés algo para decir, simplemente hay que hacerlas jugar a favor de uno. Ese es uno de los grandes planteos de Ohm.
—En junio presentaste Piano Piano con Andrea Arobba y en agosto vas a volver con Suma Camerata. Da la sensación de que cada vez te interesa más crear junto a otros artistas que desarrollar proyectos en solitario. ¿Qué encontrás en ese trabajo en conjunto?
—Es una decisión consciente. A ese listado le sumaría el teatro y el cine, donde también trabajás con otras cabezas artísticas. Siempre me atrajo la posibilidad de compartir con gente que tiene otras opiniones, otras visiones y otras sensibilidades. Tiene que ver con la curiosidad y con la necesidad de explorar territorios nuevos. Me gusta pensar que lo que hago hoy sea distinto de lo que hacía hace 10 años. Y ojalá dentro de 10 años esté recorriendo terrenos inesperados.
—Con Piano Piano, que tuvo dos funciones en el Teatro Solís, te animaste a improvisar, bailar y exponerte de una manera poco habitual. ¿Qué te dejó esa experiencia?
—Fue un tremendo desafío. Andrea es una artista superarriesgada, experimental y muy valiente para plantarse en el escenario de maneras que yo jamás había experimentado, como ponerme a bailar en el Teatro Solís (se ríe). Me pareció hermoso y le tengo una enorme admiración. Fue desafiante trabajar desde ese lugar de la improvisación y la experimentación, de animarse a transgredirse y perder el miedo a mostrarse vulnerable. Eso es maravilloso en la vida: si uno puede mostrar su vulnerabilidad junto con sus fortalezas, hay algo muy humano ahí. De alguna manera me pasó lo contrario de lo que había vivido con la Filarmónica en ese mismo escenario. Ahí todo está muy pautado: uno tiene que tocar exactamente lo que está escrito y estar completamente a tono con otras 60 personas. Con Andrea había mucho espacio para el riesgo y la improvisación. Como músico siento que me muevo en un camino intermedio entre esos dos mundos.
—Volviendo al concepto de Ohm, hablás de reivindicar la electrónica desde un lugar humano. Cada vez que te veo en el escenario siento que, incluso entre sintetizadores, samples y scratch, siempre termina apareciendo algo muy personal. ¿Qué pasa ahí? ¿Qué sentís cuando esos dos universos se encuentran?
—Intento hacer un uso sensible de todas las herramientas. Pero la experiencia en vivo sigue siendo intransferible. Con Juan Casanova tenemos un proyecto, Sinestesia, donde incorporamos aromas para ampliar esa experiencia. Aunque filmes un concierto con un celular, nunca vas a poder trasladar lo que pasa ahí. Ese momento, esa conexión entre el escenario y el público, sigue siendo irreemplazable. Ahí está una de las cosas más valiosas que tiene la música.
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