Eduardo Fernández, Ciudadano Ilustre: el guitarrista repasa la carrera que lo convirtió en referente mundial

Tras ser distinguido como Ciudadano Ilustre de Montevideo, el guitarrista uruguayo repasa su trayectoria, recuerda a Abel Carlevaro y Héctor Tosar y reflexiona sobre el legado de la escuela uruguaya.

El guitarrista Eduardo Fernández, Ciudadano Ilustre de Montevideo.
El guitarrista Eduardo Fernández, Ciudadano Ilustre de Montevideo.
Foto: Darwin Borrelli.

Con una carrera de más de 50 años y considerado uno de los grandes guitarristas del circuito mundial de la música clásica, esta semana Eduardo Fernández recibió la distinción de Ciudadano Ilustre de Montevideo.

Nacido en La Paz en 1952, Fernández estudió, entre otros, con Abel Carlevaro y Héctor Tosar, y después de ganar el premio Andrés Segovia en 1975, debutó en Nueva York dos años después e inició una trayectoria discográfica de más 30 grabaciones, algunas de ellas fundamentales en su instrumento.

Además de conciertos en las grandes salas del mundo y de publicar libros, Fernández desarrolló una importante labor docente. Este es un resumen de su charla con El País.

—¿Cómo recibió la distinción de Ciudadano Ilustre?

—Es un reconocimiento importante y fue muy emocionante porque pasaron un video que no tenía idea de que iban a proyectar, con cantidad de amigos hablando, obviamente de manera muy positiva: Juan Falú, Fabio Zanon, mi amigo Shin-Ichi Fukuda, a quien lograron ubicar para que también enviara un saludo. Eso fue muy emocionante para mí. Pero lo importante de un intérprete es hacer lo mejor posible cuando está tocando. El resto es accesorio. No es que no sea gratificante, pero no es lo fundamental para mi.

—¿Un reconocimiento como este lo lleva a evaluar su carrera, su aporte?

—Qué sé yo... Uno nunca sabe qué decir cuando recibe un reconocimiento así. Tengo la sensación de haber aportado algo, pero la dimensión exacta no la sé y no me voy a poner a pensar en eso. Lo que me interesa es preparar el próximo concierto, estudiar la obra que quiero estudiar.

—¿Cuánto tiempo dedica al estudio?

—Unas tres o cuatro horas por día. Siempre hay que estar estudiando y preparando, porque si no se pierde la forma.

—¿Qué aporta la madurez en un terreno tan preciso como la música clásica?

—Uno va profundizando las cosas. También todo lo que hice de investigación ayuda mucho. Debo tener unos 20 trabajos sobre distintas obras y tres libros hechos. Eso da una dimensión un poco más global de todo el proceso. Después uno va evolucionando poco a poco. Imagino que ahora toco mejor que hace 40 años. Capaz que me lo imagino.

—Empezó a estudiar con Raúl Sánchez Arias.

—Con él empecé. Lo bueno fue que desde el principio aprendimos a leer música. No te puedo decir que haya aprendido gran cosa porque, a esa edad, no me lo tomaba muy en serio. Después llegó Guido Santórsola y ahí la cosa ya fue mucho más seria. Trabajé con él casi siete años en interpretación y armonía y contrapunto.

—Después, Abel Carlevaro.

—Empecé con él cuando ya estudiaba con Santórsola; estuve con los dos al mismo tiempo porque tenía la necesidad de mejorar la técnica. Lo que quería hacer no lo podía hacer: no tenía las herramientas. Y Carlevaro fue fantástico en eso.

Declaración de Ciudadano Ilustre a Eduardo Fernández.
Declaración de Ciudadano Ilustre a Eduardo Fernández.
Foto: IM Cultura.

—Usted dijo que Carlevaro fue para la guitarra algo así como Newton para la física.

—Sí, claro. Racionalizó una cantidad de cosas que otra gente antes quizá había vislumbrado, como Fernando Sor, pero Carlevaro las llevó a un grado de refinamiento muy alto.

—¿Qué aprendió con ellos?

—Creo que aprendí a escuchar, y esa es de las cosas más importantes para un intérprete: saber escucharse. Se fue dando solo. Santórsola tenía una visión musical global. Era director de orquesta, compositor y con él empecé a ver la música de otra manera: no era simplemente tocar las notas. Y Carlevaro tenía un refinamiento de oído increíble, una sensibilidad extraordinaria para los colores, que en la guitarra son un factor muy importante. Como decía Aguado, cuando alguien toca bien la guitarra es como una persona que habla con expresión: hay distintas tonalidades y eso ayuda muchísimo.

—Después estudió composición con Héctor Tosar. ¿Cómo era como maestro?

—Fantástico. Jamás desalentaba a un alumno. Siempre trataba de descubrir qué tenía cada uno y potenciarlo. Se ponía perfectamente en los zapatos del estudiante. No sabría decirte concretamente qué aprendí con él, pero me cambió por completo la forma de ver muchas cosas. Éramos un grupo de tres, cuatro o cinco alumnos. Cada uno llevaba alguna pieza y, si no, analizábamos alguna que Tosar agarraba. Ahí aprendí muchísimo. La única manera de aprender a analizar es haciéndolo, tirarse al agua.

—¿Cómo descubrió la guitarra?

—Mi padre tenía una guitarra en casa. Me acuerdo de que, siendo muy chico, abría el estuche, hacía sonar una cuerda y volvía a cerrarlo. Sentía curiosidad, pero nunca me puse a tocar. Empecé recién cuando inicié las clases.

—¿Y por qué eligió estudiar guitarra?

—Mi padre me preguntó si quería aprender algún instrumento. Tendría unos siete años. Me acuerdo perfectamente del razonamiento que hice. Primero pensé en una orquesta, pero enseguida descarté la idea porque una orquesta no podía tenerla en casa. Entonces, un instrumento que pudiera tocar solo y las opciones eran guitarra o piano, que a los siete años, me parecía una máquina enorme, antipática y negra. Así que elegí la guitarra. Y acá estoy.

—¿Cómo se crece así? A muchos nos mandaban a estudiar guitarra de chicos, pero pocos siguen toda la vida.

—Uno agarra por lo que tiene facilidad. La guitarra no es un instrumento fácil al principio, sobre todo si se quiere tocar bien. Hay cuestiones técnicas que hay que aprender y trabajar. Uno de los libros que escribí es justamente sobre pedagogía, y me hubiera gustado leerlo en ese momento. Pero son cosas que uno va aprendiendo de a poco.

—¿Cuándo sintió que realmente tocaba bien?

—Diría que en 1976. Ahí sentí: “Esto es lo que yo quería hacer y ahora está saliendo”.

—¿Coincidió con el reconocimiento del resto del mundo?

—No sabía si estaba en mi mejor momento o no, porque no tenía demasiado contacto con el exterior. La carrera internacional empezó, en realidad, con Estados Unidos, en 1977.

—¿Cómo llegó hasta allí?

—Por invitación de Rose Augustine, que fabricaba cuerdas y organizaba conciertos de guitarra en el 92nd Street Y en Nueva York. Me invitaron, en buena medida por haber ganado el Concurso Segovia. También fue importante la recomendación de Carlos Barbosa-Lima, un gran amigo, ya fallecido, que en ese momento vivía en Nueva York. Él conocía a Rose Augustine y eso ayudó. Ahí empezó una etapa distinta, con representantes y una carrera internacional.

—¿Cómo fue ese período?

—De muchísimo trabajo. Al principio iba solamente a Estados Unidos. Después mi representante consiguió las grabaciones con Decca. Mi agente consiguió un concierto en Londres e invitó a la gente de Decca. Ese día no pudieron asistir, pero dos días después organizaron una audición especial y ahí empezó mi vínculo con el sello. Fue una experiencia extraordinaria, aunque muy exigente. Grabar dos discos por año es mucho: hay que pensar muy bien qué repertorio porque el CD era una unidad artística. Yo casi siempre traté de que cada uno tuviera una cierta unidad de período, de estilo. Eso implicaba un gran trabajo de selección y de trabajo.

—Y al mismo tiempo seguía la actividad en vivo.

—Claro. A veces estaba preparando un repertorio para grabar y no podía hacer un concierto con todas esas mismas obras porque resultaría una saturación.

—¿Cómo es la concentración que exige un nivel como el suyo?

—Absoluta. Es una responsabilidad muy grande y creo que eso lo aprendí con Santórsola porque uno está encarnando la obra en ese momento. Siempre va a haber gente en el público que es la primera vez que la escucha y eso no te permite estar distraído. Si uno está metido en la cosa y concentrado en lo que tiene que hacer, los nervios desaparecen.

—¿Qué es exactamente la escuela uruguaya de la guitarra y en qué estado se encuentra?

—Cualquier escuela es, en buena medida, una suma de maestros. Carlevaro me parece la figura principal, aunque antes hubo otros muy importantes, como Atilio Rapat, que también formaron alumnos muy valiosos. Pero Carlevaro terminó definiendo esa escuela.

—¿Qué la hace especial?

—No sabría decir pero me parece que lo más interesante es esa mirada global. No se trata simplemente de tocar la guitarra o de ver quién toca más fuerte o más rápido, sino de pensar la música como un arte y tratar de darle toda su dimensión musical.

—¿En esa tradición también aparecen las influencias de lo popular?

—En mi caso, no demasiado. Carlevaro estaba mucho más cerca de esas tradiciones. Incluso grabó un disco, como Vicente Vallejos, dedicado básicamente al folclore y lo hizo muy bien. En mi caso esa veta la empecé a apreciar bastante más tarde. Hoy, por supuesto, la valoro muchísimo.

—¿Esa escuela uruguaya sigue existiendo?

—Sí, aún aparecen guitarristas muy valiosos. El problema es que muchos terminan yéndose al exterior porque es muy difícil vivir de los conciertos acá.

—Si tiene que recomendar dos discos suyos para conocerlo, ¿cuáles serían?

—El disco doble de Bach que hice para Decca (Lute Suites, 1989) y el que hice de guitarra romántica para Oehms Classics (Romantic Guitar, 2002). Esos son los dos para empezar, pero tengo 30 grabados.

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