Con una carrera de más de 40 años, Carolina Besuievsky fue reconocida, en mayo, con el Premio a la Trayectoria en Danza que entrega el Ministerio de Educación y Cultura a través del Instituto Nacional de Artes Escénicas. Integrante de colectivos fundamentales comoBabinka, Contradanza y La Pista, no sólo se ha dedicado a ser bailarina y coreógrafa, sino también docente e investigadora.
Actualmente participa en el proyecto MASA Archivo que recopila documentos vinculados a la historia de la danza y en un nuevo espacio artístico, Fantástico, una reunión de artistas en un local de la Ciudad Vieja.
Sobre esas cosas, una siempre activa Besuievsky charló con El País.
—¿Se esperaba un reconocimiento así?
—No, para nada, y me alegró y me movió un montón. Cuando uno escucha “un premio a la trayectoria”, piensa en gente mucho mayor, con más carrera. Y aunque hace 40 años que me dedico a esto y aún estoy haciendo, preguntándome cosas, en proyectos, bailando. Es como que te digan: “Gracias por lo que hiciste”. Pero lo que el INAU quería reconocer era a alguien que hubiera hecho muchas cosas y que continuara en actividad, promoviendo una forma de hacer danza basada en lo colectivo, el trabajo en equipo y lo interdisciplinario. El reconocimiento me hizo mirar con más amor lo que había hecho. A veces uno va haciendo y no toma dimensión del recorrido.
—Es una carrera larga...
—Empecé a bailar a los cinco años, así que tengo toda una vida dedicada a esto. No siempre tuve el foco de que quería ser bailarina. Me gustaba muchísimo la gimnasia olímpica y además soy psicóloga, así que por mucho tiempo bailaba y estudiaba.
—¿Qué la decidió por la danza?
—Me encantaba bailar, pero también reflexionar sobre lo que hacíamos y sobre cómo funcionaban los grupos dentro de la danza. La danza siempre es interdisciplinaria, es siempre en equipo, y eso me fascina. Por eso, cuando alguien, o desde un lugar institucional, te dicen que estuvo bueno, te da como una validación a ideas que no van en un lugar central, ni en el espectáculo, ni la publicidad o la cantidad de público, sino que van por las periferias.
—Se quedó en Uruguay. Vista en perspectiva, ¿sigue de acuerdo con esa decisión?
—Sí. Primero, porque ya no tengo otra (se ríe). Pero sí, por algo tomé esa decisión. En esta profesión muchas veces uno hace cosas intuitivamente, sin saber exactamente cuál va a ser la cosecha de lo que genera. Siempre estás en el borde entre lo que querés hacer y lo que va generando en la comunidad.
—¿Cómo apareció la docencia en ese camino?
—Doy clases desde 1981. Cuando uno se dedica a la danza, se hace difícil vivir solamente de eso, así que hay que buscar otros recursos y uno de ellos fue la docencia. Y me empezó a motivar la conexión justamente entre la psicología y la danza. Me especialicé en Psicología Social, trabajo con grupos de técnica operativa, coordinación y roles. Y vi muchas herramientas que pasaban de un lado al otro de esa frontera.
—Pero no se dedicó solo a los bailarines...
—Me interesó una población más heterogénea alrededor del trabajo corporal y de la creación. No solo enseñar danza a bailarines, sino pensarla desde una concepción más amplia. Cuando uno abre espacios, encuentra otras técnicas y modos de trabajo, que son parte de la propia evolución de la danza. Trabajé en varios espacios de danza. En Bakinka, Contradanza y en La Pista, que en 2000 abrimos con Florencia Martinelli y Mariana De Paula. Ahí empezamos a preguntarnos cómo integrar la danza con la vida cotidiana, con el hacer de todos los días, y se empezó a plantear cómo abrir las puertas a otro tipo de población. Y en 2006 ingresé a la Escuela Municipal de Arte Dramático y empecé a trabajar con actores, que tenían otra información de su cuerpo y la danza, y siempre me encantó formar grupos heterogéneos en cuanto al trabajo corporal y la creación. Trabajé en Melo de 1999 a 2018 y desarrollé proyectos en Treinta y Tres.
—¿Cuál era la idea detrás de todos sus proyectos?
—Era siempre la misma: integrar músicos, bailarines y actores en procesos creativos que partieran del cuerpo. Porque todos usamos el cuerpo y hoy no hay un cuerpo “modelo” para bailar. Al contrario. La danza ha evolucionado muchísimo y es mucho más integradora e inclusiva en cuanto a qué es la danza y quién puede bailar.
—Ese es un cambio grande...
—Sí. Recuerdo algunos profesores o gente que me decían que dejara de nadar, por ejemplo, porque tenía la espalda muy ancha. O que tenía un pie muy grande. Había preconceptos de lo que servía para bailar o no. Pero eso ha cambiado porque la danza no tiene que ver solamente con un resultado virtuoso, sino que tiene que ver con un movimiento desde lo físico, somático, energético y relacional con el espacio, con nosotros y con la música.
—¿Entonces la danza es incluso para los que no sabemos bailar?
—Y para toda persona que tenga capacidades diferentes también. Mucha gente se dedica a un trabajo que tiene que ver con danza de integración, que derivó un poco de lo que es la técnica del contact improvisation, que es una forma en la cual se trabaja con el movimiento, la gravedad, el espacio y la relación con otro, otra. Y se abrió todo un abanico de posibilidades de integración y hay un desarrollo hermosísimo de aprendizaje con la integración de capacidades dentro de la danza.
—La danza contemporánea tiene un espacio cada vez más notorio en la escena cultural. Pienso en lo que hace Andrea Arobba con Solos al mediodía. ¿Cómo ve el estado de situación?
—Se ha transformado muchísimo por el surgimiento de apoyos públicos en torno a la posibilidad de desarrollar proyectos y a la formación artística. Hay varias instituciones de formación pública —el IPA, la Licenciatura en Danza de la Udelar, las cada vez más diversificadas escuelas del Sodre— y eso ha sido un movimiento importante. La licenciatura ha generado un modo de pensamiento y una reflexión en torno a la inserción de la danza en la comunidad. Se la puede cursar como intérprete, creadora, investigadora o teórica. Y esa transformación nos plantea un desafío mayor de cómo incluir, desde nuestros saberes, a la corporalidad, al hacer cotidiano. Yo pienso que hoy nos plantea un hacer ético más que estético.
—¿Cómo es eso?
—Para mí la danza es una disciplina vincular. Trabajamos con nuestro cuerpo, que siempre es un desconocido, porque estamos llenos de posibilidades que no conocemos: desde la gestualidad hasta las emociones, los movimientos y las cosas más inesperadas que surgen. Para mí siempre fue un territorio fascinante de conocimiento. Entonces, cómo uno se relaciona también con eso que desconoce de sí misma es también cómo va tejiendo ese vínculo con otro que está bailando. Por eso me he dedicado a investigar la improvisación escénica. No es solamente la danza como una cuestión estética, sino como una forma de conocimiento, de pensamiento, de vida. Hay una conciencia, hay una escucha que viene no solamente de lo racional sino también de lo perceptivo, del cuerpo sensible. Son herramientas de la danza que habilitan lo vincular, a tejer nexos, a crear conexiones, a vincular disciplinas. Eso es lo que me sigue motivando para seguir bailando.
—O sea que la danza excede el escenario.
—Sí, lo desborda y, por suerte, es lo que las nuevas generaciones también están proponiendo. La danza, al ser básicamente interdisciplinaria, posibilita esa idea de que es más lo que sucede entre. Y la danza pasa a no ser solo para el espectáculo, sino que el proceso de trabajo es también la obra. Porque en el proceso suceden cosas que a veces ni siquiera ponés en el producto final, pero que también son minicreaciones que hacen que lo otro se sostenga.
—¿El crecimiento del Ballet Nacional del Sodre terminó derramando a la danza contemporánea?
—Lo que ocurrió con el BNS fue muy importante. La llegada de Julio Bocca y el apoyo que recibió acercaron la disciplina a un público más masivo y permitieron, desde los propios cuerpos, una práctica mucho mayor. Ha influido bastante en poner el ballet en boca de todos e interesarse por la vida de los bailarines, por cómo entrenan, cómo trabajan y cómo viven. También generó una mayor apertura dentro del propio ballet. Hubo coreógrafas de la danza contemporánea, como Graciela Figueroa o Andrea Arobba, haciendo cosas con el BNS.
—Usted comenzó en la década de 1980, en los tiempos de la reapertura democrática. ¿Siente un reconocimiento generacional en el premio?
—Lo sentí así desde el primer momento. Aquel fue un momento de enorme efervescencia. La danza, el teatro, la plástica. Estuvimos en Arte en la Lona, en el Circo. Todos nos preguntábamos qué estábamos haciendo y cuál era nuestro papel. Había una necesidad muy fuerte de crear. Todos nos cruzábamos permanentemente. Y toda una generación con muchísimas ganas de bailar, de hacer cosas. Bailábamos en la calle, en los barrios. Después de tantos años de estar cada uno en su nidito, fue una enorme apertura. No era solamente una cuestión artística; también había una reflexión política muy fuerte. Reflexionábamos sobre qué lugar ocupaba la cultura en ese proceso democrático y qué podíamos aportar desde nuestro trabajo.
—Y se reconoce una manera de entender la cultura y ver el mundo.
—Nunca trabajé sola. Siempre trabajé en equipo. Todo lo que pude hacer fue posible gracias a mis colegas, hombres y mujeres, con quienes generamos las cosas que queríamos hacer. De algún modo, el premio también valida todo lo que construimos juntos.
—Una preocupación suya es la preservación de los archivos de la danza. ¿Cómo nació MASA?
—Registrábamos los espectáculos en VHS o en otros formatos que empiezan a deteriorarse. Entonces, con Carolina Guerra, Macaé Núñez y Ana Clara Romero, de la Facultad de Información y Comunicación y del Laboratorio de Preservación Audiovisual, LAPA, iniciamos una práctica que al principio se concentró en Contradanza, pero que fue creciendo. La idea es rescatar, recuperar, reactivar y poner en circulación los archivos de la danza uruguaya, por ahora de entre las décadas de 1980 y 2000. Trabajamos con videos, fotografías, programas de mano, apuntes, recortes de prensa y todo tipo de materiales, con el objetivo de digitalizarlos y ponerlos en la web a disposición de las nuevas generaciones. La necesidad surgió también porque mucha gente que estaba investigando me decía: “Quiero saber sobre Contradanza y no encuentro nada”. Y, algo más personal, en los grupos en que participé me ocupaba mucho de la gestión: organizábamos festivales, invitábamos maestros, desarrollábamos proyectos, y fui conservando una enorme cantidad de materiales. Un día llegué a la casa de Carolina y le dije: “¿Qué hago con todo esto? Ayudame”. Ahí empezó realmente el proyecto.
—¿Cómo es ese trabajo?
—Trabajamos, por un lado, en la recuperación técnica: digitalizar, escanear y preservar los documentos, una tarea en la que LAPA nos brinda un apoyo fundamental. Pero también está la activación de esos materiales. Con Contradanza, por ejemplo, volvimos a reunirnos todas las integrantes del grupo, que seguimos activas: Florencia Varela, Verónica Steffen, Mariana de Paula, Florencia Martinelli, Andrea Arobba y muchas más. Realizamos encuentros, hicimos podcasts junto a estudiantes de formación Contradanza y organizamos una exposición en el Subte con fotografías y documentos. Lo más interesante era observar cómo personas que nunca habían visto aquellos espectáculos construían nuevas lecturas a partir de esos materiales. Eso me parece maravilloso, porque genera conexiones inesperadas con personas que ni siquiera habían nacido cuando existía Contradanza. También organizamos talleres donde recuperamos consignas coreográficas de 1995 para ver cómo resonaban en cuerpos contemporáneos. Nos interesa esa apertura a transformar nuestra propia historia.
—Escuchándola hablar, uno tiene la impresión de que nunca para. ¿No se cansa?
—Es una pregunta que me hago de vez en cuando, pero la respuesta sigue siendo no. Lo que ocurre es que hoy mis intereses son distintos a los que tenía en los años ochenta o noventa. Ya no pasan tanto por estar arriba del escenario, sino por generar vínculos. Ahora formo parte de un colectivo que gestiona un espacio en Ciudad Vieja, Fantástico (en Colón 1490). Lo que siempre me estimuló fue participar en equipos que crean espacios para investigar, formar y compartir. Cada vez que se abre un espacio aparecen nuevas conexiones, nuevas relaciones y nuevos sentidos para seguir creando. Eso es lo que me mantiene en movimiento. Y siempre me gustó meterme en lugares que no conozco demasiado. Ahí es donde más aprendo porque mientras uno siga encontrando desafíos, sigue teniendo ganas de moverse.