Soñaba con tocar en el Sodre, un cruce le cambió la vida y hoy es una de las músicas más convocadas de Uruguay

Fue una de las primeras mujeres en irse de gira con No Te Va Gustar, tocó en el Estadio con La Vela y un encuentro fortuito en la calle le cambió la vida. La historia de la violista Leticia Gambaro.

Leti Gambaro
Leticia Gambaro en vivo.
Foto: Mauricio Rodríguez

¿Dónde empieza una vocación? ¿Cómo se calcula el momento exacto en el que una persona dice: quiero ser esto, voy a ser esto? Leticia Gambaro no recuerda un instante en el que se haya dicho, a sí misma, que su camino era la música. Todo lo que la llevó a cumplir sueños, tocar en la calle, vivir en Alemania, salir de gira con No Te Va Gustar, actuar en el Estadio con La Vela Puerca y hasta meditar con Dillom en mitad de un bosque en Maldonado; todo ocurrió por su vocación. O quizás por el destino.

Leticia Gambaro (34) nació escuchando Vivaldi porque el ginecólogo así lo quiso. Cuando ingresó al Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles del Uruguay, le preguntaron qué instrumento quería elegir y ella, que apenas tenía 9 años y había visto a todos los demás niños inclinarse hacia una misma cosa, contestó, más o menos, “cualquiera menos el violín, porque qué embole, todos quieren tocar violín”. Los profesores estallaron de risa. Uno de ellos, Gian Di Piramo, le dijo: “Vos tenés alma de violista. Mostrame las manos; listo, sos violista”.

Desde ese día y para siempre, sin habérselo cuestionado, Leticia Gambaro es violista. Hoy, una de las más solicitadas del país.

El día antes de cumplir 11 dio su primer concierto en la Catedral de Montevideo. Para entonces ya sabía que su mayor sueño era integrar la Orquesta Sinfónica del Sodre porque la motivación siempre fue, siempre ha sido, tocar música clásica. En tercero de liceo acumuló 51 faltas justificadas por estar de gira con la Orquesta Juvenil y tuvo ensayos de madrugada aunque al otro día hubiera que levantarse a primera hora para ir a clase.

A los 15, otra vez, la vocación o el destino. Gambaro estaba tocando a la gorra con su propio grupo de tango, en la Peatonal Sarandí, cuando un señor que pasaba se detuvo a mirarlos. Cuando terminaron, se acercó: “Soy Klaus, me acabo de jubilar. Era la primera viola de la Sinfónica de la Radio de Hamburgo. Me encantó escucharte, voy a estar acá unos días. Me gustaría darte clases”.

“Él me decía que yo era un diamante que quería pulir, pero siempre desde un lugar de padrino, de abuelo. Klaus me amplió el mundo. Estar tocando en esa calle justo en ese día, en ese momento, me cambió la vida”, dice ahora que pasaron casi 20 años de aquel encuentro y que su historia sigue dando tantas vueltas.

Klaus se comprometió a llevarla a estudiar a Alemania una vez que terminara el liceo. Cuando eso ocurrió, se encargó de gestionarlo todo: la integró a su familia como si fuera una hija más, le consiguió un trabajo part-time, le facilitó instancias para familiarizarse con el idioma y, sobre todo, clases, docentes, espacios. “Pude tocar en la orquesta de la universidad y en los mejores teatros de Berlín y todo gracias a él —asume— que venía y decía: ella es mi nieta, háganle un lugar. Y ahí estaba”.

Pasó un año en Berlín hasta que decidió volverse: extrañaba, había algunos asuntos familiares que atender de cerca, y además no soportó la competencia. Dice que cuando caminaba por los pasillos de la universidad, rodeada de rusos y asiáticos tocando por todos lados, sentía dragones que le escupían fuego y protegían su información con recelo. Además, a pesar de la aventura europea, el objetivo seguía siendo el mismo: tocar en el Sodre. Ser parte de la orquesta nacional de su país.

Klaus nunca lo entendió. Pero esa es otra historia.

Antes de irse a Alemania, justo el día en que tendría que haber dado su último examen de liceo, Gambaro quedó primera en una audición para ingresar a la Ossodre. Tenía 17 años y era la única mujer entre 13 aspirantes. Hoy, diecisiete años después y a 10 de haber entrado de manera fija a las filas del conjunto estatal, sigue sintiendo que está viviendo un sueño. Ensayar una sinfonía distinta cada semana, emocionarse cada vez que llega el turno de hacer un Mahler o un Prokofiev o un Tchaikovsky, también luchar por los derechos laborales, compartir la aventura con algunos músicos que conoce desde que tenía 9 años y Gian Di Piramo le dijo: “vos tenés alma de violista”.

Pero la Ossodre es apenas una parte del mapa de Gambaro, que desde 2019 también tiene su lugar propio en la música popular uruguaya. Quizás el lector no reconoce su nombre, pero la puede haber visto tocar en los escenarios más diversos; puede encontrarla varias veces en un mes integrando conciertos de bandas, solistas, orquestas alternativas. Su sonido está al servicio del rock, el tango, la canción de autor y hasta rozando el trap (colaboró con Dillom y Él Mató a un Policía Motorizado en la sesión de Portal Bosque, cortesía de su ídolo Javier Casalla). Y todo eso sucedió después de No Te Va Gustar.

En 2019 la banda la convocó para integrarse a la gira acústica Otras canciones, en una búsqueda de incluir presencia femenina en el escenario. Así, Leticia Gambaro se convirtió en una de las primeras mujeres en hacer una gira completa con No Te Va Gustar. Luego repitió con La Vela Puerca, a la que define como la banda de su vida. Otra vez: Gian Di Piramo es quien grabó el solo de viola que abre “Zafar”, y Leticia, su alumna, llegó a tocarlo en un Estadio Centenario repleto, con ocho reflectores que apuntaban sobre ella. Esa noche de 2022 sintió tanto pánico que estuvo a punto de no salir al escenario; cuando lo hizo, entre las 20 mil personas que había en el público, distinguió la cara de su hermana. Cuando lo cuenta, no puede evitar quebrarse.

Leticia Gambaro
Leticia Gambaro tocando "Zafar" en un recital de La Vela Puerca en el Estadio Centenario.
Foto: Mauricio Rodríguez

Hoy, Gambaro tiene sus propios proyectos —la banda Ninguna Higuera, el Cuarteto Ciudadela— y es parte de la Selección Uruguaya Sinfónica —con la que ha acompañado a Julieta Venegas o Lucas Sugo y próximamente Los Auténticos Decadentes—, La Orquesta de las Mil Melodías, el grupo Suma Camerata y el proyecto de Luciano Supervielle. Trabaja como sesionista y toca en fiestas y casamientos. Da clases. Y en el medio, cría a un hijo de 11 años al que la música lo desborda.

Ahora, desde esa vereda, ve otras cosas. En él refleja un poco de su propia historia, de todo lo que relegó en la infancia para vivir por y para la música. Quiere que él no pierda la ilusión del juego, que sea el mismo niño que llegaba con un bol de frutillas a la sala / sótano de La Vela Puerca a repartirlas entre un montón de rockeros, o el que le inventa una canción punk para salir de una penitencia. Y a la vez piensa en su madre, que la llevaba caminando a sus clases, a dos kilómetros de su casa, en un tiempo de pocos recursos, y la esperaba con paciencia y la acompañaba de vuelta. Y en su padre, que un día de su estadía alemana le dijo: “me di cuenta que no sé en qué lugar estás” y a pesar de la distancia y de la angustia nunca, pero nunca, puso una traba en sus sueños.

Hoy, con 34 años, Gambaro reconoce con orgullo que hay todo un público de la música popular que supo que existe la viola (parecida al violín, más enfocada en la expresividad que en el virtuosismo) porque la vio tocar a ella. Y está centrada en dos misiones: expandir los horizontes de la viola en otros ritmos y reivindicar el espacio conquistado como mujer.

Gambaro ha girado embarazada o con una niñera y ha subido al escenario mientras estaba atravesando alguna de las peores experiencias físicas de su vida. Ha tocado con dolor y con tristeza. De eso, también, se trata una vocación.

“Yo también estoy sosteniendo un lugar que no busqué, pero estoy ahí, ocupándolo, y es fundamental. Y no es obvio que nosotras ocupamos esos espacios. Aunque cada vez es mayor, pero no es para nada obvio”, dice. “Lo que más me genera una responsabilidad es el ser mujer y estar en esos lugares. Porque eso también es un privilegio”.

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