Cuando Akiko Suwanai ganó el International Tchaikovsky Competition en 1990 tenía apenas 18 años, una edad en la que la mayoría de los músicos todavía está en formación. Para entonces ya llevaba más de una década tocando el violín: había empezado a los tres años y a los 16 competía a nivel internacional. Aquel premio la convirtió de inmediato en una figura y marcó el comienzo de una carrera que, lejos de agotarse en la etiqueta de “niña prodigio”, terminó consolidándola como una de las violinistas más importantes de su generación.
Estudió en Julliard, en la Universidad de Columbia y la Universidad de las artes de Berlín, y por más de una década tocó con un Stradivarius. Su carrera le permitió conocer a leyendas como Isaac Stern, Mstislav Rostropovich, Seiji Ozawa y Martha Argerich, además de presentarse junto a algunas de las orquestas más importantes del mundo. Ahora llega a Uruguay para su primera presentación. Será con el recital Violín y Piano del ciclo Grandes Intérpretes que se realizará el 1° de junio en el teatro Solís. Entradas en Tickantel.
Suwanai llegará a Montevideo para ofrecer, junto al pianista Ryo Yanagitani, un recital enmarcado en las conmemoraciones de la amistad entre Uruguay y Japón. El programa reunirá obras de Beethoven, César Franck y Pablo de Sarasate, en una selección pensada tanto para el público habituado a la música clásica como para los recién llegados.
Esa mezcla entre tradición y exploración es justamente una de las marcas de la carrera de la violinista. Aunque es reconocida por sus interpretaciones del repertorio clásico, también trabajó con compositores contemporáneos y estrenó obras.
Antes de su llegada a Uruguay, la artista respondió preguntas por correo electrónico sobre el desafío emocional de Franck, el vínculo que mantiene con su histórico violín Guarneri del Gesù y la curiosidad artística que todavía admira en Martha Argerich.
—A lo largo de su carrera ha equilibrado el repertorio clásico con la música contemporánea. ¿Qué le da cada mundo?
—La música moderna me fascina desde mi juventud, mucho antes de que fuera un requisito en los concursos. Para mí, el repertorio clásico ofrece una sensación de estructura atemporal y tradición, mientras que colaborar con compositores vivos brinda una conexión cruda e inmediata con el proceso creativo. Ver su dedicación me influyó profundamente; me desafía a volver a examinar las partituras de Johann Sebastian Bach, Wolfgang Amadeus Mozart y Ludwig van Beethoven con la misma frescura que si hubieran sido escritas hoy.
—Sobre sus presentaciones, se suelen elogiar la profundidad y la calidad de su sonido. ¿Eso se construye con técnica o es algo innato?
—Creo que es una combinación de ambas cosas. Una base técnica sólida es, por supuesto, esencial, y tuve la enorme fortuna de tener maestros que me guiaron en el desarrollo de ese oficio. Sin embargo, mi sonido también está moldeado por una fascinación de toda la vida por el “buen sonido” en todas sus formas. Pasar años tocando y practicando con instrumentos extraordinarios —como Stradivarius, Guarneri del Gesù y Guadagnini— fue en sí mismo una educación profunda. Esos instrumentos realmente me enseñaron a escuchar y a encontrar mi propia voz. En definitiva, el instrumento y la técnica son las herramientas que permiten que mi identidad artística resuene.
—El programa que realizará en Montevideo reúne a Beethoven, César Franck y Pablo de Sarasate. No es la combinación más obvia: ¿qué conecta estas obras para usted?
—Antes que nada, estos conciertos están limitados a un programa de 55 minutos, bastante más corto que un recital estándar. Junto al pianista Ryo Yanagitani buscamos crear una selección atractiva tanto para los amantes de la música clásica como para quienes recién se acercan a ella.
—Acerca de la Sonata para violín de Franck, se la describe como una cumbre emocional para los intérpretes. ¿Qué desafíos le sigue presentando?
—Para mí, el mayor desafío está en su crecimiento orgánico: mantener la tensión emocional desde las primeras notas susurradas hasta el final triunfal. Muchas veces siento el trasfondo de Franck como organista en la manera en que las armonías se superponen y florecen; el violín debe elevarse sobre una parte de piano que es casi sinfónica, o incluso litúrgica, en su riqueza. Requiere un equilibrio delicado entre vulnerabilidad y fuerza bruta.
—Va a presentarte junto a Ryo Yanagitani. ¿Qué busca en un compañero pianista para un recital?
—Cuando elijo un compañero, busco a alguien que haga más que simplemente acompañarme. Prefiero un pianista que sea un colaborador activo, alguien que participe profundamente del proceso de hacer música juntos. Con Ryo puedo confiar plenamente en que construiremos una visión musical unificada sobre el escenario.
—Ha colaborado con grandes artistas como Martha Argerich. ¿Qué aprendió de esos encuentros que no puede enseñarse?
—Trabajando con Madame Martha Argerich sentí la fuerza de su insaciable curiosidad artística. A pesar de su estatus legendario, sigue abordando cada partitura con un deseo inquieto de encontrar una verdad más profunda o de darle nueva vida a la música. Para mí, su búsqueda incesante de la esencia del arte es lo más hermoso que he presenciado.
—Repasando sus conciertos, en las últimas temporadas volvió a Mozart y a compositores contemporáneos como Toshio Hosokawa. ¿Siente que está en un punto de síntesis entre tradición y exploración?
—Quizás sea exagerado decir que alcancé una síntesis perfecta, pero sí siento que me estoy acercando a ese punto. Trabajar con compositores contemporáneos como Toshio Hosokawa cambió mi forma de ver a los clásicos. Ya no veo a Mozart y a la música moderna como dos mundos diferentes. Intento tratar cada partitura como un ente vivo, como si la música cobrara vida en ese mismo instante.
—Toca con un histórico violín Guarneri del Gesù. ¿Qué le exige un instrumento así y qué le otorga?
—Como intérprete, paso más tiempo con mi instrumento que con cualquier otra persona. Es una relación única, casi como el destino. Cada instrumento tiene su propio carácter. Me siento afortunada de tocar este del Gesù ahora, después de haber pasado treinta años con tres maravillosos Stradivarius distintos. Mientras que un Stradivarius puede sonar hermoso por sí solo, un del Gesù no ofrece esa misma resonancia inmediata. En cambio, me exige más: me desafía a definir exactamente cómo quiero moldear el sonido. A cambio, me ofrece una profundidad y una personalidad verdaderamente gratificantes.
—¿Alguna vez sintió que el instrumento mismo la “empuja” hacia cierto repertorio?
—No diría que el instrumento me empuja; más bien, busco dentro del instrumento el sonido adecuado para concretar mi propia visión musical. Después de tocar un Stradivarius durante 30 años y ahora estar en mi séptimo año con un del Gesù, cada vez soy más consciente de cómo la “voz” única de cada instrumento moldea la música. Incluso con el mismo repertorio, mi manera de abordar la expresión cambia naturalmente por esas características distintas: es un proceso constante de descubrimiento.
—Este concierto celebra la amistad entre Uruguay y Japón. ¿Qué papel cree que juega la música en la construcción de esos puentes culturales?
—Construir un puente cultural es muy parecido a hacer música: empieza por escucharse mutuamente. Creo que nuestros diferentes orígenes se fusionarán en una sola armonía, demostrando que el arte realmente puede trascender fronteras. La música comienza donde terminan las palabras. Es la forma más directa de conectar nuestros corazones, sin importar cuán lejos estén nuestros países.
—Si alguien del público todavía no conoce tu trabajo, ¿qué te gustaría que se llevara después del concierto?
—Espero que se lleven una cierta “sensación”: si mi música logra tocar una emoción escondida dentro de ellos o darles un poco más de energía para el día siguiente, entonces habré cumplido mi propósito como músico.
-
Falleció Antonio Lagatta Mazzeo, el conductor radial que reconstruyó la historia de la ópera en Uruguay
"La casa de Bernarda Alba", García Lorca con dos versiones de Amelia Ochandiano en el Solís: elenco y detalles
El Teatro Solís lanzó su programación: "La casa de Bernarda Alba" por dos, Mahler, la vuelta de la ópera y más