"La pasión es todo. Es lo único que importa”, desliza Graham Russell con la certeza de quien lleva medio siglo cantándole al amor. Es la noche del jueves y el músico queda solo al borde del escenario del Antel Arena. Sonríe con picardía al anunciar que está justo en el “G Spot” —o sea, el punto G—, aunque no todos captan el chiste dicho con acento cerrado. “Como mi nombre empieza con G, a esta pequeña sección le pusimos el punto G”, aclara.
El guitarrista y compositor de Air Supply usa un micrófono de vincha y se relame repetidamente al entregar uno de los momentos más íntimos de la noche. Su eterno compañero, Russell Hitchcock, acaba de retirarse por cinco minutos para “ir a tomar una taza de té”. Entonces, el músico —afable, profundo y de habla cálida, casi teatral— anuncia que está a punto de hacer algo “muy inusual para un concierto de rock”: recitar un poema. Desde las gradas, alguien aprueba la idea con un entusiasta “¡Yeah!”.
Así como pasó con su chiste sobre el punto G, Graham sabe que no todos van a entender “Invisible”, el poema que está por recitar. Entonces actúa cada verso: se señala el ojo cuando habla de lágrimas y ondula los brazos como olas cuando menciona el mar. Por eso, antes de empezar, hace una aclaración sencilla: lo importante es concentrarse en la pasión.
Y eso es, en definitiva, el cimiento sobre el que se construye el regreso de Air Supply a Montevideo para celebrar sus 50 años. Bueno, 51, según anuncia Graham, entre risas: “Fue hace dos días, pero nadie se dio cuenta”.
Justo después de recitar “Invisible”, Russell toma asiento, se calza una guitarra acústica —una de las siete que irá intercalando durante el concierto— y pide que el público prenda las linternas de sus celulares. “Quiero que piensen en algo hermoso en sus vidas y, si lo hacen, esta Arena va a estar repleta de una energía positiva”, anuncia antes de interpretar la balada “Me and the River”.
El efecto de miles de linternas brillando en un Antel Arena casi lleno es el de una noche hecha de postales. Y, por supuesto, de éxitos románticos. Air Supply carga con un repertorio de verdaderos clásicos y, si bien uno podría esperar un show solo de baladas, en la práctica la energía es totalmente distinta. “El nuestro es un show de rock and roll. Es fuerte, enérgico, emocionante y damos vida a todas las canciones que la gente ama”, le había dicho Hitchcock a El País días atrás. Y cumplió.
No solo porque, a los 76 años, Hitchcock canta con solidez clásicos como “Making Love Out of Nothing at All”, “Even the Nights Are Better” y “Just As I Am” —que convierte las plateas en un vaivén de brazos en alto—, sino por la forma de abordar el escenario. Mientras Hitchcock, con pantalón de lentejuelas y una camisa extravagante con imágenes de gallos, invita al público a cantar estribillos de “Goodbye” o “All Out of Love”, Russell aprovecha el micrófono de vincha para moverse por todo el escenario, haciendo coros e incentivando a que el público de los laterales se anime a cantar. Incluso ejecuta un solo de guitarra en el que, más que disparar notas a toda velocidad, usa el instrumento como percusión: lo golpea mientras se pasea por todo el puente para sacarle el máximo jugo al feedback.
A su vez, la banda que los acompaña es clave para generar ese clima. Dos músicas hacen coros y tocan el cello eléctrico; sobre el final, incluso protagonizan una “guerra de cellos” con arcos luminosos que evocan los sables láser de Star Wars. También hay un baterista que gira las baquetas en el aire cada vez que puede y que, en pleno solo, levanta una pancarta escrita en español con la frase “No te escucho” para arengar al público a aplaudir. Y, cuando la banda se sumerge en “Sweet Dreams” cantando a cinco voces, el efecto es un viaje directo a 1981.
En ese recorrido nostálgico de estribillos inolvidables, otro de los puntos altos llega cuando Hitchcock —que sale en los bises con la camiseta de Uruguay— interpreta varios temas sincronizado con los videoclips originales de la banda.
Y así como Russell tiene espacio para brillar tanto como los pantalones de Hitchcock, también protagoniza otro de los momentos clave del show. Recuerda que conoció a su amigo hace medio siglo en el elenco de Jesucristo Superstar y que, desde el primer momento, supo que tenían que trabajar juntos. “Nunca tuvimos una pelea”, dice antes de llamarlo para cantar “Two Less Lonely People in the World”, una celebración de la amistad que explica la permanencia del grupo: la pasión por encima de todo.
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