El español Javier Perianes es uno de los pianistas más destacados de la escena internacional, definiéndose a sí mismo como un orgulloso “producto de los conservatorios españoles”. Nacido y preparado en Huelva, donde el conservatorio local lleva su nombre como reconocimiento, su camino hacia el piano comenzó con un flechazo, en un hotel de Islantilla cuando era niño. Aquel primer encuentro le reveló que el piano podía sonar como una orquesta, y marcó el inicio de una trayectoria que ha evolucionado hasta convertirlo en una figura central en la cultura de su país.
Considerado un embajador de la música española en el mundo, Perianes ha conquistado los escenarios más prestigiosos, desde el Carnegie Hall hasta la Sydney Opera House. Su relevancia radica en su virtuosismo, y en su capacidad para colaborar con directores como Daniel Barenboim, Zubin Mehta y Gustavo Dudamel, y orquestas como la Filarmónica de Viena, Chicago o Londres.
Galardonado con el Premio Nacional de Música y nombrado Artista del Año por los International Classical Music Awards (ICMA), Perianes vuelve a Montevideo en el marco del ciclo Grandes Intérpretes del Teatro Solís. Se presenta hoy a las 20.00 con un programa que combina piezas de Manuel de Falla y Frederic Chopin, y cierra con “Iberia” de Isaac Albéniz, una de las cumbres del pianismo español. Entradas en Tickantel desde 150 pesos y con beneficios para socios de Club El País.
El concierto se enmarca en el “Año Falla”, conmemorando los 150 años del maestro gaditano. Perianes, que inauguró oficialmente este aniversario en París y lo llevará de gira por todo el mundo, ofrece una lectura en perspectiva de la música española, trazando puentes estéticos entre los tres compositores del programa.
Sobre su carrera, influencias y Manuel de Falla, el pianista respondió preguntas de El País.
—Ha contado que de niño quería tocar el clarinete en la banda de su pueblo, pero que su tía lo llevó a un hotel en Islantilla y, al escuchar el piano, sintió que aquello “parecía una orquesta”. ¿Qué es lo que más le sigue fascinando de ese sonido “orquestal” del piano hoy en día?
—Me siguen fascinando las enormes posibilidades sonoras que ofrece el instrumento y el enorme rango dinámico del que dispone. Es un acercamiento diferente el que tengo hoy pero creo que mantengo intacta la curiosidad y desde luego la fascinación por la paleta sonora del piano.
—Estamos celebrando los 150 años de Manuel de Falla. Si pudiera sentarse a charlar con él hoy, ¿qué es lo primero que le preguntaría sobre su música?
—Tendría tantas preguntas que hacerle, pero le confieso que una figura como Manuel de Falla siempre ha despertado en mí una curiosidad enorme, y muy probablemente preferiría quedarme en un segundo plano observándole e intentando descifrar desde la distancia una personalidad tan especial como la suya. Seguro que fue un ser humano excepcional, además de un compositor absolutamente genial, claro está.
—En su concierto en el Teatro Solís mezcla a Falla con Chopin. ¿Cree que, a pesar de venir de países distintos, ambos compositores hablaban un lenguaje parecido cuando se sentaban al piano?
—Hay un vínculo estético indudable. La admiración del joven Falla hacia Chopin es muy clara y sus obras tempranas trazan una conexión especial entre ambos compositores. Hablamos de compositores esenciales, puros por decirlo de alguna manera, pianistas ambos. Creo que será muy interesante experimentar esos paralelismos y a la vez las diferencias entre ambos.
—Ha mencionado que a veces, al salir al escenario y ver a cientos de personas, piensa: “¿En qué lío me he metido?”. ¿Cómo logra que ese susto se convierta en “curiosidad” y ganas de tocar?
—Siempre hay y espero que siempre existan esas mariposas en el estómago. Es la responsabilidad de salir y ofrecer con toda la honestidad posible lo mejor de uno mismo al público que asiste a un recital o a un concierto. También la enorme responsabilidad para defender lo que uno puede pensar que puede ser la idea de los compositores que interpreta. Usted entenderá que tocar en el Teatro Solís, un escenario icónico de los teatros en Iberoamérica es un privilegio y un regalo. Ahí encuentro esas ganas de tocar que usted menciona, en la fortuna de poder hacer Música en un lugar como el Solís.
—¿Qué recuerda de su anterior presentación en Uruguay?
—Solo tengo buenos recuerdos de mi anterior recital en el Teatro Solís. Público atento, culto, refinado y tremendamente curioso por un repertorio quizás menos habitual (la última ocasión hice las Goyescas completas de Granados). Disfruté también de Montevideo y de la calidez del público uruguayo. Es un placer estar de vuelta.
—Esta temporada lo lleva de Australia a Estados Unidos y de ahí a Europa. ¿Qué es lo que nunca falta en su maleta para sentirse “en casa” aunque esté en la otra punta del mundo?
—Un libro, de alguna manera me conecta con mi mundo interior y me aísla de todo lo que me rodea. Es como estar en casa. Afortunadamente hoy en día las comunicaciones a nivel internacional son muy fáciles y estar en contacto con mi familia es algo que sin duda te acerca a tu zona de seguridad por muy lejos que puedas encontrarte.
—¿Cómo hace para que una obra que ha tocado cientos de veces le siga pareciendo “fresca” y nueva cada noche?
—Seguir trabajándola e intentar todo lo posible seguir leyendo con atención la partitura. Siempre hay cosas nuevas que descubrir, otras cosas que evolucionan en diferentes sentidos… y desde luego la magia del directo ayuda también para crear momentos únicos por muchas veces que uno haya podido interpretar una obra.
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