"A los documentales sobre músicos suele faltarles malicia”, advierte Fito Páez al comienzo de, precisamente, Fito Páez: El mundo cabe en una canción. “Y siempre es visto como una especie de adalid de la bondad y las buenas costumbres. Necesito que pasen cosas más reales, que se vean cosas que no sean caretas. ¿Entendés? Eso. Por supuesto que hay que caretear la vida para todo. Si no, no se puede vivir, estaríamos en plena guerra. No se puede. Pero malicia, sí”.
Ese contrato de lectura —que se revela lentamente— lo pronuncia, descontracturado, mientras se lo ve en el baño. Es el primero de los tímidos intentos de autodesacralización a los que apuesta Páez en este documental de 100 minutos que acaba de estrenar Netflix.
A veces lo consigue. Se lo ve vulnerable, caprichoso y también tiránico, pero hay algo de autoindulgencia general, que, en realidad, siempre fue parte de su obra y de su figura pública.
La malicia aparece dosificada o, en todo caso, administrada al servicio de la construcción de una imagen: la del genio musical, el artista dedicado full time a su arte y un padre y una pareja de los amorosos: por ahí están su por entonces novia, Eugenia; sus dos hijos, Martín y Margarita. La película, dirigida por Matías Gueilburt, un viejo amigo, funciona, sin embargo, como un buen recordatorio de que la intensidad también es una parte esencial de su carrera.
El mundo cabe en una canción recorre un año en la vida del músico, incluyendo, un accidente doméstico, la grabación en Abbey Road y presentación de su disco Novela —un proyecto que inició en 1988—, una gira, un recital ante 80.000 personas en el Zócalo de Ciudad de México, un montón de shows, una presentación en el prestigioso Tiny Desk de la radio pública estadounidense y una masterclass en la escuela de música Berklee, en Boston.
Páez aparece, además, como un hombre de mundo, recorriendo ciudades con una suerte de James Bond musical. La película pasa por Nueva York, Barcelona, Londres, Biston, Madrid, Ciudad de México, Akumal y Buenos Aires, en una interesante acumulación de millas. En algunos de esos destinos se lo ve melancólico.
“Nada me interesa más que el amor”, dice en un momento. “No hay ninguna materia en el mundo que me interese más”. La película da pruebas de eso: ; y un par de amigos de siempre.
A su alrededor están los músicos que lo acompañan y que toleran, con diplomacia, sus arranques. Quizás para no ofrecer una imagen demasiado edulcorada, se lo muestra en un par de esos momentos, incluyendo un desplante por un acorde final de un show que, al parecer, al señorito le arruinó un recital en el que terminó ovacionado. Ahí aparece, aunque sea por un instante, su verdadera dimensión de estrella de rock.
La vulnerabilidad llega con el accidente doméstico de 2024, en el que se fracturó cinco costillas y que lo obligó a suspender conciertos en Colombia y México. Se lo muestra desvalido, gimiendo de dolor y en bata hospitalaria y, más adelante, convirtiendo el episodio en un suceso místico. La muerte es un tema que preocupa y acompaña a Páez.
Sin seguir un orden estrictamente cronológico y alternando color y blanco y negro de una manera a veces caprichosa, el documental recorre toda su carrera. Están los orígenes rosarinos, la llegada a Buenos Aires como parte de la trova rosarina liderada por Juan Carlos Baglietto, el acercamiento a Charly García y la creación de una obra que incluye algunos de los grandes hitos de la música argentina. Lo suyo es una suerte de sincretismo entre varias tradiciones de la música de su país. También están las influencias juveniles, entre ellas los hermanos Fattoruso, que, extrañamente, el documental registra a través de un disco tan poco representativo como uno de Mariana Ingold y Osvaldo Fattoruso.
La obra de Páez es, principalmente, confesional y ese el tono del documental. Desde sus primeros discos —significativamente, el primero se llama Del 63, es decir, su año de nacimiento— y a lo largo de su carrera, disco a disco, se revelan dolores, alegrías, enamoramientos y desenamoramientos .
Hay en Páez una suerte de filósofo confesional. El documental está cargado de comentarios suyos sobre la vida y permite verlo bastante inseguro en algunas cuestiones, preocupado por el envejecimiento y por la soledad del artista. Se presenta como el líder de una comunidad entre amistosa y familiar que parece perdonarle casi todos sus caprichos.
A partir de un montón de imágenes de archivo, El mundo cabe en una canción deja claras varias cosas sobre Páez: su incansable ética de trabajo, su estatus de estrella de rock y la vastedad de una obra que ya tiene más de 40 años.
Y es alguien que no le teme a la sobreexposición. En 2023 Netflix estrenó la serie sobre su vida y desde entonces editó una nueva versión de El amor después del amor (EADDA 9223); editó un disco en 2025 (Novela), con el que ganó dos Grammy Latino, y otro este año, Shine. Y se presentó cinco veces en Uruguay, incluyendo un show para 60.000 personas en 2024 en la rambla de Punta Carretas.
Y ahora está El mundo cabe en una canción, una mirada con más cariño que malicia, pero que alcanza para completar ese eterno work in progress que es Rodolfo Páez, Fito.