Nacido en Nápoles en 2005, Andrea Cicalese se mudó con sus padres a Múnich cuando tenía siete años y, sin hablar alemán, encontró en la música una manera de adaptarse a su nueva vida. Sus padres lo acercaron a las clases y, en apenas dos semanas, decidió que quería ser violinista.
Veinte años después, aquella decisión infantil parece haber sido bastante acertada. Cicalese ya pasó por escenarios como la Berliner Philharmonie, la Elbphilharmonie de Hamburgo y la Tonhalle de Zúrich, y tocó junto a orquestas como la Sinfónica Nacional de la RAI y la Brussels Philharmonic. En 2025 firmó contrato con Sony Classical y continúa construyendo una carrera que, por la velocidad que ha tomado, hace que la etiqueta de “joven promesa” empiece a quedarle chica.
Desde 2023 toca además un Guarneri del Gesù construido en 1731, un instrumento que él mismo compara con recibir de golpe todo el vocabulario de un idioma. Para el joven violinista, esa relación con el instrumento no se reduce a tocar una pieza histórica, sino a descubrir posibilidades expresivas que no sabía que tenía.
Este miércoles llega por primera vez a Uruguay para presentarse en el Teatro Solís, invitado por la Orquesta Filarmónica de Montevideo en la gala por los 170 años del escenario. Entradas por Tickantel a 650 pesos. Bajo la dirección del maestro Martín García interpretará el Concierto para violín y orquesta de Alexandr Glazunov, dentro de un programa que también incluye Isla de los ceibos, de Eduardo Fabini, y la Eroica de Beethoven.
Antes de ese debut, Cicalese habló sobre aquella primera elección frente al violín, la velocidad de una carrera que comenzó siendo apenas un niño, el instrumento que hoy lo acompaña y qué significa tocar música clásica frente a públicos nuevos.
—Es tu primera vez en Uruguay. ¿Qué conocías del país antes de venir y qué fue lo primero que te llamó la atención al llegar?
—Solo he oído cosas maravillosas sobre el Uruguay, empezando por el mate y siguiendo por la calidez y la amabilidad de la gente de este hermoso país. Precisamente por eso me hace una ilusión enorme conocer al maestro Martín García, a la orquesta y, por encima de todo, al público uruguayo.
—Has tocado en algunas de las grandes salas de Europa y Estados Unidos. ¿Qué cambia para vos cuando llegás a un lugar donde nunca tocaste y todavía no sabés cómo va a responder el público?
—Como bien dices, al haber viajado por todo el mundo he conocido todo tipo de audiencias, desde los públicos más entusiastas hasta los más serenos en sus reacciones. Pero lo verdaderamente importante es la energía del público durante el concierto; eso es lo que fundamentalmente me importa y lo que estoy deseando descubrir. ¿Cómo reaccionará un público sudamericano ante mi interpretación de una obra maestra del Romanticismo tardío ruso? Es una pregunta fascinante que me planteo y no veo la hora de encontrar la respuesta.
—Has dicho que te gusta pensar la música como un juego, y no necesariamente como algo que hay que tomarse con solemnidad. ¿Seguís pensando así ahora que tu carrera creció tanto?
—Por supuesto, sigo pensando que hacer música debería sentirse como un juego; pero no como un juego cuyo objetivo es ganar, sino uno que se juega por el puro placer y el amor al juego mismo y al proceso.
—A los 20 años ya tenés una carrera que muchos músicos construyen durante décadas. ¿Sentís que estás viviendo una vida muy distinta de la de otros jóvenes de tu edad?
—Por supuesto, sobre el papel mi vida puede parecer muy diferente a la de otros jóvenes de 20 años. Sin embargo, me importa mucho dejar claro que quiero sentirme —y me siento— un hijo de nuestro tiempo y un chico de 20 años absolutamente normal. Es cierto que tengo una pasión y un amor muy especiales por la música, que por suerte se convirtió en mi profesión y me da la oportunidad de viajar por todo el mundo; pero aun así, me siento profundamente conectado con mi generación.
—¿Qué cosas de tu vida cotidiana necesitás conservar para no sentir que todo gira alrededor de la carrera y del violín? ¿Qué cosas sentís que sacrificaste?
—Creo que en la vida todo es posible con una buena organización y la actitud adecuada. Por eso, aunque tenga que estudiar muchísimo, viajar constantemente y a veces mi atención esté concentrada de manera muy exclusiva en el violín, me hago el tiempo de forma activa para reunir me con mis amigos y hablar de sus vidas, de lo que pasa en el mundo y de temas que no tienen absolutamente nada que ver con la música. De este modo, hacer mi trabajo no se siente en absoluto como un sacrificio, sino mucho más como un privilegio.
—¿Hay algo que hayas aprendido de un músico con el que trabajaste que haya cambiado tu manera de tocar o de entender la música?
—No diría que hubo una frase o un consejo específico que alguien me dijera y que cambiara por completo mi forma de entender la música. Sin embargo, como mencionas, he tenido la oportunidad de trabajar con algunos de los músicos más increíbles del planeta, y ha sido precisamente al ver que cada uno es diferente y tiene su propia visión como he ido ganando cada vez más valentía para intentar seguir mi propio camino.
—Hace algunos años que tocás con un Guarneri del Gesù de 1731. Más allá de sus características musicales y de su valor histórico, ¿qué relación personal se construye con ese instrumento?
—La relación con mi violín es muy especial. Lo recibí alrededor de mi decimoctavo cumpleaños gracias a la Fundación Music Masterpieces y, desde entonces, hemos sido cómplices. ¿Por qué digo cómplices? Porque un violín tan especial a veces te propone sonidos que ni en tus sueños más audaces habrías imaginado, y, de pronto, tu interpretación de una obra cambia. Así que, en cierto modo, mi alianza con este violín es verdaderamente artística: juntos descubrimos el gran repertorio europeo y encontramos nuestras propias interpretaciones.
—Dijiste que tocar un Guarneri es como tener todo el vocabulario de un idioma a disposición y que el verdadero desafío está en elegir qué palabras usar. ¿Con el tiempo sentís que aprendiste a conocer mejor qué querés decir con el?
—Sí, con el tiempo y a través de distintos repertorios, he ido explorando cada vez más colores que pueden nacer de este violín. Gracias al aporte que este instrumento ha hecho a mi comprensión del sonido y del universo sonoro, he ido definiendo de manera más clara mi propia forma y mi estilo de hacer música.
—Empezaste a tocar a los siete años y muy pronto decidiste que querías ser músico profesional. Ahora que ya estás viviendo esa carrera, ¿hay algo de aquella idea que tenías de niño que resultó ser completamente diferente de la realidad?
—No diría que sé todavía lo que significa realmente ser músico. En este momento soy un músico joven: viajo muchísimo, sigo aprendiendo una gran cantidad de repertorio y mi agenda de giras es bastante caótica. Un día estoy en Sudamérica, al día siguiente en Asia y, al otro, tocando un repertorio completamente diferente en Europa. Todo esto son cosas que el pequeño Andrea no tuvo en cuenta y que, debo admitir, a veces resultan bastante poco prácticas. Sin embargo, mi meta para cuando sea un músico más mayor es alcanzar esa visión original de lo que significaba serlo: disponer de todo el tiempo del mundo para aprender una obra y presentarla al público únicamente cuando sientas que estás listo.
—Una parte importante de tu trabajo son los conciertos y las clases para personas que no necesariamente tienen acceso a la música clásica. ¿Qué descubrís cuando tocás para públicos que están muy alejados del circuito habitual del género?
—Tocar en la Filarmónica de Berlín fue una emoción enorme y un grandísimo honor; de hecho, todavía tengo el cartel de ese concierto colgado en mi habitación. Sin embargo, a veces me pregunto cuando toco en esta clase de escenarios: ¿de verdad marca una diferencia para el público? Es decir, puedo dar el mejor concierto de mi vida y puede ser maravilloso, pero al día siguiente puede actuar Martha Argerich, Grigory Sokolov o Mitsuko Uchida. ¿Qué impacto real puede tener mi concierto en la gente que viene a escucharlo? En cambio, cuando toco en un centro de salud mental o en un hospital infantil, a veces es la primera vez que ese público escucha una sonata de Beethoven, y tengo la responsabilidad de hacer que se enamoren de esta música en un momento tan difícil de sus vidas. Siento que eso genera un impacto muchísimo mayor que ser simplemente un concierto más en la Tonhalle de Zúrich.
—Has dicho que la cultura debería abrir puertas y no hacer que las personas se sientan inferiores. ¿Creés que la música clásica todavía tiene un problema con la manera en que se presenta ante quienes no están familiarizados con ella?
—A decir verdad, creo que a estas alturas hay más gente burlándose de los músicos clásicos esnob que músicos clásicos verdaderamente esnobs. En otras palabras: no.